{mxc}En el documental El diario de Agustín, Johnny Kulka, uno de los altos ejecutivos de El Mercurio, define al periódico como “algo más que un diario”, condición nada extraña para un medio de comunicación cuyo objetivo, entre otros, es generar sentido, opinión, instalar e impulsar ideas que circularán a través del tejido social.
En Diálogos de Exiliados, la polémica película de Raúl Ruiz, hay una conversación en un bar de Paris entre dos chilenos que leen Le Monde. Comparan ambos periódicos y levantan una muy singular y también oblicua conjetura: ambos diarios son imparciales, pero le Monde, dice uno de los personajes, “es un poco más que El Mercurio”. Finalmente llegan a una conclusión: los franceses leen le Monde y los chilenos El Mercurio porque ambos medios son objetivos.
Los dos comentarios citados proceden de épocas, lugares y fuentes muy dispares. Tal vez el único cruce es expresar una peculiar chilenidad, pero en ambos la percepción de El Mercurio es como si fuera una piedra angular de la realidad política del país. Aun más: como si este diario fuera una expresión de la realidad socio-política y económica del país.
Todo esto es sabido. Pero también es olvidado, o hábilmente borroneado. Porque la clase política actúa, o simula, como aquel confundido exiliado que ve en El Mercurio una expresión de la realidad socio-política. El Mercurio, que sí es una expresión de la elite más conservadora, no lo es del resto del país. El sesgo, la mirada torcida y matizada aparece en cada página. Esta, que es la realidad de una elite, de la oligarquía chilena, es un drama para el país. El gran drama del país.
La reunión de los dirigentes de la Fundación Paz Ciudadana en Casapiedra (presidida por Agustín Edwards, el dueño de El Mercurio) con los candidatos presidenciales, ha sido una triste expresión de esos poderes tras el papel. Todos llegaron –con la excepción de Sebastián Piñera, que estaba en España-, hablaron y posaron para la foto junto a Edwards. Todos certificaron a esta fundación en sus tesis sobre seguridad ciudadana, las que se reducen a la necesidad de más seguridad y más represión.
Hace unas semanas vimos una foto en Washington, una radiografía de la enfermiza relación entre la prensa y el poder político. Una imagen grotescamente liviana y llena de soberbia que nos colmó de vergüenza. En la reunión con Edwards observamos algo similar, pero en un sentido inverso. El poder no estuvo aquí representado por la figura política, como lo fueron Obama y Bachelet, sino en el poder fáctico tras el papel. Pero también posaron, se exhibieron. Si el corro de periodistas chilenos mostró sin pudor en la Casa Blanca toda su domesticidad, su servilismo ante el poder, en Casapiedra algunos políticos mostraron su calculado interés, pero otros desnudaron toda su debilidad ante aquel poder.
