Mi odio no es por lo que escribió, sino por lo que nunca pudo escribir. Nunca aceptó las críticas que se hicieron contra el proyecto comunista…, lo mismo hacen los camaradas en la concertación; pero, bueno, por eso le escribo una carta: usted fue un mal educador.
Eso de andar leyendo “Manuscritos económicos y filosóficos” me dejaron pal gato. Los textos que me hicieron saltar las lágrimas fueron los del “Capital”. Cierto a mi corta edad no se puede comprender que en la sociedad capitalista la mercancía no cuenta por su valoración social. Por suerte que estudiaba en las primarias de Chile y no en una escuela de Berlin sino me sacaba puros ceros. Usted escribe que el dinero se apodera del alma humana y la tiraniza como un demonio. ¿Se da cuenta camarada, Marx, que con sus escritos me tenía con los nervios en el suelo? Se le acusaba de “ateo” y escribía sobre las almas y el diablo. Cierto que usted, camarada Marx, tuvo razón al decir que el dinero es el que compra los hombres: si su alma tiene tiempo, pase por el parlamento schileno, claro que le recomendiendo una cosa: no tome el transsantiago porque llegará al día de la corneta ni mucho menos diga que es Karl Marx sino lo meten en cana.
Bueno, usted se preguntará mil cosas de mi carta: me presento. Ivan Godosky. No llevo acento en la “a” porque soy caprichoso y me considero un hombre con libertad limitada ya que hoy por hoy no se puede hacer lo que se quiere.
En los años 60 fui estudiante de la escuela “Eduardo Edward” que, bueno, era financiada por ellos sino no se llamaba así poh. ¿Sepa Dios qué malabares hizo el diablo para que yo, hijo del proletariado, entrara a las aulas del capitalismo? Antes, camarada Karl había pasado por la escuela “Brasil”, más tarde, por la Escuela “Suecia” cayendo, pues, en las garras de los Edward.
¡Nunca frecuenté una escuela “shilena”.
Antes de ingresar a la escuela “santa”, el director me hizo un examen, no de sangre, poh, camarada… Claro, mis notas fueron siempre buenas. Mis ideas religiosas eran la raja porque mis ambiciones eran las de llegar a ser Pontífice.
En lo científico era diabólico. Pretendía que los peces shilenos fueran operados y se les cocieran patas de ranas para que ellos también pudieran salir de sus lagunas a respirar aire puro. Gustaban mis ideas. Había que limarlas, decía el director de la escuela.
Kamarada Marx, se lo digo, carepalo, se lo digo: usted me hizo llorar tanto. Mi odio era puntual: siempre en la Semana Santa. No podía aceptar la idea que usted, fuera de escribir sus ideas tan interesantes, al mismo tiempo, hayan matado a “Cristo”.
Claro que los curas de mi escuela nos habían regalado a Dios. Tanto catecismo. Tantas confesiones: en una de ellas, pues, ya de mocoso, prometía que si Dios me daba hijos varones, ni cagando los llamaría Carlos o Karl.
Crecí con ese dolor. Una tarde de lunes, en un quiosco de libros usados de la calle San Diego, cometí mi primer pecado. Mientras ojeaba unos libros encontré el “Diario de Ana Frank”. No tenía plata para comprarlo, o como dice usted: capital. El anciano que vendía los libros era tacaño, o como suelen escribir otros: reaccionario. Me recomendé a Dios y en un dos por tres me lo expropié. Cierto, no lo robé, camarada… no piense eso poh… En nuestro castellano se dice: “quien roba a un ladron tiene 100 años de perdon” En fin hice mío el libro de la Frank y lo planté en mi corazón. ¡Puta que lloré, don Carlos!
Cierto, compañero Marx, en Chile hubo mucha literatura prohibida: en mi escuela corrían textos religiosos y tanta coca-cola. Cierto, eramos los regalones del capital. Los Edward financiaban los almuerzos para los alumnos. Todo el año: polenta con bacalao; postre: una manzana. Todo el santo año la misma comida y la misma manzana. Cierto que se agradece. No podemos excrementar las caridades del capital, eso nos decía el director de la escuela. Con el libro de Ana Frank me transformé . Cierto que mi pubertad fue confusa, triste y solitaria. En mi escuela no podía hablar del dolor que sentía. Ana se había transformado en mi hermanita menor. Deseaba leer, camarada, “El Manifiesto Comunista”
En Chile era muy difícil leerlo. El terror era inmenso. Nunca vi un shileno con un libro de usted leyéndolo en la micro. Un día, jueves, si, jueves, pasó lo que debía pasar. El vendedor de cloro, don Juan, insinuó algo sobre sus escritos. ¡Finalmente había encontrado un hombre diverso a todos los hombres! Fui su admirador consecuente: fue mi héroe. De noche me lo soñaba.
Don Juan tenía dos triciclos: ambos cargados de cloro y productos para lavar la ropa. Un hombre que trabajaba duro. Dejaba su casa al alba y volvía a tarde noche. Siempre lo vi contar tanta plata. ¡Lo admiraba! Tenía un estilo para tomar el turro de billetes que me hacía llegar hipo. Primero se escupía los dedos, luego, con la velocidad de su índice, hacía florecer la plata. Fue el primer comunista rico que había encontrado en los barrios pobres de mi patria. Decidí ser como él. Comunista rico. Deseaba ser vendedor de cloro. En mi soledad de mocoso, pues, recortaba diarios y hacia turros de billetes. Los contaba todos los días. Era millonario. Iba al water y los contaba. Me limpiaba el poto y volvía a contarlos.
El clorero fue el mago que hacía emblanquecer la ropita gastada de los pobres de Santiago. Un jueves decidí mi futuro. El pasaba por mi barrio. Le pedí trabajo. Don Juan me hizo montar uno de sus triciclos. Tomé asiento. Mis piernas eran cortas que no llegaban a los pedales. Don Juan me bajó suavemente. “El día que llegues a los pedales serás parte de mi tropa”, me dijo. Puta que lloré. Todo por culpa del capital y del cloro.
Mi infancia se transformó en alimento de la rebeldía. Los curas de la escuela no andaban felices con mis notas. Notaba que había pasado a la lista negra. Los últimos días de escuela, fueron un infierno. Mi profe de religión me dio una bofetada en una oreja que aún me silba. Una mañana de recreo, por destino de la religión, en una pichanga de fútbol con una tapa de la coca-cola, di una puntapies a la tapa y ella voló hacía la virgen del Carmen que se encontraba a la cabecera del patio. Su oreja, camarada Marx, salió volando. Había desorejado una santa. Expulsión seca. Sin recursos ni llantos. Era un demonio. Eso dijo la carta del director.
Mi vida cambió. Crecí. Leí otros libros suyos, camarada Marx. Los estudié. Comprendí que usted no tiene nada que ver con Chile. Los capitalistas shilenos han sido siempre vendedores de pimientas. Las contradicciones del capital, camarada Marx, en la patria son puro hueveo. ¡Usted sabe a lo que me refiero!. No debemos educar a un pueblo en función del capital sino en función de su felicidad. Cierto, sus ideas del capital dejaron la caga más uno, camarada. No hablaré de Lenin… no me pida opiniones, por favor. Mire los camaradas en el gobierno de Chile. Ellos son sus peores enemigos. Si hablo de Lenin… por favor… es como volver a los tiempos de catecismo. Creo, compañero Marx, que sus ideas no son malas.. de verdad… pero por culpa de sus estudios muchos llegamos al exilio. Bueno, no es su culpa… cierto, pero la culpa es de los camaradas que no hacen nada para que todos los exiliados podamos volver a casa. Chile, Carl Marx, nunca te entendió…, al menos yo, bueno, te comprendí.
Godosky
