Pero la dinámica política es a menudo incontrarrestable y dar un pequeño paso, como la apertura diplomática registrada en la reciente Cumbre de las Américas, puede aprisionar a una potencia como EEUU al decidir hacer ciertos gestos. El punto es que en el remozado mapa latinoamericano predominan las tonalidades de avanzada y ningún gobierno, ni el más desteñido, está dispuesto a que las cosas sigan igual en las relaciones hemisféricas.
Cuba se ha convertido en el test de la blancura de las buenas intenciones. En Puerto España, a fines de abril, la agenda se cubanizó y en los dos últimos días ocurrió exactamente lo mismo en San Pedro Sula, la segunda ciudad de Honduras. Ella es la capital de la violencia de ese país centroamericano y por eso la Secretaría general y de la OEA y el gobierno de Manuel Zelaya consideraron, con creatividad, que era el mejor lugar para hablar de la “nueva paz” y la “no violencia”, los temas que convocaron a la trigésima novena reunión de cancilleres.
Telesur mostró a un José Miguel Insulza renuente el domingo a expandirse sobre Cuba, para referirse más al temario oficial, pero luego debió rendirse y llamó a hablar de la isla “sin miedo”. Con precaución lo hizo la secretaria Clinton, quien -hasta abandonar prontamente la cita para partir a El Cairo- insistió en amarrar la apertura a La Habana a un compromiso por las reformas democráticas y la libertad de los presos políticos.
La resuelta determinación de los países del Alba, liderados por Venezuela, Bolivia y Nicaragua, impidió tal condicionamiento y finalmente se adoptó una resolución por consenso. No se pusieron condiciones para declarar lisa y llanamente que “la exclusión del gobierno de Cuba en el sistema interamericano queda sin efecto en la Organización de Estados Americanos”.
Las resoluciones de la OEA han sufrido históricamente del complejo de adoptarse por consenso y para no desbaratarlo completamente fue que el 31 de enero de 1962 seis países –Chile entre ellos- se abstuvieron, sin oponerse más frontalmente en esos días de Guerra Fría a la mayoría formada por los otros 14.
Ahora era necesario para el prestigio y la supervivencia misma de la OEA que sus actuales 34 miembros actuaran también consensuadamente. La cuestión se debatió en un clima de renovadas críticas a la endémica falta de eficacia de la organización, a la que los países del Alba parecían decididos a reemplazar por un nucleamiento exclusivo de América Latina y el Caribe, tal como lo reiteró el presidente de Ecuador, Rafael Correa, al pisar suelo hondureño.
El secretario general Insulza percibió este peligro y admitió que el historial del organismo no era del todo positivo, pero agregó que los errores del pasado no se superarían con nuevas desuniones.
¿Qué viene ahora? Si Cuba quiere volver, debe pedirlo, pero ya dijo que no tocará la puerta de ese “caserón vetusto”, donde se ampararon muchos “crímenes contra los pueblos latino americanos”, como dijeron Granma y Fidel Castro. Aunque la resolución de ayer sólo alude, en su párrafo resolutivo, a un reingreso “de conformidad con las prácticas, los propósitos y principios de la OEA”, -como aceptaron los países del Alba-, en el primer considerando se enumeran esos principios –como exigió EEUU-: seguridad, democracia, autodeterminación, no intervención, DDHH y desarrollo”.
Washington sostiene que primero deben observarse tales cláusulas y se sabe que La Habana exige que se ponga fin al bloqueo de la isla. Lo que viene ahora depende –tal como lo enseñan Puerto España y San Pedro Sula- no sólo de los pasos de la administración Obama en ese sentido, sino fundamentalmente de la posición firme que mantengan al respecto los demás países del hemisferio, algunos de los cuales dijeron ayer que se había reparado un error histórico, una injusticia hacia Cuba y una vergüenza para América Latina.
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