Mi tío bailaba en la Vega Central: bailarín seco, le decían porque tomaba solo agua. Un obrero del ring, Luli. Era boxeador: “Peso Pluma”. Mochero. Dejaba a los atrevidos como un chicharrón sumergido en un horno. Lo vi. pelear en el Caupolican. Su contendiente era uno de no sé qué parte de Chile. Al tercer Round, ya lo había mandado a la lona.
Era un bambo number one en el ring mi tío. Bambo pa’ allá, bambo pa’ acá.
Un día, Luli, lo acompañé a la Vega. En las picadas, esas peludas, me presentaba como su sobrino regalón. Los cargadores, gente tan cariñosa, me intoxicaban de gaseosas y consejos. “Caurito, nunca seaí coliza, tampoco cabrón, menos cafiche sino que letras, caurito, baila con las letras…” Mi tío, iluminaba las noches de la vega y, entonces, me pedía que aceptara los consejos de los cargadores.
En las picadas proletas (hay también cuicas) las mujeres hacían nata. Mi tío, padre de 5 críos, no era un quedao… Una guaracha o un ritmo califa aparecía con sus cañas de vino transpirado al centro de un patio con parrón. Se bailaba hasta muy tarde. Y después de el cumbión en una cama, mi tío se acordaba que yo era menor de edad y que a tan tarde noche debía estar durmiendo.
Tiempos antiguos, Luli, donde la noche era maraca, libre y democrática.
Los cargadores murieron, mi tío, probó el vino y se ahogo con las viñas. Mis pasos por las comunas de Santiago fueron amplios, sin zapateos americanos.
Las veces que hacia la chancha me iba al cementerio a expropiar flores frescas de las tumbas de los cuicos para adornar la de mis pobres amigos de la vega y la de mi tío. Fue una señora que me quitó el vicio y de paso me paró los carros. Andaba en eso de los 14 años de edad. Su hija estaba sepultada en un nicho muy bello. Me dijo que los que roban a un muerto, pues vivirán maldecidos. .
Enrojecí. La verdad es que era un auténtico revolucionario de los muertos. Me hice amigo de ella y de su hija finada que, la pobre, había fallecido justamente el día de su casamiento, vestida de novia. La señora me enseñó algo: “Todos los pingüinos son iguales, hijo, muchos políticos también”. Cierto que Allende no fue Pingüino, Luli. Sus ternos se los compraba con su platita y no con la del pueblo.
Crecí con olor a flores de cementerio. La novia, Luli, me había capturado. De ella recibí tanto. Los libros que me traía su madre a la tumba. Aprendí el concepto de vivir al lado de todos los que se compran el terno con su platita.
Luego el tiempo pasa tan rápido: el día del golpe, luego mis visitas por la morgue a buscar los nombres de los muertos de Chile, no han devorado mis fuerzas porque los pobres de mi terruño no venden la memoria; tampoco la patria ni a sus muertos.
Lagos; Luli, anda preocupando las tumbas de los finados. Es ruin y cobarde su pensamiento. Defiende la constitución fascista. Si la que teníamos en el tiempo del Chicho no le gustaba, pues podía aportar con ideas nuevas. Anda dando conferencias de prensa para decir que Chile necesitaba una constitución moderna.
Señor Lagos, para hacer una nueva constitución chilena no era necesario matar al Chile… no era necesario el Golpe de Estado, no era necesario mandarnos en exilio ni hacer desaparecer 2500 chilenos.
Señor Lagos, usted no tiene moral para hablar de constitución porque con su pensamiento vuelve a dar otro golpe de estado. Recuerdo con tanto cariño a los camaradas caídos en la lucha contra el tirano… ¡Usted, señor Lagos, nunca ha sido de izquierda!. Los verdaderos militantes del PS chileno fueron ejecutados…
En fin, la señora del cementerio tenía razón: muchos oportunistas, arribistas son pingüinos… que se arrastran para que los de arriba sigan humillando la patria. En fin… Luli, Chile necesita hombres honestos… políticos honestos… y no gente que se olvida de sus guarachas y de pagar su cuenta con el salario que les da Chile.
Godosky
