Desde que entraste al campo santo, los muertos te atraparon, Godosky, eso hay que decirlo, que tu mirada será media ciega o lo que quieras, que en eso me dí cuenta, pero tus ojos no leían bien los nombres, que al verte tan corto de vista, daba para pensar, porque qué ojos de mierda, Godosky, no tenías derecho a maltratar tus pupilas. “Quiero ir de libro en libro”, dijiste. Todo me preocupó. El exilio pone huevones a los camaradas, te dije. Te confieso algo, Godosky, eras un lacho atravido. No tenías el derecho de hacerme llorar. Cada vez que hablabas de tus camaradas de partido, me llevaba a la idea de darte una paliza y tú todavía, las ponías en el cielo, que eran las revolucionarías del mañana, que daban su vida sin sentimentalismo, ya ves hoy, muchas cayeron, es verdad, pero las que sobrevivieron son atornillados en puestos claves de la concertación, Sara hasta en la tele sale, dándoselas de cuica socialista, y, que todo se sabe, Godosky, que los dientes de hocicos heridos muerde más que perro enfermo, y no voy a decirte otras cositas que no sabes, que eso es lo último que haría, pero, el viejo pepe se compró hasta una parcela.
Puta que es triste lo que me has dicho, Luli. Muchos camaradas pasaron de banderas a banderas. Ahí tienes los dirigentes de la clase obrera, con los ricos, que no es que hayan sido forzados, ni mucho menos, pero el oportunismo no es de imitar, ya ves, que ahora está de moda, yo sé de camaradas revolucionarios que lo hacen, y no me vengas con que te hice llorar, Luli, lo nuestro fue un amor de resistencia, un amor de Unidad Popular, un amor muerto en el exilio.
No sólo exiliadossolitarios
caminaban por los bordes
de los ríos del mundo,
también la paloma lloraba el pan.
Ahí tienes el poema que me mandaste, Godosky. Mi padre lloró, mi madre, que siendo momia, prendió una velita a la virgen para que no sufrieras tu exilio. En sus rezos pidió compasión para tí porque, bueno, ella, momia pero no tonta, sabía que yo era tu amante. Todos los trabajadores son de papel, dijo mi padre. Nunca entendí eso. Una noche, mi madre, mientras haciamos el funeral de mi viejo, me dijo que eso de los trabajadores de papel era una critica a los sindicatos porque los vendían como mejor papel a los patrones.
Pero, Godosky, ahora andas con eso del “rescate social”… no tengo fuerzas para seguir tus revoluciones… no envejeces. Sigues como el agua en los ríos… eso me lo enseñaste tú, nunca habrá un río sin sonido. Fueron tus ideas que me hicieron enamorarme de tí… de tus boleros, de tu buen hablar… pero nunca pudiste transformarme en lavadora de familia; nunca te lavé ni los calcetines… y tú, cierto, por la emancipación de la mujer, llegaste hasta a lavar mis paños menores… Un hombre llora, dijiste, y si llora debe lavar los paños de su amada. Puta, Godosky, eres –eras- y sigues siendo el vuelo del puma por los bosques. En fin… Me hablas de titeres… de pobres infelices… y moriré, es mi destino de humano, leer tu cáscara de exiliado que tira piedras. Si fuimos testigos del entierro de la Gladys, Godosky, deseo que un día puedas ser testigo de mi velorio… como yo, eso lo prometo, ni cagando me perderé el tuyo.
Godosky
