|
Quienes tienen razones de sobras para celebrar el día cinco de octubre, son los que se supone perdieron en aquella oportunidad. A 21 años de su derrota, lucen extrañamente saludables. Muchos de ellos ocupan posiciones que ya se las quisieran los vencedores. De seguir perdiendo así, más vale que ganen alguna vez.
|
Los administradores del triunfo de esa noche, se esconden en los salones para recordar una victoria que deja a sus verdaderos protagonistas, fuera de escena.
Quienes tanto sacrificaron por el término de la dictadura, la gente sencilla que salía a las calles y enfrentaba a la represión, los que pusieron los muertos, los allanados, no están invitados. Lo que debiera ser recordado como un hito saludable en la historia del país, pasa sin pena ni gloria, como escondido a la vista de la gente. La alegría, esa promesa, ya no fue.
Sin embargo, ni en sus delirios mas estrafalarios los sostenedores de la dictadura se habrían imaginado una salida más extraordinaria como la que finalmente fue. Lejos de comparecer en juicios por complicidad criminal, se pasean como Pedro por su casa, enfundados en trajes de exitosos empresarios o tras chapas que los identifican como autoridades.
Pocos quieren recordar los intentos por desconocer los resultados y las operaciones militares finalmente abortadas que buscaban provocar al pueblo para justificar la represión y la vuelta a la foja cero. También es un recuerdo incómodo las manipulaciones de los resultados que hacía un actual diputado, que en aquellos tiempos oficiaba como Ministro Secretario General de Gobierno y que ha pasado de lo más piola.
Veintiún años de cambios notables. Los partidos de la Concertación eran muchos más de los que son ahora. Se han reducido en número, en proporción inversa al crecimiento de su voracidad.
Otra variación en estos años ha sido el padrón electoral. Sin que a muchos importe de veras, los votantes han ido retrocediendo en número: vota uno de cada cuatro de los jóvenes. El gobierno, cual cachetada de payaso, hace como que le importa, contrata a una agencia para que haga una compaña que sale un ojo de la cara y entrega resultados que sin esa campaña habrían sido mejores.
También han cambiado los medios de comunicación. No existen diarios de izquierda ni alternativos al dúopolio periodístico y los medios de comunicación que no son del sistema, sobreviven en condiciones heroicas. El gobierno insiste en gastar más del 80% en publicidad del estado en los medio de comunicación que, oh, paradoja..!!, apoyaron, sostuvieron, alentaron y propiciaron a la dictadura.
La Constitución sigue intacta en sus cuestiones fundamentales. El cambio más significativo fue cambiar la firma de Pinochet por la de Lagos, pero el ordenamiento basado en el rol subsidiario del estado, la economía de mercado en su versión neo liberal, un sistema electoral tramposo, en la falta de garantía para derechos fundamentales, vigencia de Ley de Amnistía, y toda una jerarquía institucional que perpetúa, así como vamos, una de las sociedad más desiguales del planeta, sigue tal cual.
También ha cambiando el escenario siempre tan movedizo en el archipiélago de las izquierdas. Fracasado el intento de una salida propia post dictadura, los dramáticos escombros humeantes que quedaron después del 1988 comenzaron a desdibujar lo que fue la izquierda que se enfrentó a la dictadura y su aparto represivo.
Una ancha galería de camaradas que hicieron sus mejores armas en el enfrentamiento directo y diario contra las tropas escogidas del dictador, quedó finalmente, desmovilizada.
Sin política ni soportes partidarios, muchos militantes comenzaron el éxodo hacia sus respectivas casas para quedarse ahí a la espera de mejores momentos. La aceptación de la institucionalidad electoral de la dictadura, en iterados intentos fallidos, no han dado los resultados que los estrategas han diseñado. Tanto por el sistema electoral binominal, por la preponderancia del dinero como factor de triunfo o por simple tontera, la izquierda nunca ha tenido un porcentaje que asuste a nadie
In extremis, parte de esa izquierda, ha optado por un acuerdo con los bribones de antes para resolver lo que, en palabras de sus máximos dirigentes, se define como exclusión: la ausencia de militante del PC en el parlamento.
También ha cambiado el escenario de las organizaciones sociales, de trabajadores, de pobladores, de estudiantes, de profesionales, los grandes sindicatos, las federaciones y confederaciones, la central unitaria de trabajadores. Los que ayer fueron determinantes en el triunfo sobre la dictadura, hoy reposan sin disimulo.
De tanto trabajar unidos por un quinto de siglo, los enemigos de ayer comienzan a parecerse. Una especie de Síndrome de Estocolmo los hace cercanos, casi hermanos. No impunemente, han hecho su prolífica vida política y económica desde ese casi inexistente 5 de octubre de 1988, tomaditos de la mano, mostrando los dientes sólo para la galería y en períodos de elecciones.
El triunfo del No, paradojalmente, no fue la derrota del SI. Sumando y restando ambos son ganadores. Aunque se echan de menos los festejos de los partidarios del SI.
Será el pago de Chile, que le dicen.
Quienes tanto sacrificaron por el término de la dictadura, la gente sencilla que salía a las calles y enfrentaba a la represión, los que pusieron los muertos, los allanados, no están invitados. Lo que debiera ser recordado como un hito saludable en la historia del país, pasa sin pena ni gloria, como escondido a la vista de la gente. La alegría, esa promesa, ya no fue.
Sin embargo, ni en sus delirios mas estrafalarios los sostenedores de la dictadura se habrían imaginado una salida más extraordinaria como la que finalmente fue. Lejos de comparecer en juicios por complicidad criminal, se pasean como Pedro por su casa, enfundados en trajes de exitosos empresarios o tras chapas que los identifican como autoridades.
Pocos quieren recordar los intentos por desconocer los resultados y las operaciones militares finalmente abortadas que buscaban provocar al pueblo para justificar la represión y la vuelta a la foja cero. También es un recuerdo incómodo las manipulaciones de los resultados que hacía un actual diputado, que en aquellos tiempos oficiaba como Ministro Secretario General de Gobierno y que ha pasado de lo más piola.
Veintiún años de cambios notables. Los partidos de la Concertación eran muchos más de los que son ahora. Se han reducido en número, en proporción inversa al crecimiento de su voracidad.
Otra variación en estos años ha sido el padrón electoral. Sin que a muchos importe de veras, los votantes han ido retrocediendo en número: vota uno de cada cuatro de los jóvenes. El gobierno, cual cachetada de payaso, hace como que le importa, contrata a una agencia para que haga una compaña que sale un ojo de la cara y entrega resultados que sin esa campaña habrían sido mejores.
También han cambiado los medios de comunicación. No existen diarios de izquierda ni alternativos al dúopolio periodístico y los medios de comunicación que no son del sistema, sobreviven en condiciones heroicas. El gobierno insiste en gastar más del 80% en publicidad del estado en los medio de comunicación que, oh, paradoja..!!, apoyaron, sostuvieron, alentaron y propiciaron a la dictadura.
La Constitución sigue intacta en sus cuestiones fundamentales. El cambio más significativo fue cambiar la firma de Pinochet por la de Lagos, pero el ordenamiento basado en el rol subsidiario del estado, la economía de mercado en su versión neo liberal, un sistema electoral tramposo, en la falta de garantía para derechos fundamentales, vigencia de Ley de Amnistía, y toda una jerarquía institucional que perpetúa, así como vamos, una de las sociedad más desiguales del planeta, sigue tal cual.
También ha cambiando el escenario siempre tan movedizo en el archipiélago de las izquierdas. Fracasado el intento de una salida propia post dictadura, los dramáticos escombros humeantes que quedaron después del 1988 comenzaron a desdibujar lo que fue la izquierda que se enfrentó a la dictadura y su aparto represivo.
Una ancha galería de camaradas que hicieron sus mejores armas en el enfrentamiento directo y diario contra las tropas escogidas del dictador, quedó finalmente, desmovilizada.
Sin política ni soportes partidarios, muchos militantes comenzaron el éxodo hacia sus respectivas casas para quedarse ahí a la espera de mejores momentos. La aceptación de la institucionalidad electoral de la dictadura, en iterados intentos fallidos, no han dado los resultados que los estrategas han diseñado. Tanto por el sistema electoral binominal, por la preponderancia del dinero como factor de triunfo o por simple tontera, la izquierda nunca ha tenido un porcentaje que asuste a nadie
In extremis, parte de esa izquierda, ha optado por un acuerdo con los bribones de antes para resolver lo que, en palabras de sus máximos dirigentes, se define como exclusión: la ausencia de militante del PC en el parlamento.
También ha cambiado el escenario de las organizaciones sociales, de trabajadores, de pobladores, de estudiantes, de profesionales, los grandes sindicatos, las federaciones y confederaciones, la central unitaria de trabajadores. Los que ayer fueron determinantes en el triunfo sobre la dictadura, hoy reposan sin disimulo.
De tanto trabajar unidos por un quinto de siglo, los enemigos de ayer comienzan a parecerse. Una especie de Síndrome de Estocolmo los hace cercanos, casi hermanos. No impunemente, han hecho su prolífica vida política y económica desde ese casi inexistente 5 de octubre de 1988, tomaditos de la mano, mostrando los dientes sólo para la galería y en períodos de elecciones.
El triunfo del No, paradojalmente, no fue la derrota del SI. Sumando y restando ambos son ganadores. Aunque se echan de menos los festejos de los partidarios del SI.
Será el pago de Chile, que le dicen.
