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Agosto 18, 2026

Una foto vale más que mil discursos

 {mxc}En el documental El diario de Agustín, Johnny Kulka, uno de los altos ejecutivos de El Mercurio, define al periódico como “algo más que un diario”, condición nada extraña para un medio de comunicación cuyo objetivo, entre otros, es generar sentido, opinión, instalar e impulsar ideas que circularán a través del tejido social.


El funcionario dice que El Mercurio es “el diario de referencia”, “una guía”, la que es asumida y entendida por “todos los sectores”. Entendemos y concedemos que un diario es más que un diario, porque es poder, es capacidad de influir en el imaginario de un país, en la toma de decisiones políticas. Pero acotamos que también es una industria de los contenidos, de la opinión, la que responde a sus propios y cercanos intereses. Kulka habla de los efectos, pero silencia sus causas.

En Diálogos de Exiliados, la polémica película de Raúl Ruiz, hay una conversación en un bar de Paris entre dos chilenos que leen Le Monde. Comparan ambos periódicos y levantan una muy singular y también oblicua conjetura: ambos diarios son imparciales, pero le Monde, dice uno de los personajes, “es un poco más que El Mercurio”. Finalmente llegan a una conclusión: los franceses leen le Monde y los chilenos El Mercurio porque ambos medios son objetivos. 
 
Los dos comentarios citados proceden de épocas, lugares y fuentes muy dispares. Tal vez el único cruce es expresar una peculiar chilenidad, pero en ambos la percepción de El Mercurio es como si fuera una piedra angular de la realidad política del país. Aun más: como si este diario fuera una expresión de la realidad socio-política y económica del país. 
 

En ambos casos se trata de una mirada muy superficial, de baja reflexión, de completa debilidad analítica. Una mirada borrosa que no percibe el sentido de los medios de comunicación en cuanto canal o correa transmisora de una determinada visión de las cosas. Una visión que en el caso de El Mercurio y su cadena no puede estar más clara: la cámara que capta esa realidad se ha ubicado en la extrema derecha; su función es reproducir y consolidar el statu quo y los privilegios de los que goza una elite. Es sobre esta base que se construye un escenario, una dramatización de la vida nacional, un relato muy sesgado.

Todo esto es sabido. Pero también es olvidado, o hábilmente borroneado. Porque la clase política actúa, o simula, como aquel confundido exiliado que ve en El Mercurio una expresión de la realidad socio-política. El Mercurio, que sí es una expresión de la elite más conservadora, no lo es del resto del país. El sesgo, la mirada torcida y matizada aparece en cada página. Esta, que es la realidad de una elite, de la oligarquía chilena, es un drama para el país. El gran drama del país.
 

Cuando el alto ejecutivo de El Mercurio ve en el diario algo más que un diario apunta sin querer al poder tras el matutino. Claro que las hojas impresas no tienen poder en sí mismo, tal siquiera, podríamos decir, sus contenidos y opiniones, pero sí los grupos económicos, los terratenientes del sur, las mineras y la banca, la iglesia, las fuerzas armadas tras el mensaje. Basta recordar nuestra historia más reciente para observar la bestia negra que se escondía en los años setenta tras el papel de diario. Hoy sólo está dormida.

La reunión de los dirigentes de la Fundación Paz Ciudadana en Casapiedra (presidida por Agustín Edwards, el dueño de El Mercurio) con los candidatos presidenciales, ha sido una triste expresión de esos poderes tras el papel. Todos llegaron –con la excepción de Sebastián Piñera, que estaba en España-, hablaron y posaron para la foto junto a Edwards. Todos certificaron a esta fundación en sus tesis sobre seguridad ciudadana, las que se reducen a la necesidad de más seguridad y más represión.
 

Pero la foto con Edwards es la foto en la Vida Social de El Mercurio. Es la certificación que hace toda la clase política del conglomerado de poderes que se aglutinan en El Mercurio y en la figura de Agustín Edwards. Es la certificación de aquella mirada oligárquica y su influencia en la vida nacional. Los políticos lo aceptan, se adaptan a ello, como si fuera la realidad más natural. Que lo haga Piñera y Frei, ambos representantes de aquella elite o de grupos satélites a ella, que lo acepte el díscolo de derecha Adolfo Zaldívar o Marco Enríquez-Ominami en su fruición mediática, pero que también aparezcan en la foto con Edwards Jorge Arrate y Alejandro Navarro sólo tiene una triste interpretación: han sucumbido, se han entregado, a aquellos poderes que dicen enfrentar.

Hace unas semanas vimos una foto en Washington, una radiografía de la enfermiza relación entre la prensa y el poder político. Una imagen grotescamente liviana y  llena de soberbia que nos colmó de vergüenza.  En la reunión con Edwards observamos algo similar, pero en un sentido inverso. El poder no estuvo aquí representado por la figura política, como lo fueron Obama y Bachelet, sino en el poder fáctico tras el papel. Pero también posaron, se exhibieron. Si el corro de periodistas chilenos mostró sin pudor en la Casa Blanca toda su domesticidad, su servilismo ante el poder, en Casapiedra algunos políticos mostraron su calculado interés, pero otros desnudaron toda su debilidad ante aquel poder. 
 

PAUL WALDER