La constitución de una nueva fuerza de izquierda, unida y moderna para el siglo XXI, requiere no sólo voluntad y compromiso político, sino también la adopción de principios universales que permitan la inclusión de todos aquellos que quieran sumarse a ésta, más allá de sus adhesiones partidarias, de sus procedencias o sus sistemas de creencia.
Sólo en base a principios básicos comunes, podremos articular y constituir una política de unidad en pro de un proyecto amplio, transformador y democrático, que vaya más allá de la inflexibilidad ideológica, los partidismos y personalismos contingentes, las facciones, pugnas internas y los intereses, ambiciones o disputas personales. Por tanto, es necesario dejar los personalismos, el caudillismo y las ideas como producto de iluminados.
La multiplicidad de principios e interpretaciones políticas y prácticas que cada ciudadano, sector, grupo y organización de izquierda adopta -aún siendo está pluralidad una virtud- ha terminado por fortalecer y anteponer las disputas intestinas y las pugnas personalistas de los caudillos de turno, obviando que el sentido primigenio de cada individuo, de cada ciudadano que adopta una posición de izquierda, es cambiar las estructuras de la sociedad en pro de algo más justo, más libre y sobre todo más democrático.
Lamentablemente, ese pluralismo -que debería ser una virtud en cuanto al desarrollo de una identidad basada en el diálogo, la fraternidad, la tolerancia, el respeto (entre compañeros, camaradas, correligionarios), espíritu democrático y valor cívico – ha sido caldo de cultivo para un fraccionalismo que muchas veces se torna irreconciliable entre los propios miembros de la izquierda, y que va en contra de la constitución de una identidad aglutinadora. Todo debido a la falta de axiomas cívicos básicos y universales, que contribuyan a constituir una identidad que permita articular una fuerza política amplia, donde se incluyan una pluralidad de espacios políticos, culturales y sociales, constituidos por una pluralidad de sujetos.
Así, y debido a esa falta de principios generales, cada cual se autoproclama único y legítimo representante de la identidad de izquierda y de los intereses ciudadanos y sociales, deslegitimando al resto y suprimiendo el diálogo constructivo, haciendo que la articulación de las fuerzas se torne imposible. Muchos incluso, en esa lógica irracional, contribuyen a deslegitimar la mayoría de las propuestas y diversas formas de acción desde la izquierda, fortaleciendo a la hegemonía dominante.
Lo anterior ha derivado en que en la actualidad no exista una política de unidad entre las diversas organizaciones, y sí una lógica de competencia ideológica, práctica y electoral, incluso clientelar, que en definitiva contribuye a sedimentar la atomización de la izquierda y sus derrotas, en diversas dimensiones.
La izquierda hoy vive un contexto favorable para constituirse como una fuerza alternativa viable a las coaliciones hegemónicas, que monopolizan el campo político y que han deslegitimado la acción política y desincentivado la participación ciudadana.
La multiplicidad de principios e interpretaciones políticas y prácticas que cada ciudadano, sector, grupo y organización de izquierda adopta -aún siendo está pluralidad una virtud- ha terminado por fortalecer y anteponer las disputas intestinas y las pugnas personalistas de los caudillos de turno, obviando que el sentido primigenio de cada individuo, de cada ciudadano que adopta una posición de izquierda, es cambiar las estructuras de la sociedad en pro de algo más justo, más libre y sobre todo más democrático.
Lamentablemente, ese pluralismo -que debería ser una virtud en cuanto al desarrollo de una identidad basada en el diálogo, la fraternidad, la tolerancia, el respeto (entre compañeros, camaradas, correligionarios), espíritu democrático y valor cívico – ha sido caldo de cultivo para un fraccionalismo que muchas veces se torna irreconciliable entre los propios miembros de la izquierda, y que va en contra de la constitución de una identidad aglutinadora. Todo debido a la falta de axiomas cívicos básicos y universales, que contribuyan a constituir una identidad que permita articular una fuerza política amplia, donde se incluyan una pluralidad de espacios políticos, culturales y sociales, constituidos por una pluralidad de sujetos.
Así, y debido a esa falta de principios generales, cada cual se autoproclama único y legítimo representante de la identidad de izquierda y de los intereses ciudadanos y sociales, deslegitimando al resto y suprimiendo el diálogo constructivo, haciendo que la articulación de las fuerzas se torne imposible. Muchos incluso, en esa lógica irracional, contribuyen a deslegitimar la mayoría de las propuestas y diversas formas de acción desde la izquierda, fortaleciendo a la hegemonía dominante.
Lo anterior ha derivado en que en la actualidad no exista una política de unidad entre las diversas organizaciones, y sí una lógica de competencia ideológica, práctica y electoral, incluso clientelar, que en definitiva contribuye a sedimentar la atomización de la izquierda y sus derrotas, en diversas dimensiones.
La izquierda hoy vive un contexto favorable para constituirse como una fuerza alternativa viable a las coaliciones hegemónicas, que monopolizan el campo político y que han deslegitimado la acción política y desincentivado la participación ciudadana.
Jorge Andrés Gómez Arismendi
Periodista
Magíster en Ciencias Políticas
Periodista
Magíster en Ciencias Políticas
