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Agosto 18, 2026

Los niños crucificados

En la portada de un diario miro la foto de un niño. La imagen capta el gesto del pequeño que intenta zafar de sus custodios. La capucha del polerón rojo que lo viste, deja ver parte de su rostro. Más bien parte de su carita. Es Cristóbal, hoy despojado de su nombre y bautizado como “El Cisarro” Tiene 10 años. Dos años más que mi hijo menor.

Es de noche mientras escribo esta columna. No sé si será el frío pero me estremezco entero. No alcanza a pasar una semana y otra noticia, nuevamente relacionada con niños, inunda las portadas de los medios. Esta vez se trata de una niña. La prensa narra en directo los brutales, sórdidos y macabros hechos que rodean el secuestro, violación y asesinato de Francisca, de cinco años de edad. Francisca jugaba en casa de sus abuelos cuando el asesino, un vecino, la secuestró. Hoy los peritajes indican que Francisca aún estaba viva cuando fue arrojada al mar. Las olas fueron su mortaja.

Dos niños, a su corta edad, han desnudado a todo el sistema de protección a la infancia. Dos niños, con distintas historias pero un solo dolor, nos abren las venas de una sociedad perdida. Cristóbal y Francisca son nuestra conciencia acribillada. Cristóbal y Francisca son el rostro visible del capitalismo. Cristóbal y Francisca son las heridas abiertas de nuestro Chile que se acerca al bicentenario. Esos niños tienen como común denominador su origen de familias pobres, excluidas de los beneficios que produce el chorreo.  ¿Dónde quedaron los discursos de la modernidad? ¿Dónde fueron a parar las ofertas y promesas electorales de que entraríamos a la liga de los grandes equipos? Discursos que se basan en estudios manipulados. Los que publican esos estudios los escriben desde sus cómodas oficinas, alimentados por información de consultoras que a su vez contratan profesionales semi cesantes y estos pagan a estudiantes famélicos para que realicen encuestas. Son cifras sin sangre. Estadísticas impolutas, ausentes de barro, de humo. Ajenas a las sociedades paralelas donde viven las Franciscas y sus asesinos.

A Cristóbal le han fallado prácticamente todos en sus cortos años de vida. Sin embargo, en la ley de la violencia callejera, sus amigos no le fallaron. El pequeño Diego, bautizado como “El Loquín” empinándose en sus 13 años llegó armado a rescatar a su yunta. Demostró un coraje que ya se quisieran muchos políticos. Cristóbal, convertido en “El Cisarro” no tuvo alternativas y, quien sabe, no quiso ser “El Luchín, frágil, de carita embarrada” que nos canta Víctor. Cristóbal quiso ser un “choro” y ganarse el respeto de la calle. Sobrevivir al precio de hipotecar su futuro si es que acaso ya no lo estaba desde antes de nacer.

No me voy a hacer cargo de los numerosos artículos que sobre estos temas han aparecido. Siempre lo mismo. Autoridades llamando a fortalecer programas. Personajes escribiendo que estos son hechos aislados ¿Es que la muerte atroz de una niña y la vida miserable de otro, ahora les hacen abrir los ojos? Políticos pidiendo la pena de muerte ¿Y por qué no legislan sobre la carga impositiva? ¿Por qué de una buena vez no se termina con el lucro en la educación y construimos una sociedad más solidaria? ¿Por qué no eliminamos el impuesto a la cultura? ¿Por qué no reducimos nuestro arsenal bélico?

La muerte atroz de Francisca, que no es aislada en lo que se refiere a delitos sexuales, abre nuevamente el debate sobre una llaga que tenemos. Malas políticas públicas para la infancia y una Iglesia que se ha metido en la sexualidad de los chilenos, provocando una sociedad reprimida. Parlamentarios mojigatos que hoy rasgan vestiduras.

No puede ser más macabra la ironía del destino. Escribir esta columna enlutada cuando se celebra el Día del Niño, y se recuerda un nuevo aniversario -8 de Agosto de 1944- de la muerte de Antoine de Saint – Exupèry, el autor de “El Principito”. ¡Luchemos! por cambiar la realidad, para que nuestros niños y niñas no tengan que emigrar a un asteroide para salvar sus vidas. Creo, firmemente, que de la Tierra podemos hacer un Mundo Mejor!

Por Rodrigo De Los Reyes Recabarren
                            
rodrigodlr@patagoniachile.cl