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Agosto 18, 2026

Mi presidente en la tele

 Maquillaje tenue, ejercicios de vocalización, una que otra escapada al sastre con evidentes fracasos en el producto resultante, horrible memorización del tiempo y un curso express de persuasión comunicativa cuajado a duras penas. ¿Estamos listos? ¿Terminó el capítulo de “Dónde Está Elisa?” ¡Al aire!


Cuatro candidatos presidenciales en la arena de los sacrificios, un moderador hiperventilado con tintes de profesor jefe, poco más de hora y media en vivo copando la segunda franja, sólo un tercio de la población votante en sintonía y una clara derrota en rating por el efecto caluroso de niñas danzarinas en paños menores. ¿Lo vio? Si no, yo se lo cuento…

Seamos claros. En un país de población renuente a la política circunstancial, cualquier debate que demande postulantes a la primera magistratura no quita ni pone si de contabilizar votos a granel se trata. Eso se lo doy firmado. No obstante, el comidillo llenará páginas y páginas de análisis etéreos, dignos del mejor asesor con postgrado en Harvard, ese que ante cualquier consulta ya debe estar enlistando “los pro” –y no “los contra”- que sacan a su jefe bien parado del examen. ¿Pero quién gano siendo justos y equitativos? Acá le anticipo la madre de todas respuestas.

Existen dos parámetros claramente identificables: el televisivo y el político. Uno apela a calificar cómo lucieron los candidatos. El segundo, algo más complejo, arremete respecto de cualquier atisbo de distancia o bien de golpe a la cátedra que asegure temas, indicio o ventaja de un contrincante sobre otro, que condimente la campaña de acá a diciembre y exponga cuanto trapito al sol y Talón de Aquiles sea posible para sulfurados meses venideros.

Desde la perspectiva light, la comunicacional, la que se terminó indeclinablemente con la pasada de los créditos en pantalla, no existe ninguna duda y quien la tenga sabe nada de efecto people meter. Jorge Arrate, “por goleada y sin tantos en contra”, diría un relator deportivo. Sí, muchachos. En términos vanamente coloquiales, “el tatita les dio flor de clase”. O con lenguaje más serio, habrá que ser ecuánimes y asumir que el abanderado del Juntos Podemos dictó cátedra de cómo exponer sin enredarse en el intento, de cuanto se puede ser escueto y firme a la vez, de su evidente provecho al salir sin la más mínima presión al set, de cómo vestirse ad-hoc para la cámara, desenvolverse mejor en las ideas de doctrina, poner cuotas de improvisación, empatizar con la causa y rematar invicto ante la admiración de muchos que hasta ayer no lo conocían más allá del tercer bloque en las noticias. Los barrió…

La mala nueva es que, como les decía, en Chile estamos lejos de equilibrar la balanza para un lado u otro a partir de un programa de tv como en EEUU, por ejemplo. Y gracias a Dios, dirán algunos… Lo cierto es que ante la patente repartija de nuestra apetecida torta electoral, lo de anoche tiene un par de aderezos que dan para sazonar el caldo de cultivo de acá a la primera vuelta. Anoten.

Se entiende por debate a la técnica de discusión entre dos o más personas que buscan alcanzar conclusiones o decisiones en un tema controvertido, que satisfagan a la mayoría de los participantes. ¿Más simple? Lograr encender la mecha sin quemarse los propios dedos. Desde tan básica conceptualización, quien saca las cuentas más alegres es Marco Enríquez Ominami. A pesar de su discurso dubitativo, inconsistente a ratos, repetitivo, algo incendiario, exageradamente vehemente y que fermentó inexperiencia, el ex socialista tiene un punto a favor axiomático y libre del impuesto a la duda. Fustigó constantemente a sus dos principales contendores, los emplazó tupido y parejo empatizando con ello al público descontento. Más aún, diría que aseguró dos cosas.

Primero, instalar de lleno su opción –pese a los intentos concertacionistas por ignorar el punto de fuga que generó en las huestes oficialistas-  tapando varias bocas entre las que me incluyo y haciendo parejamente tripartita la lucha descarnada por instalarse en el segundo turno de enero. Y convenientemente, asegurar la adhesión de muchos de los aglutinados con los “peces gordos”, los que por disyuntiva ideológica saben que si no es Piñera, era Frei o en su defecto, nulo. Hoy, se les abrió el espectro y de paso se echa por tierra los cálculos que dieron a Arrate como perforador de la masa adjunta al mediático marido de Doggenweiller.

De todas maneras, semejante provecho no debiera ser agudo para desbancar tan picoteada refriega de los dos empresarios corriendo hacia el sillón de La Moneda. O que al menos hasta ayer tenían. Porque si Frei fue inteligente para lanzar un golpe bajo a Piñera –sin otorgar el guante que permitiese el duelo-, no lo fue para entender que uno de esos tiros ganadores no bastan cuando del otro lado te llegan varios en contra. No enfrentar a MEO lo mostró en franca debilidad, se notó y quedó irrecusable.

Qué decir sobre el abanderado derechista que tenía ostensibles ventajas estadísticas y de proyección ante sus contertulios. Ayer hipotecó otra oportunidad de pavimentar sus determinaciones, fue absolutamente incapaz de solidificar su piso eleccionario y terminó fiel al adagio que reza “el peor enemigo estratégico de Piñera siempre fue el propio Piñera”. Tan mal como la elección de su corbata estilo liceo municipalizado.

¿Y mi presidente en la tele? No sé usted, pero yo nunca más le soy infiel al tv cable…