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Agosto 18, 2026

TELESCOPIO: ¿De qué color somos los chilenos?

Si para responder la pregunta del título uno usara como referencia los rostros que se ven en la televisión chilena, tendría que decir que los chilenos son indistinguibles de los nativos de cualquier nación nórdica europea. Pero claro, si enfoco mi telescopio fuera de los estudios televisivos puedo encontrar a los chilenos en su color más natural.

La pregunta es pertinente no porque sea importante o relevante – hoy en día se tiende cada vez más a minimizar el aspecto racial, determinante de esta noción de color – sino porque pareciera que en la mentalidad de los chilenos en Chile mismo, la cuestión del color de la piel es todavía un tema con connotaciones significativas, entre otras, por ser fundamento para un racismo abismantemente mayor que el existente en sociedades como la canadiense.
 
La cuestión del color de los chilenos tiene variadas respuestas según quien responda. Curiosamente para nuestros anfitriones aquí en Montreal, los “latinos” constituyen un simple grupo homogéneo: salvadoreños, cubanos, mexicanos, argentinos o chilenos somos todos puestos en un mismo saco étnico y etiquetados como latinos, un término a mi juicio preferible al de “hispanos” que usan en Estados Unidos, pero que como todo intento de catalogar a un grupo humano sobre la base de su etnicidad o de su raza, es tremendamente impreciso.
 
¿De qué color somos los chilenos entonces? El sitio web de la CIA nos puede proporcionar alguna información, después de todo se supone que la mayor agencia de espionaje del mundo ha estado mirando por todas partes para sacar sus conclusiones, las que según nos revela su sitio (The World Factbook) en la descripción étnica de Chile,  blancos y blancos amerindios constituyen un 95.4%, mapuches un 4% y otros grupos indígenas un 0.6%.
 
Tal descripción sin embargo es aun imprecisa, particularmente en lo que se refiere a los “blancos amerindios” que no es más que otro nombre para gente de raza mezclada, más específicamente gente que desciende de alguna mezcla entre indígenas y blancos (mestizos, en un lenguaje menos sofisticado). Ahora bien, determinar cuál es el grado de mezcla es prácticamente imposible. Hay que recordar por lo demás que el ancestro español chileno proviene principalmente de una región (Andalucía) que fue la última bajo dominio árabe y donde por cierto se produjo una fuerte mezcla entre sus habitantes y los moros. En los hechos, cuando uno visita ciudades andaluzas como Córdoba, una de las cosas que primero llama la atención es que sus habitantes hablan como los chilenos (omitiendo las “eses” al final de las palabras, por ejemplo) y que físicamente guardan una gran similitud con los chilenos: principalmente morenos, pero no de rasgos negroides (en Chile la presencia africana fue insignificante, siendo una colonia pobre, los esclavos africanos que hubo eran principalmente para el servicio doméstico y no para grandes plantaciones como en otras latitudes, y por lo tanto su bajo número no dejó muchos descendientes). Aunque en Chile coloquialmente llamamos “negro” a mucha gente, el color de la piel de ellos viene más por su ancestro andaluz – mezclado de moro – que por tener como ascendientes a esclavos negros.
 
Naturalmente la noción de raza misma, como categoría humana está en discusión, en especial cuando se la utiliza de modo descriptivo: caucásico por ejemplo, es el término con el cual se refiere a la raza blanca, un concepto en si mismo impreciso, acuñado a comienzos del siglo 19 por el antropólogo alemán Johann Blumenbach, a su vez apoyándose en la cuestionable y hoy desacreditada teoría de la craneometría, cuyos cultores andaban por el mundo midiendo cráneos y calculando proporciones fisionómicas que los llevaron a la conclusión que la raza humana más bella era la georgiana, prototipo de la raza blanca. Nótese en todo caso que Blumenbach incluía en esa raza a todos los nativos de Europa. Sólo más tarde el racismo de Hitler vino a crear una subcategoría de blancos más puros – los arios – con pretensiones de superioridad sobre todos los demás grupos raciales de Europa. La ficticia raza aria es por cierto tan difícil de determinar como el término blanco, y Hitler mismo personificaba esa imprecisión: no era exactamente rubio sino más bien de pelo castaño y sus ojos no eran exactamente azules. Sin duda él era – como la mayor parte del mundo – resultado de mezclas genéticas diversas.
 
Lo que me lleva de vuelta a Chile y su composición racial. “Caucásico”, dijo con cierto orgullo un chileno interrogado sobre de qué color se consideraba él, durante una improvisada encuesta callejera de un programa televisivo. Ya lo digo, el término mismo es vago. ¿Somos los chilenos de raza blanca? Bueno, si se ha de considerar un promedio, si se ha de aceptar que blancos no son sólo los pálidos descendientes de las tribus germánicas y escandinavas o de los celtas pre-romanos, sí habrá que admitir que los chilenos somos en su mayoría de raza blanca. Por lo demás es obvio que no somos negros (africanos) ni orientales. Cierto es que nuestros conquistadores – principalmente andaluces ya que vascos y gallegos en cambio tienden a tener más rubios entre sus filas – aportaron más bien un marco genético en el cual la tez morena es dominante. Si a eso sumamos la inexorable mezcla de conquistadores con indígenas, ello da cuenta de que el color de los chilenos sea más bien cargadito para el lado oscuro, o por lo menos, un tanto alejado de los rasgos más típicos del blanco de corte nórdico. Lo que lleva a la siguiente pregunta obvia: ¿de dónde viene entonces esa arrogancia con que muchos chilenos se refieren a peruanos y bolivianos como “cholos” o a la manera como se usa el término “indio” en referencia a los mapuches, con un dejo de desprecio? Al fin de cuentas somos un mosaico de etnias y razas que como en la mayor parte del mundo, convergieron por diversos factores: los conquistadores en afán de hacerse ricos y retornar a España para comprarse un título de nobleza, ulteriores olas de peninsulares venidos durante la colonia con el propósito expreso de establecerse aquí (la base étnica de los futuros criollos), inmigrantes europeos (alemanes en un plan colonizador del gobierno, pero también italianos, galeses, ingleses, franceses, croatas y por cierto más españoles) y una multitud de inmigrantes de otras partes del mundo (judíos, árabes, algunos orientales) venidos durante la época republicana.
 
Como no somos sin embargo exactamente blancos del matiz más claro, ello lleva quizás a reacciones de inseguridad más arraigados: el afán de afirmarse en la blancura mediante el recurso de “oscurecer” o exagerar la oscuridad de los otros que serían menos blancos: en este caso peruanos y bolivianos, mientras por otro lado se asume una actitud defensiva respecto de quienes se percibe como más blancos que los chilenos (los argentinos, por ejemplo, aunque en un estricto ranking de “europeidad” los más blancos de Sudamérica serían los uruguayos, esto es – dicho sea de paso –  porque exterminaron a sus indios, los charrúas). La cultura popular chilena refleja estas actitudes en el trato despectivo hacia peruanos y bolivianos, mientras a los argentinos más bien se los hace blanco de chistes en los que siempre ellos salen mal parados, como una suerte de inconsciente envidia por el hecho de que ellos sean más blancos. Curiosamente, los argentinos no hacen chistes de chilenos (su blanco de bromas son los gallegos).
 
Este asunto del color de los chilenos no pasaría quizás de ser algo casi anecdótico si no fuera porque también entraña actitudes de racismo fuertemente enraizadas. Al final, lo cierto es que probablemente los chilenos como grupo nacional tendríamos que definirnos como el resultado de mezclas, las que no se refieren solamente a las ocurridas después de la conquista española, sino también al mestizaje que los conquistadores mismos traían consigo: su ancestro hispano-morisco.
 
El color de los chilenos no es algo muy uniforme, pero la verdad es que esa es la tendencia general en muchas sociedades hoy gracias a las migraciones; por eso mismo es ya tiempo de descartar esa suerte de snobismo racial que lleva a muchos de nuestros compatriotas a creerse europeos asumiendo el discurso del dominador, en particular en su trato discriminatorio y racista hacia peruanos, bolivianos y hacia nuestros propios pueblos autóctonos (incluyendo la benevolente mirada de exotismo que se utiliza para con los pascuenses). Al mismo tiempo es necesario asumir esa identidad racial mixta, admitiendo sin embargo el hecho de que nuestro ancestro etno-racial-cultural es español, el cual como señalaba ya venía mezclado con elementos moros y árabes desde el momento mismo de la conquista. Tampoco se trata de asumir un forzado “snobismo al revés” y empezar a considerarnos indígenas o mapuches cuando en realidad tampoco lo somos. A veces se confunde la solidaridad que los mapuches ciertamente necesitan, con una actitud que sin desearlo, termina negando la propia identidad mapuche, ya que es obvio que si todos los chilenos nos empezáramos a definir como mapuches, en los hechos diluiríamos la identidad de los que realmente lo son, en otras palabras, nadie sería mapuche. Una tal actitud, aunque inspirada en una buena intención solidaria, al final puede ser considerada como rayana en la “apropiación cultural”. Por cierto la más cruda forma de apropiación cultural se da en la imitación que algunos comerciantes hacen de artesanías mapuches o pascuenses, lo que explota y a la vez distorsiona la herencia cultural indígena.
 
En un estricto sentido, los chilenos somos de muchos colores y es bueno que así sea, y que así se lo reconozca explícitamente, aceptando el carácter multiétnico, multicultural e incluso plurinacional del país. Paradojalmente, sólo admitiendo su variedad de colores Chile podrá llegar a hacer que esos colores sean irrelevantes.