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Agosto 19, 2026

¿El candidato huérfano?

Se equivoca Carlos Peña cuando este domingo 23 de agosto se refiere en El Mercurio a Marco Enríquez-Ominami como “el candidato huérfano de partidos”. Sostiene Peña que MEO “carece de partidos o cualquier cosa que se le asemeje”.

Si bien es cierto que MEO no cuenta con las credenciales oficiales que se entregan cada cuatro años en la Concertación para suceder por derecho propio a cada uno de sus gobiernos, ni tampoco ha sido “timbrado” como el segundo candidato oficialista, hay un fenómeno inédito que se está manifestando tras su irrupción en la campaña presidencial: la bomba de sodio-potasio está en pleno funcionamiento, modificando las gradientes de concentración plasmáticas; léase, “reacomodo de fuerzas”.
 
Tal como en la fisiología celular, donde la bomba de sodio-potasio regula las concentraciones entre el interior y el exterior de la célula para permitir la transmisión del impulso nervioso, en la ruta de MEO hacia La Moneda hay algunos que, haciendo caso omiso de la prometida represión, están ingresando al “orfanato” meísta, y tomando posiciones en una trinchera que perciben segura y prometedora. Sobre todo, futurista. Y lo hacen, igual que el sodio y el potasio, contra una gradiente de concentración muy poderosa, como aquella que los atosiga desde el interior del socialismo criollo, a causa de esa conducción estalinista que tanto le reprochan a su presidente, el “exitoso” senador Camilo “Estalona”, quien no permite la disidencia ni las simpatías por otros.
 
Algo que hasta ahora estos cuasi “fracasados” (sólo les falta el decreto de expulsión del partido) no logran comprender del todo, los lanza contra las paredes interiores de la gran casona de París 873, licuándolos como pomelos a través de las ventanas hacia la calle para incorporarse al meísmo. Ya son varios los nombres que se suman, desde meros simpatizantes y ex militantes a connotados miembros del Comité Central del PS. Tal hégira ha desatado la ira del Mesías “Estalona”, quien no se explica la inconducta de sus dirigidos. Como tampoco debe explicarse en qué estuvo cuando se le ocurrió apoyar a Frei.
 
En verdad, pocos en la Concertación pueden explicarse el fenómeno político llamado MEO, y por lo tanto, tampoco han sabido tratarlo como la opción en que se ha ido convirtiendo. Hasta antes de las primarias truchas que le despejaron el camino a Frei, muy pocos podían imaginar la irrupción de una astilla tan puntiaguda del tronco como la que representa “Marquito”. A la luz de los hechos, y a la espera de la CEP de septiembre (esa cola mediática capaz de mover entero al perro), ya casi nadie duda que Frei es un candidato muerto, derrotado. Así las cosas, lo recomendable en clave concertacionista es asumir la derrota prematura de manera digna y concentrarse en las parlamentarias para asegurar el mayor número posible de escaños opositores, y dejar que Piñera gane al trote. ¡Eso es responsabilidad política, mierda!

Conscientes de semejante realidad (o aterrados ante la debacle inminente), algunos “sodios” han comenzado a migrar a los intersticios que se tornan mucho más seguros que los tradicionales refugios partidistas. Tal vez estemos en presencia de “la vía meísta al socialismo del siglo XXI”, construida a partir de los restos del socialismo jalonado entre “exitosos” y “fracasados” y aliñada no con la cebolla setentera del allendismo inspirador, sino con esa gabela del progresismo posmoderno que tanto gusta.

Quizás MEO no logre pasar ni siquiera a segunda vuelta, pero sí ya haya conseguido algo inimaginable: desmitificar esa certeza a rajatablas del propio Carlos Peña de que sólo los partidos políticos, con sus “cuadros técnicos seleccionados con la paciencia de los años y de los fracasos”, son capaces de organizar nuestra vida cívica; así como también esa mentada virtud que les atribuye el columnista mercurial, que éstos son “capaces de seleccionar los liderazgos, deliberar políticas públicas, formar cuadros diestros en el manejo de los asuntos del Estado, sujetar las expectativas excesivas y controlar la subjetividad de quienes viven de la política”. Desde luego, MEO no fue seleccionado y tal vez carezca de todas las habilidades para liderar un eventual gobierno, pero al menos posee la suficiente arrogancia para escindirse del control de los partidos. Y, mejor aún, armarse algo muy parecido a un partido. Una cosa es clara: MEO no está solo.

MEO no es Elvis ni Cantinflas, pero ha logrado que muchos lo sigan y bailen al ritmo de sus canciones, y que otros tantos, se diviertan con su perorata y sus pantalones a media asta, harto más entretenidos que los globos y aplausos con que los partidos de la Concertación y de la Coalición por el Cambio proclamaron “en familia” a sus respectivos créditos. La columna del rector Peña es desoladora, se trata, en rigor, de una visión retrospectiva de un país que ya fue, y no de un país que recién estamos moldeando, que quiere ser de otra forma. No un fundo, sino un mar; no una sociedad excluyente, sino una hecha entre todos, con todos.

Publicado en Punto Final 693