Así las cosas, la pregunta que surge desde abajo es cuál sea el escenario que se presenta para los movimientos sociales en el futuro inmediato y de mediano plazo. La respuesta no es sencilla, pues en el Parlamento Europeo se irán diseñando las próximas políticas continentales que presumiblemente tendrán un corte aún más xenófobo por lo que tiene que ver con los asuntos migratorios, más represivo por lo que son las normas de control social, más precarizantes por lo que tiene que ver con el entorno productivo y laboral, más identitarias por lo que son las políticas culturales. De no ser suficiente, la opción expresada en las elecciones revela también la posibilidad de que el Estado-nación, en cuanto organización territorial, recobre en parte la función antaño perdida frente a la organización imperial global. Por como los ámbitos locales se han expresado, la preocupación es que después de algunos años de vacas gordas en los que los movimientos lograban conseguir cierto consenso precisamente a escala territorial, hoy se prefigura la posibilidad de que el conflicto social se desplace justamente a esos territorios, a ese entorno local. El mensaje implícito que la crisis económica global está dejado es claro: los efectos inmediatos, en términos de precariedad, pérdida de puestos de trabajo, ausencia de perspectivas, se miden a escala territorial, en los antiguos nichos de estabilidad económica, mas también en los viejos espacios de convivencia solidaria y cooperante. El optimismo que en la UE algunos expresan al decir que otra salida a la crisis es posible ya no resulta suficiente a la luz de la victoria de los partidos xenófobos que tienen presencia territorial, la que se expresa en números reales de personas organizadas, ya sea en bandas ilegales de golpeadores, en patrullas de vigilancia antimigrante legalizadas, en redes productivas esclavizantes, en círculos de estudio reaccionarios o, simplemente, en administraciones locales represivas.
Quizás sea pronto para decirlo, pero lo que se perfila parece ser un escenario en el que los movimientos tendrán que ir probando, experimentando, proponiendo opciones que recojan el consenso cada vez más difícil de reunir alrededor de la justicia, la solidaridad y la cooperación social. Por otro lado, los movimientos tendrán que construir opciones reales de resistencia prácticas y concretas que sirvan apara apuntalar lo mucho que se tiene y se ha conquistado en los últimos ciclos de lucha, y para ir a la conquista de la independencia y a la libertad que resultan, hoy más que nunca, cada vez más apremiantes.
