La apuesta es ahora la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), entidad compuesta por los países más ricos del mundo. Una cofradía muy exclusiva, a la que pertenecen las naciones de Europa occidental (varias del Este están excluidas), Japón, Estados Unidos, Canadá, además de Australia, Corea y Nueva Zelanda. Pero también ha admitido ciertas curiosidades, como Turquía y México. No está Rusia, India, China, ni Brasil. No están éstos, los llamados BRIC.
Atrás quedaron el TLC con Estados Unidos, el acuerdo con la Unión Europea, los TLC con China, India, Corea, Japón. Atrás quedaron los casi 50 acuerdos comerciales con naciones de todos los continentes. Como si la apertura comercial chilena fuera ya una etapa superada, o como sus beneficios estén hoy al alcance de la mano de la población. Porque el siguiente paso es ir más lejos, obtener la certificación de país desarrollado. Y con ciertos cálculos, puede hacerse el ejercicio. El año pasado Chile tuvo un producto per cápita de 14.600 dólares (sobre los ocho millones de pesos anuales, o unos 670 mil pesos mensuales), lo que ubicó al país, por primera vez en la historia, como líder latinoamericano en este registro. Esta marca (el país ocupa el lugar 54 del ranking mundial) ha llevado al sector privado y a las autoridades a no ocultar su orgullo: Chile podría llegar de aquí a cinco años – y si la crisis no dice otra cosa- a tener un producto per cápita de 20 mil dólares anuales, lo que lo facultaría para ingresar al exclusivo club de las naciones consideradas como desarrolladas. Pero ésta no es la única característica del desarrollo.
La OCDE fue creada en 1961 como una organización de cooperación internacional y actualmente la componen 30 estados. Pero sus fundadores, en los albores de aquella década, tenían una especial característica: además de sus altos o medios altos ingresos, eran naciones con altos estándares de protección social y profundos niveles de democracia. Salvo excepciones como España, en aquel entonces aún bajo el franquismo, la OCDE fue desde su fundación un organismo cuyos miembros tenían como objetivo la consecución de altos niveles de democracia y seguridad social. Entre sus actividades ha estado la promoción del empleo, el crecimiento económico, la calidad de vida en sus países miembros, entre los que está la educación, que mide periódicamente a través de la prueba de suficiencia PISA (Agencia para la Evaluación Internacional de Estudiantes).
La última ampliación de la OCDE data del 2000, cuando se incorporó Eslovaquia. Antes había ingresado Japón, Australia, Nueva Zelanda y México, entro otros. Pero el 2007 se iniciaron conversaciones bastante serias para una extensión aún mayor del club. Desde entonces, han postulado cinco candidatos, entre los que están, además de Chile, Estonia, Eslovenia, Rusia e Israel. Documentación de la propia OCDE destacan a Chile y Estonia como futuros miembros por contar con estándares de desarrollo financiero, salud, educación, transporte y comercio acordes con los estándares de los países fundadores.
¿Una OCDE neoliberal?
Pero la ampliación seguirá adelante. La OCDE estudia también las candidaturas de los BRIC –Brasil, Rusia, India y China, motores de la economía y el comercio mundial- , lo que cambiaría totalmente los rasgos del exclusivo club. No sólo por la magnitud de estos eventuales nuevos socios, sino por las diferencias, no sólo en sus sistemas económicos, sino en sus estructuras sociales y políticas. Si nos preguntamos por la condición de Chile bajo la rótula de país desarrollado miembro de la OCDE, podemos también nombrar a Brasil, China e India, portentosas economías pero con estructuras sociales claramente subdesarrolladas. La diferencia entre un país como Suiza, Dinamarca o Japón con China, India… y también Chile, salta a la vista. ¿Qué es, o cuál será el futuro la OCDE?
Tal vez muchas de estas áreas sean bastante discutibles para un observador chileno, pero hay una en las que Chile calza a la perfección. Una de las misiones que subraya la OCDE es impulsar la economía de mercado. En esta zona, bien sabemos, Chile ha destacado como campeón.
Es ésta la hebra que ha seguido la ampliación de la OCDE, un sendero que la arriesga a perder sus condiciones iniciales tan centradas en la protección social. Se trata del hilván económico denominado globalización, que integra la desregulación de los mercados, de los flujos de capitales, del intercambio de mercaderías, de inversiones. Es lo que entendemos como globalización neoliberal. Y Chile, repetimos, ha sido pionero en este terreno. Tanto que su institucionalidad económica se apoya en estas bases.
La ampliación de mercados, su desregulación y globalización ha marcado el devenir –y últimamente también hundimiento- de la economía mundial en las últimas décadas. Esta extensión económica, a través de inversiones extranjeras (de los países ricos en los menos ricos y también pobres) y de comercio exterior se ha levantado como el gran paradigma económico. Un fenómeno que lo hemos podido ver en la multiplicación de tratados de libre comercio, en la dirección que sigue la OMC (Organización Mundial de Comercio), o en la ampliación de la misma Unión Europea. La hinchazón de la OCDE responde a esta misma lógica: más mercado.
La inclusión de Chile, pero especialmente de los BRIC, en la OCDE sólo tiene esta respuesta. No se están incorporando estos países por sus estándares de calidad de vida, de protección social. Se les está incluyendo por su condición de grandes mercados y, en el caso de nuestro país, por sus características neoliberales. Tras este trance, la OCDE ya no estará inspirada por su espíritu inicial. Por mucho que se escriban documentos sobre la calidad de la educación y del empleo, tras la gigantesca ampliación lo que predominará será una visión neoliberal de la economía y del Estado.
Una realidad que, por cierto, ya tensiona también a los miembros fundadores. Los partidos de derechas de todos los países europeos buscan por todos los medios reducir los aportes para la seguridad social, de acercarse a modelos cada vez más neoliberales. Una nueva OCDE neoliberal sería también un nuevo paradigma para el desarrollo del siglo XXI.
De los TLCs a la protección social
Pero el discurso de protección social aún inunda los documentos y declaraciones de la OCDE. Es cierto que a Chile se le aceptaría por su producto per cápita anual y su apertura y desregulación económica, pero también, dice la profusión de papeles, por sus avances sociales. Un tono discursivo que está íntimamente relacionado con el matiz que han tenido los gobiernos de la Concertación. Si hace unos diez años atrás todo era crecimiento económico, hoy es protección social y transparencia, ambos temas fundamentales para el ingreso a la OCDE. Hablamos, claro está, de discursos políticos.
A diferencia de los anteriores gobiernos de la Concertación, cuyos discursos y acciones se apoyaron en el crecimiento económico y en la ampliación de mercados- podemos recordar que la inversión extranjera y la suscripción de tratados comerciales copaban entonces la agenda económica-, el de Michelle Bachelet se ha orientado hacia sus programas sociales, los que han tenido como objetivo la población de menores ingresos. Esta acción, derivada de los recursos obtenidos principalmente por la venta de cobre de la pública Codelco (que es, podemos añadir, la herencia estatal y la anomalía de un modelo de libre mercado) ha ido también acompañada de la publicación de resultados, estadísticas cuya objetividad no pocas organizaciones nacionales ponen en duda. De partida, está la medición del nivel de pobreza en Chile. Un escaso trece por ciento en circunstancia que muchos países de la OCDE padecen también guarismos similares. ¿Truco? ¿Engaño? ¿Metodologías distintas? Tal vez todo eso y más.
Chile rinde exámenes en estos momentos para ingreso al club. Asuntos como la transparencia pública van en esta dirección. Otros son elevar los estándares estadísticos en materias presupuestarias, legislativas, institucionales, económicas y sociales. Aspectos relacionados con el respeto al medio ambiente en las decisiones empresariales, con la concentración y colusión de mercados, con los derechos de los consumidores debieran revisarse en este proceso de postulación. Pero también la brecha salarial. Si en Chile el diez por ciento de la población más rica gana 29 veces más que la más pobre, en los países de la OCDE se reduce a sólo nueve veces.
La pregunta es si se mantendrán estas exigencias a los nuevos socios. No sólo a Chile, sino a Brasil, a China, India. A Rusia. De lo contrario, ingresar a la OCDE sólo nos otorgará una nueva e inútil credencial.
Cuando hace un mes atrás el gobierno y la OCDE anunciaron el avanzado estado de las negociaciones para el ingreso de Chile a la entidad, varias ONGs nacionales presentaron un carta en la delegación de la OCDE en santiago para dar a conocer otros puntos de vistas sobre esta realidad estadística chilena. Organismos ciudadanos, medioambientales e indígenas entregaron un documento en el que alertaban a la OCDE sobre las enormes carencias sociales de Chile. “No sólo tenemos un tremendo déficit en políticas de verdadera apertura hacia los distintos referentes ciudadanos y ello se aprecia si analizamos la forma cómo se trata la legislación medioambiental. En Chile existe un autoritarismo encubierto”, comentó Patricio Herman, director de la Fundación Defendamos la Ciudad.
En la carta a la OCDE, estas organizaciones consideran “…que esta exclusión y limitación del debate público en una materia tan importante como el medioambiente es inaceptable, más aún cuando las propias autoridades así como parlamentarios y expertos convocados a entregar su opinión, han destacado que uno de los principales impulsos a dicha reforma proviene precisamente de los movimientos ciudadanos surgidos en respuesta a los impactos de proyectos sometidos al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA)”. Lo que las organizaciones reclaman es que hay en Chile un discurso oficial falso, apoyado en datos espurios. Si se alteran los datos de pobreza, puede falsearse todo. Como sucedió en el discurso de Bachelet en Washington.
El ingreso de Chile a la OCDE responde a un programa comunicacional, a una estrategia discursiva de la Concertación. Es la continuación de anterior relato acerca de “la inserción chilena en el concierto internacional”, del paso a “las grandes ligas”, del “Chile, país modelo” para la región y el mundo. Bien podemos recordar toda la retórica sobre la suscripción de los tratados comerciales con la Unión Europea y Estados Unidos. Nos acordamos de la retórica, porque de los efectos en la economía nadie se ha hecho cargo. Tras este proceso de inserción comercial, del ingreso en las grandes ligas, la economía chilena se contraerá este año más de un punto en tanto la tasa de desempleo oficial ya ha superado el diez por ciento. ¡Más de un millón de desocupados, y dos millones entre desempleados y subempleados!
Reproducción y retroalimentación de la desigualdad
La OCDE se ha caracterizado por su énfasis en la protección social, que es también la equidad. Pero los estándares chilenos avanzan en un sentido contrario. Dice la CEPAL: el ingreso per cápita en Chile se duplicó desde 1990 al 2007, pero el 20 por ciento más rico de la población supera en más de trece veces el ingreso del 20 por ciento más pobre. Si una familia pobre vive o sobrevive con 200 mil pesos al mes, el promedio del grupo de los más adinerados goza de dos millones 600 mil. Una relación que ha ubicado a Chile entre los diez países más desiguales del mundo.
Esta escandalosa desigualdad se reproduce y se retroalimenta mediante el sistema educacional: una formación para ricos y otra para pobres. Es lo que expresa la prueba Simce, la PSU y también la PISA, el examen sobre resultados de la educación que realiza internacionalmente la OCDE.
La última medición de la prueba PISA no hizo otra cosa que certificar las desigualdades y baja calidad de la educación ante el escenario mundial. Aun cuando el 2006 hubo habido un evidente avance en la comprensión de lectura respecto a la prueba del 2000, con un puntaje cercano a la media internacional, aquello no se repitió en ciencias: los chilenos estuvieron 23 puntos por debajo de la media internacional, en tanto en matemática a 43 puntos de la media.
La comparación de estos resultados con el desempeño de los jóvenes de los países desarrollados revela una brecha abismal. En Chile, sólo el 1,8 por ciento de los estudiantes ha logrado un desempeño alto en ciencias, que es la competencia suficiente para resolver problemas cotidianos empleando conocimientos científicos o de relacionar estos problemas con sus conocimientos científicos, en tanto sí lo hacen el veinte por ciento de los jóvenes finlandeses y uno de cada seis neocelandeses.
El gobierno ha argumentado que los estudiantes chilenos han obtenido un rendimiento más alto que los países latinoamericanos que rinden la prueba PISA. Un resultado que no significa que Chile esté a la altura de los países europeos y otros desarrollados. Con 442 puntos en comprensión de lectura, está cerca de Turquía (447), que es miembro de la OCDE, pero le separa un abismo de los primeros países de este ranking, como Corea (556) y Finlandia (547). Entre 53 países, Chile apareció en el lugar 35.
En ciencias y matemática el resultado ha sido peor. Si el puntaje máximo lo obtuvo China (Taipei), con 549 puntos, Chile apareció en el lugar 43 con sólo 411 puntos. Otro latinoamericano, que no aspira ingresar al “exclusivo club”, como es Uruguay, superó a los estudiantes chilenos.
Chile, campeón de la macroeconomía, de la apertura comercial, de las ganancias empresariales y la concentración de los mercados. Chile, líder en la desigualdad en la distribución de la riqueza y de la educación. Un historial que no se borrará con la credencial de miembro de la OCDE.
PAUL WALDER
Publicado en revista Punto Final
