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Agosto 18, 2026

La arriesgada apuesta del kirchnerismo

La fragmentación es la característica de la política argentina, hoy como antes, con el peronismo como eje. Bajo él se agitan corrientes contradictorias, pero no movidas por diseños ideológicos, sino por lógicas de poder caudillistas.


En uno de sus acostumbrados y fulgurantes golpes de efecto, el jefe del partido Justicialista argentino Néstor Kirchner decidió que el gobierno de su señora y sucesora, la Presidenta Cristina Fernández, adelantase para este domingo las elecciones legislativas previstas originalmente para octubre próximo. El objetivo fue evitar que éstas coincidiesen con el “peak” de la crisis económica global.

Pero el cálculo no logró obviar el hecho que el país está a las puertas de una cesación de pagos en 2010, similar a la ocurrida en 2001. Esto –más allá de la manipulación de indicadores como los de inflación y desempleo de que se acusa al oficialismo- incidiría en la confianza en la economía y la credibilidad de las autoridades.
 
Los presagios electorales son sombríos para el matrimonio presidencial que gobierna Argentina. El ex jefe de la Nación está en una cerrada lucha voto a voto por una diputación por la provincia de Buenos Aires con otro peronista, el empresario Francisco de Narváez. Pero el kirchnerismo no sólo arriesga su permanencia en el poder hasta la próxima década si el marido no gana su escaño. También -como señalan los pronósticos- si el partido que dirige sufre derrotas en varias otras provincias, incluida la de su natal Santa Cruz, donde el matrimonio comenzó su carrera política.

La pérdida de la mayoría propia en el Senado es ya casi irreversible, aunque una derrota en la Cámara de Diputados podría amortiguarse con la construcción de alianzas del poder central con algunas fuerzas minoritarias. En el conjunto del escenario nacional es ya incontrarrestable la fragmentación en que está sumido el partido Justicialista, que ha gobernado18 de los casi 26 años que van desde el regreso de la democracia en 1983 con el radical Raúl Alfonsín. Algunos sectores del peronismo –como el de Narváez- están aliados con fuerzas de derecha en la Unión PRO (Propuesta Republicana), otros van con el radicalismo de Elisa Carrió y otras denominaciones de centroizquierda en el Acuerdo Cívico y Social (ACYS).

Como nos decía un economista que integró el gobierno de Alfonsín, en estas elecciones “todos tienen puesta la mirada hacia delante, pateando la pelota con la panza”. La apuesta de Néstor Kirchner es convencer que él es el único que puede garantizar gobernabilidad, no a la manera de otros países, buscando un consenso que es imposible en Argentina, sino imponiendo con autoridad medidas fuertes en lo económico y lo político.

Entre las primeras: las reglas al sector agrario, la estatización de los fondos de pensiones, Yen las segundas: los enfrentamientos con los medios opositores, el adelanto de las elecciones legislativas y la inclusión en las papeletas de candidaturas “testimoniales” de autoridades como el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, que no cambiarán su actual posición por un escaño de diputado, pero que insuflan fuerza a las listas electorales.

 
Situar estos bandos en dicotomías conservadoras o progresistas es difícil y aventurado, porque el dominante peronismo es un movimiento multiforme, en el que se  domiciliaron en los años ´70 desde los guerrilleros montoneros hasta la alianza anticomunista argentina, y que se mueve hasta hoy por lógicas de poder caudillista y no por designios ni banderas ideológicas.