google-site-verification: google096975d001c6a771.html
Agosto 19, 2026

Lenguaje real y lenguaje virtual: Piñera un presidenciable de escasa credibilidad

Desde que se instala el debate político en la televisión hace ya algunas décadas, el fenómeno ha ido en aumento, por tanto, un minuto en televisión puede tener mayor impacto que miles y miles de volantes destinados a promover una candidatura determinada. Sin embargo, los actores en competencia han optado por incorporar ambos instrumentos como estrategia de sus campañas.

La presunta espontaneidad de sujetos de la televisión es parte de una liberalización en la forma como se comunica al receptor, de tal manera que, el histrionismo y la relajación de vocabulario, forman parte de un recurso táctico destinado a aproximar el libreto en el estudio con los hogares que reciben el mensaje.

Es evidente que en este proceso hay claros síntomas de manipulación de la conciencia del ciudadano que se sienta frente a una pantalla, y por tanto lo que percibe como verdadero o auténtico, responde a ciertas convenciones del lenguaje audiovisual contemporáneo, cuyo objetivo es aumentar las audiencias con fines predominantemente comerciales.

El negocio determina el tipo de comunicación informal, y su retroalimención obvia es el dinero que reciben las industrias culturales para mantener una programación donde el sentido esencial de este proceso es el consumo.

Así aparecen con cierta frecuencia personajes que sin poseer condiciones personales alguna, se convierten en referentes de éxito que se proyectan como efectos de mostración para la opinión pública en general.

Bailarinas que no bailan, modelos que no modelan, cantantes que no cantan, y políticos que “encantan” con su retórica mediática. Los primeros capitalizan y gozan de cierta movilidad social en términos de su calidad de vida: de la pobreza pasan a adquirir un estándar de vida opulento que no saben administrar, pero que les permite en el corto plazo y sin trabajar, adquirir bienes que la mayoría requiere de años de actividad laboral para poder disponer de ellos.

Y los segundos, que por lo general forman parte de las elites adineradas del país, utilizan su discurso para escalar en las esferas del poder como un objetivo de prestigio complementario a sus fortunas individuales.

Tal es el caso de Sebastián Piñera, un personaje público que el país viene identificando con sus negocios individuales, de gran prosperidad, se le relaciona en el mundo empresarial con la usura y ciertas habilidades especulativas para aumentar su patrimonio, pero además, Piñera está “entusiasmado” con la “política”, y en su fuero interno debo considerar como compatibles los negocios con el servicio público, aunque en la prensa se encargue de afirmar todo lo contrario.

Se presenta como un sujeto locuaz, pleno de energía, “sensible” a los problemas sociales del pueblo, y aunque casi no propone nada ventajoso para la población que esté destinado a mejorar su calidad de vida, su palabrería y su presunta empatía con el ciudadano común, le ha bastado hasta ahora para encabezar en algunas encuestas de opinión en su carrera presidencial.

Todos saben quien es Piñera y lo que realmente piensa como el personero que encabeza la alianza derechista, pero el se encarga o trata al menos de convencernos que no es lo que el país con cierto grado de comprensión de los procesos económicos y políticos, está convencido de que es. Hay en su realidad, una paradoja entre el ser, él deber ser y el ser que presuntamente es para los demás.

En el penúltimo Festival de la Canción de Viña del Mar, un imitador hizo una caricatura en que caracteriza al presidenciable de Renovación Nacional, y se trata de una de sus imitaciones mejor logradas. Piñera es tal y como lo describe Kramer, un opulento comerciante que seduce a la opinión pública, y en cuyo discurso abusa de una retórica y una demagogia que incluso hacía reír estruendosamente a doña Virginia Regginato, alcaldesa UDI y aliada del candidato de la Alianza por Chile.

Y es que todos los que son capaces de leer entre líneas y evaluar las conductas públicas, asumen que Piñera es un personaje mediático que carece de credibilidad, incluidos muchos de sus propios partidarios.

Piñera el gentil, el hombre bueno, el potencial gobernante de todos los chilenos es un mito, solo un personaje cuyo discurso está carente de contenidos reales. Un sustantivo y tres adjetivos inmediatamente después, son la estructura básica de su versificación decadente, palabras como democracia, libertad y la inmensa mayoría son recurrentes, y digámoslo en serio, no conmueven a nadie.

En el fondo y en un ámbito de mayor intimidad, el país no conoce al Piñera real con su verdadero lenguaje que sin duda debe tenerlo, y ese lenguaje funciona en su relación contractual entre él, sus administradores financieros y la masa laboral que depende de los estipendios de sus empresas.

En esos espacios despide y contrata, fija la política salarial de sus subordinados, no sonríe con la frecuencia con que lo hace en las entrevistas de televisión y los programas de farándula, vende y compra, dependiendo de la variación de las acciones, especula y vulnera las reglas elementales del mercado que dice defender a ultranza, mientras tanto, se desplaza por el país con un tono de bajo perfil ejecutivo, sin un síntoma de su personalidad autoritaria y discrecional, abrazando pobladores, mujeres y niños, compartiendo el pan con los más pobres, ofreciendo una vida mejor, manoseando la inocencia de miles de ciudadanos desinformados que se exponen a darle su apoyo, sin racionalizar que su presencia en el poder será un retroceso en los derechos que han adquirido o conquistado durante los complejos años de la transición.