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Agosto 18, 2026

¿Toda vía conduce al todavía?

{mxc}El sujeto se adecúa al medio. Eso es lo que predica todo mundo, desde los exegetas en el campo de la biología hasta los cabalistas y buhoneros diversos. De ahí que en unos años más el dedo meñique desaparecerá de nuestros pies y que la muela del juicio se descuadre cada vez más de nuestras atormentadas mandíbulas. Me pregunto ¿Ocurrirá lo mismo con el cerebro?

Mal que mal es un músculo, y si no se le ejercita como es debido se vuelve laxo y pierde exuberancia ¿Qué ocurrirá entonces con el cerebro del chileno promedio, inclinado como está hacia una dieta repleta de grasa y desperdicio?

Los medios de comunicación de nuestro tiempo aúnan esfuerzos por exhibir cada uno la cuota más amplia y generosa de estupidez disfrazada de “noticia”. Se dice que hay para todos los gustos: para la dueña de casa y para el obrero, para el gerente de la empresa, para el anacoreta y para el bochinchero. Lástima que la mayoría de los noticiarios –y el periodismo escrito oficialista que no hace otra cosa sino repetir sin reparos ni reservas lo que se hociconea en la TV- orienta el gusto de las masas hacia una misma dirección, resultando de aquel merengue “informativo” una audiencia bastante grotesca y simplona, incapacitada la mayoría de las veces en dar una opinión someramente auténtica o que bien se aleje de la ramplonería propuesta por Mega, Chilevisión o Canal 13, por citar a los cabecillas de lo que he titulado como “masoquismo espiritual”.

Masoquismo espiritual. Que mejores términos para definir la experiencia que significa sentarse frente a un televisor sintonizado en la onda Chilensis. Allí donde se discute la posibilidad o la imposibilidad de la silicona, allí donde se filosofa respecto a la medianía intelectual de los eunucos que inundan el congreso nacional, allí donde se recomiendan exfoliantes magistrales para lavar las partes íntimas, allí es precisamente donde se gesta toda la incultura Chilensis. Eso explica que la mayoría de nosotros seamos considerados palurdos, meros opinólogos, regentes de un pueril rococó de los sentidos, porque atacamos el “gusto” de la audiencia y exigimos una exigua cuota de sapiencia. Ejem. Caridad es lo que pedimos (Y hasta en esto se nos va en collera el Hogar de Cristo). En fin.

¿Cultura, buena conciencia, arte y pensamiento es lo que quieren? Se preguntan los ejecutivos de las cadenas de televisión. Y allí arrojan perlas a los cerdos como bien se indica en Eclesiastés, toda vez que tienen lugar cada cierta cantidad de meses los dos o tres programas de vulgarización de la cultura que aparecen los días sábado y que no son otra cosa sino la repetición atolondrada de los reportajes y documentales creados por la BBC de Londres. Resúmenes de las actividades licenciosas de Leonardo o de Homero (Simpson por supuesto) o tandas insoportables sobre la vida y obra del Dragón de Komodo y la mosca tsé tsé ¡Qué maravilla!

El ambiente de elecciones en el que vivimos actualmente no invita a los empresarios de la TV a fabricar un discurso sofisticado, crítico, demoledor y sin duda que esto las audiencias lo agradecen (¿Dónde están las protestas ciudadanas contra el más auténtico fascismo televisivo? ¿O se contentan sólo con el mero acto de expresar su opinión amparados bajo el anonimato de una nadería como Facebook?). Por eso las encuestas de “opinión” reflejan voluntades concebidas en la sombra del humor y del acaso: si durante la semana el afrecho y la harinilla que se arroja a los marranos satisface sus ansias, habrá conmiseración con el candidato derechista y en cambio, si las bromas y la chocarrería no provocan risotadas, espasmos o convulsiones diversas, sufrirá el candidato de la concertación el desprecio de los “receptores”. Así funciona la política en Chile, tutelada por las garras de la alquimia de la Comunicación.  

En las últimas semanas se han elevado cadenas de oración por la repentina inexistencia de Michael Jackson. Hace algunos meses fue la fiebre porcina, los policías inmiscuidos en muñecas y prostituciones, la hija del ministro chapoteando en una alberca o el diputado que se candidatea como “alternativa joven” a la presidencia mientras asegura un porcentaje de votos para un probable segundo duelo entre la alianza y la concertación. Con un panorama grotesco como aquel, poco es el beneficio que obtiene el cerebro Chilensis. Y qué bien se hace oído sordo a las súplicas. De nada vale declarar que los habitantes de esta larguirucha y extraña faja de planicies y valles insondables en realidad tienen hambre y sed de conocimiento, de filosofía y de belleza, pues ¿Quién podría creernos?

A mi sinceramente me importaría bien poco lo que los medios de televisión se dedicaran a transmitir sino me sintiera directamente afectado. Mal que mal se trata de empresas privadas y nadie apunta con la bayoneta las cabecitas de don Pedro, de don Juan y de don Diego para que mantengan en vilo la investigación respecto a las bajas pasiones faranduleras, politiqueras y bandoleras. Pero por desgracia, del constante remar en contra o a favor de esta corriente deviene un nuevo problema: siempre está la corriente ¿Qué sentido tendrá el quejarse? Dirán algunos. Yo pienso que en este océano inabarcable de renunciamiento y de cansancio bien vale la pena continuar remando. Si bien somos arrojados a la vida para tratar de entender desde distintas ópticas –la mera técnica- el por qué pasaremos el resto de ella transformados en esclavos del tiempo siempre humano, demasiado humano, junto a la enclenque razón subyace algo inmanente a todo ser: nuestro espíritu. Es el espíritu el que finalmente nos distingue del resto de las especies que a través del mero apareamiento aseguran su perpetuidad. Nosotros en cambio somos sujetos de la teoría, los hombres y mujeres de emociones liberadas, los de la dicha, la venganza y el conocimiento, y que a pesar de aquello susurramos nuestro descontento en una voz tan baja que quienes realmente pueden oírnos se corresponden con el mundo de la fantasía y la locura. Cerebro y espíritu es el binomio que debería estar presente en cada una de las palabras espetadas por comentaristas, presidentes, candidatos y ejecutores, pero aquello es aún sinónimo de utopía. Quién sabe, mejor sería entonces continuar soñando, a pesar de que en nuestro tiempo los límites más inalcanzables del laberinto del cerebro se ven tocados por la ponzoña de la horripilante realidad, aquella de la que si un medio, si un candidato, si un ciudadano hacen bandera de lucha y que comparada con nuestra insignificancia pareciera constituir la única respuesta ¿Hasta cuándo viviremos en el todavía?