Bussi hace alusión al fuerte sismo que el 29 de enero de 1939 sacudió la zona centro sur de Chile, en el que perdieron la vida cerca de 40 mil personas y que tuvo su epicentro cerca de Chillán, ciudad ubicada 500 kilómetros al sur de Santiago.
“Él venía arrancando del edificio de la Masonería. ¡Mire lo que es el destino! Me dijo que era un edificio viejo y había tenido temor de que se derrumbara. Salvador siempre le tuvo pánico a los temblores. De ahí nos fuimos a un café en la calle Tenderini, frente al Teatro Municipal”, le relató Hortensia a su interlocutor.
Ella, que era de una familia profundamente católica, le preguntó a Salvador si era masón. “Y me respondió que sí. Entonces le dije escandalizada, riéndome, que cómo podía ser masón un hombre a mitad del siglo XX”.
Aquel sismo era sólo el primero de muchos que vendrían después y que marcarían no sólo las vidas de ambos, sino también el devenir de su patria: tres derrotas de Salvador en elecciones presidenciales; el intento de la oligarquía y la derecha chilenas, apoyadas por la CIA, de impedir que el triunfo electoral del 4 de septiembre de 1970 fuera ratificado por el Congreso Nacional; sus “mil días” de gobierno en los que compartieron muchas alegrías pero donde también fueron víctimas de innumerables conspiraciones; y, finalmente, el golpe militar de 1973, en que tanto el palacio de La Moneda como su hogar de la calle Tomás Moro fueron estremecidos por las bombas arrojadas desde aviones Hawkers hunters, que incendiaron un proceso en el que él, Salvador Allende, fue protagonista, pero donde Hortensia y sus hijas –sobre todo Beatriz– fueron actores relevantes.
Tras un tiempo de noviazgo y de vivir juntos en un departamento contiguo al Parque Forestal de Santiago, el Chicho y la Tencha –como se les conocía– se casaron en el registro civil de Ñuñoa (al suroriente de Santiago) el 17 de marzo de 1940. No hubo boda religiosa. Pronto vendrían las hijas. Carmen Paz nació en 1941, Beatriz dos años más tarde, e Isabel en 1945.
La última llamada
Hortensia Bussi se encontró con la muerte durante el sueño. Estaba en su hogar de Providencia, en Santiago. La acompañaban sus hijas Isabel y Carmen Paz. Eran pocos minutos antes de las 14 horas del jueves 18.
Según relataron a la doctora Paz Rojas, ella “amaneció bien”, pero en el transcurso de la mañana “se quedó profundamente dormida”. Así terminó sus días. “Se fue tranquila, no sufrió”, dijo Rojas –médico de cabecera de la señora Bussi– a Televisión Nacional de Chile.
La doctora Rojas comentó que la muerte de Hortensia le causó “sorpresa”, puesto que “estaba perfectamente bien”, a pesar de sus 94 años. La exprimera dama no padecía problemas cardiacos ni respiratorios; sólo la aquejaban achaques propios de la vejez.
La Tencha se mantuvo lúcida hasta sus últimos días. Leía la prensa y recibía visitas, sobre todo los sábados, cuando su casa se llenaba de amigos, de niños, de vida. Era presidenta de la Fundación Salvador Allende, e influía en el devenir del Museo de la Solidaridad Salvador Allende.
Su cuerpo fue velado en el salón de honor del exCongreso Nacional, donde su esposo asumió la Presidencia el 3 de noviembre de 1970. Hasta allí llegaron cientos de personas a homenajearla y despedirse. Entre ellos, la presidenta Michelle Bachelet.
La última vez que Hortensia Bussi habló con el presidente Allende fue a las 7:45 del martes 11 de septiembre de 1973. Él la llamó desde el Palacio de La Moneda. Ella se encontraba en su casa, ubicada en la calle Tomás Moro, desde donde él había salido raudo una hora antes. Le pidió que permaneciera ahí, tranquila. Más tarde, los golpistas bombardearon la casa con ella adentro.
“Al día siguiente recibí instrucciones telefónicas de que tenía que dirigirme al Hospital Militar. No sé cómo se enteraron de que estaba ahí (en casa de Felipe Herrera) porque no telefoneé a nadie. Y yo, tan ilusa, no sé cómo calificarme, fui al Hospital Militar con mi sobrino Eduardo Grove Allende. Pensé: ‘Salvador está herido’”, según narró Bussi al ensayista Hernán Dinamarca.
En la entrada del hospital se le acercó un militar que le dijo: “Mi más sentido pésame, señora”. Así fue como se enteró de la muerte de su esposo. Quiso verlo. No la dejaron. “Usted se va a ir directamente a la base (aérea) de Los Cerrillos y va a tomar un helicóptero que la va a trasladar a Viña (del Mar)”.
Se comunicó con su hija Beatriz, que estaba en la embajada de Cuba. Le pidió que la acompañara al funeral de su padre. El edecán de la Fuerza Aérea de Allende, Roberto Sánchez, quien mantuvo una actitud digna, las guió por las calles de un Santiago sitiado por militares.
“Sollozando subí a un avión chiquito, sin asientos, con hileras de bancas en las orillas. Sánchez les contó que las trasladarían hasta la Base de Quintero (en la costa, a 150 kilómetros de Santiago) y de ahí, por tierra, irían hasta el cementerio Santa Inés de Viña del Mar. En el vuelo también iba Laura, hermana del “Chicho Allende y el sobrino Patricio Grove Allende. Al medio iba un gran féretro cubierto con una manta boliviana”.
Como nunca pudo verlo, por años guardó la duda de si realmente el que había sido enterrado era Salvador. Sólo con motivos de los funerales oficiales del expresidente, realizados el 4 de septiembre de 1990, la urna con sus restos se reabrió y éstos fueron identificados. Entonces Hortensia tuvo la certeza de que efectivamente era su esposo. Asumió también que se había suicidado.
El exilio
Hortensia Bussi “quería a México en forma entrañable”, como señaló Victoria Morales, esposa del exministro de Defensa José Tohá y conocida como La Moy.
Por ello, dijo, no fue casualidad que Tencha llegara a ese país a vivir su exilio. Tras ella llegaron miles de chilenos que encontraron cálida acogida en aquellos difíciles momentos posteriores a la tragedia de Chile.
Cuando llegó a ese país, en un avión que el gobierno mexicano dispuso especialmente para sacar a la familia Allende-Bussi, la esperaba una importante comitiva. Estaba el presidente Luis Echeverría y su esposa, parte de su gabinete y numerosos legisladores, todos vestidos de negro. El gobierno mexicano había decretado duelo nacional por tres días. Había prensa de todo el mundo. La viuda de Allende no había dormido la noche del viaje. Sentía que la ropa que vestía no era adecuada para las circunstancias. No se atrevía a bajar.
El embajador mexicano en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, quien salvó vidas en las horas y días posteriores al golpe, le dijo: “Tienes que bajarte, Tencha, te están esperando”. Fue entonces cuando tomó conciencia de que, no estando Salvador Allende con vida, ella debía asumir una tarea que no había buscado: ser el principal emblema de Chile en el exilio.
En la citada entrevista con Dinamarca, Hortensia recordó que a partir de entonces dedicó todo su tiempo a recorrer el mundo para tender puentes entre diferentes grupos de la izquierda chilena y para denunciar los crímenes que la dictadura militar cometía en su país. Reconoció que ello le quitó el tiempo para dedicarlo a sus hijas.
El 11 de octubre de 1977, cuando se encontraba en París cenando con amigos chilenos en la casa del exdiplomático Hernán Santa Cruz, llegó hasta el lugar un alto funcionario de la embajada de Cuba en Francia. Con sólo verlo llegar, Hortensia comentó: “Algo le pasa a la Tati”, en referencia a su hija Beatriz. En efecto, la Tati se había suicidado. Se dio un tiro en la boca cuando se encontraba en su departamento de La Habana, Cuba.
“Si le hubiera dedicado más tiempo (a Beatriz), quizás ella no se habría sentido tan sola”, señaló Hortensia en la entrevista con Dinamarca.
Volver
El 24 de septiembre de 1988 Hotensia regresó a Chile. Lo hizo poco antes de que se llevara a cabo el plebiscito del 5 de octubre de ese año en el que se definiría la permanencia o el fin de la dictadura de Augusto Pinochet.
Había salido desde México tres días antes. Previo a su arribo a Chile, se detuvo tres días en Buenos Aires. Allí se reunió con el presidente argentino Raúl Alfonsín y con importantes dirigentes y representantes de la política chilena.
Su retorno tenía un enorme simbolismo. No sólo volvía la esposa de Allende, sino todo lo que éste representaba. La prensa internacional se daba cuenta de ello. En aquel vuelo de Iberia venían corresponsales de las agencias UPI, EFE, AP, de la cadena BBC de Londres, del diario The New York Times, entre otros medios.
El vuelo fue acompañado por un cielo hermoso. Al cruzar la cordillera de los Andes, Tencha se conmovió al verla nevada. De pronto, el piloto la sorprendió por los altoparlantes: “En este minuto estamos pasando sobre el Cristo Redentor y vamos a empezar a sobrevolar Chile (…) bienvenida a su patria, señora Hortensia”, relató Moy de Tohá, quien viajaba junto a la viuda de Allende, a los periodistas Luis Vera y Christian Seymour, autores del libro inédito En busca de Hortensia Bussi
De manera espontánea muchos pasajeros continuaron este improvisado homenaje: entonaron el himno nacional de Chile. Ella también cantó. “Todo el avión estaba conmovido, incluidos aquellos que no pensaban como ella. Fue un acontecimiento”, sostuvo Moy.
Y agregó: “La prensa corrió adonde estábamos nosotras. Le hicieron entrevistas a Hortensia que salieron en todas partes del mundo (…) Por fin iba a poder disfrutar de la primavera que le quitaron en 1973”.
En el aeropuerto Pudahuel la esperaba una multitud que enfervorizaba gritaba: ¡Se siente, se siente/ Allende está presente! De sus luminosos ojos verdes brotaron lágrimas que esperaron 15 años ese momento.
La señora Bussi se dirigió a los presentes: “Saludo con emoción al pueblo chileno. A ustedes debo mi retorno”. Recordó a las víctimas de la dictadura. Tuvo palabras especiales para su hija Beatriz y para su esposo, el presidente Allende. Y manifestó que se sumaría a la campaña del “No” a Pinochet. Su presencia fue un símbolo de que el retorno a la democracia estaba a un paso.
Una caravana de unos 300 vehículos la acompañó en su recorrido hasta su casa de Calle Ramón Huidobro, en la comuna de Providencia. Miles la esperaban en las calles para saludarla. Volvía como ella siempre había soñado: por la puerta ancha.
Artículo publicado en la revista Proceso de México. Reproducido en Clarín con autorización de su autor.
