Pensemos que el universo electoral es exactamente el mismo de hace veinte años y que muy pocos ciudadanos, con un padrón envejecido, va a elegir a un presidente de la república, en diciembre de 2009; que para la elección de diputados y senadores se aplicará un espurio sistema binominal y los cargos públicos se rematan como en una feria; es este escenario parece evidente que lo único que puede hacer un ciudadano honesto es renunciar a partidos anquilosados, dominados por directivas que se mantienen debido a su capacidad de repartir pitutos – y que con razón la opinión pública los desprecia o los mira con indiferencia – es esta actitud es la que, correctamente, ha tomado, al fin, Marco Enríquez-Ominami.
Nunca las clases dominantes y conservadoras, sean estas de izquierda o de derecha, han sido capaces de captar el movimiento de rechazo ciudadano, provocado por una deficiente forma de hacer política, que ya se ha prolongado por casi veinte años. Como decía un famoso historiador, “lo que envejece no puede volver a ser joven”, y esto lo que les está pasando a los directivos de los partidos de la Concertación; a pesar de que introduzcan jóvenes en su campaña, siguen utilizando los mismos paradigmas que, antiguamente, pudieron llevarlos al éxito y con agravante que la historia es dinámica y los electores de hoy no son los borregos del pasado.
Marco Enríquez-Ominami plantea la idea de formar un nuevo movimiento, que sea capaz, espero, de cambiar este Chile segregado en todos los planos: excluye a los pobres, no sólo de los derechos ciudadanos, sino también de un a educación de calidad, garantizada por un Estado responsable, del derecho al salud, que sea equivalente entre ricos y pobres. Cada día se hace imprescindible pasar, de una democracia puramente electoral, a una democracia participativa, pero ¿cómo podemos hacerlo si aún estamos regidos por una Constitución autoritaria, que desprecia la soberanía popular?
Encuentro necesario y valiente el actuar de Marco Enríquez-Ominami al renunciar al Partido Socialista que, a pesar de su gloriosa historia, hoy está dominado por directivas autoritarias, cuya único norte es anular el debate y la competencia e imponer, como verdad de fe, su lógica de poder. Cuando a política pierde su sentido ético, solo se transforma en administración de la burocracia, aislándose de la sociedad. Ya casi nadie milita en los partidos, salvo si necesita ocupar un cargo fiscal o postular a él, como pretende la derecha: el único sueño de Piñera es cambiar los funcionarios concertacionistas por los aliancistas.
El ADN de Enríquez-Ominami está signado por un árbol genealógico de antepasados, que han fundado y renunciado a sus respectivos partidos, en todos los casos por discrepancias ideológicas y estratégicas profundas: su bisabuelo materno, Rafael Luís Gumucio Vergara, discrepó con el Partido Conservador, apoyando a la Falange Nacional; posteriormente, renunció a su partido cuando los conservadores apoyaron al dictador ex Carlos Ibáñez del Campo; su gesto, junto con el de los liberales Arturo Alessandri y José Maza, posibilitó el triunfo de la Unión Nacional, cuyo líder era Juan Antonio Ríos. La mayoría de la derecha era fascista, como lo fue, posteriormente, pinochetista: siempre han preferido las dictaduras. En sus Memorias, Rafael Luís Gumucio Vergara cuenta cómo su ex camaradas le quitaron el saludo por haber conseguido el apoyo del cardenal José María Caro para el reconocimiento del triunfo de Pedro Aguirre Cerda.
Su abuelo materno, Rafael Agustín Gumucio, fundador de la Falange Nacional y del Partido Demócrata Cristiano, renunció a este último al considerar que se había derechizado, y no eran capaces de ser parte de la Unidad Popular. Recuerdo Rafael Agustín Gumucio renunció solo, sufriendo mucho por abandonar el Partido de los amigos de toda su vida; posteriormente lo siguieron los jóvenes, encabezados por Rodrigo Ambrosio, fundando el Mapu, en el sindicato de la CTC. Esta no iba a ser la última renuncia y fundación de partidos de su abuelo, pues una discrepancia con el Mapu, respecto al carácter cristiano del partido, lo llevó a fundar la Izquierda Cristiana (1971).
Su padre y su tío, Miguel y Edgardo respectivamente, renunciaron al Partido Socialista, en Concepción, fundando el MIR, después de las fracasadas elecciones de 1964. Como podemos ver, el candidato presidencial, marco Enríqueza-Ominami, posee una larga historia familiar de renuncias, por motivos de conciencia y de línea política, y de creación de nuevos movimientos que han tenido un importante rol en nuestra historia política, en la mayoría de los casos, a mi modo de ver, bastante positivos.
La candidatura de Marco Enríquez-Ominami está demostrando, hasta ahora, una gran capacidad para captar el sentido de justas críticas surgidas de la sociedad civil, respecto a un Chile segregado e injusto, que hace agua por todos los costados. Además, Enríquez-Ominami posee un carisma indiscutible: de todos los candidatos, es el que mejor logra comunicar cortas elementos programáticos profundos; por algo, hasta ahora, sus rivales se niegan a debatir en público con un candidato que los arrasa en capacidad comunicación y que, por lo demás, cuenta con brillantes ideas y un programa completo de transformaciones, que interpreta, no sólo a los jóvenes, sino también a grandes mayorías nacionales que están hartas del mismo duopolio que nos ha dominado hasta hoy. ¿Por qué no realizar la misma hazaña del plebiscito del 88 con el lápiz y la cédula?
Rafael Luís Gumucio Rivas
12/06/09
