Uno de los ausentes en la gira, el presidente de Renovación Nacional, creyó oportuno criticar a la diputada de su partido, Lily Pérez, por su presencia en ella, tal vez resentido por su resuelto apoyo a que Chile adhiriese al Tratado que creó la Corte Penal Internacional, también situada en la capital administrativa holandesa.
Pero de la manera que más estuvo presente Carlos Larraín Peña en el viaje de la Presidenta fue criticando su visita a la casa de Ana Frank. No sabemos si el concejal de Las Condes ha estado allí. Pero debieran bastarle las descripciones del famoso Diario de la niña –y sus versiones teatrales, fílmicas e incluso musicales- de ese santuario de martirologio para advertir que puede despertar sensaciones sobrecogedoras.
Haya hecho o no Michelle Bachelet una referencia expresa a su propio paso por una prisión de la dictadura chilena, en definitiva ella –y cualquier visitante- tiene derecho a expresar con toda libertad los sentimientos que le provoque una experiencia en esa “casa de atrás” que, con su puerta escondida por un estante, se levantaba en 1942 a orillas del Prinsengracht, un canal del lado occidental de Amsterdam, y que ocultó entonces a dos familias judías, para convertirse con los años en un museo de la memoria.
El presidente de RN dice que no se puede “asimilar un episodio de la vida personal al desastre cósmico de las persecuciones nazis”. Pero se equivoca, a nuestro juicio, en dos cosas: Una, es inevitable que el individuo, con su historia propia a cuestas, no se sienta insertado en las corrientes de la humanidad ni en los dolores, anhelos y alegrías colectivas que de alguna manera le toquen o afecten, aunque sea en mínimas porciones. Y dos, esas experiencias personales pasan a la categoría de “cósmicas” -como dice Larraín- cuando son muchos quienes las viven. El holocausto judío es perfectamente asimilable a todo genocidio, gulag, persecución, arresto, tortura, ejecución y desaparición forzada de personas, en suma, a todo lo que se conoce como crímenes de lesa humanidad, independientemente de sus magnitudes relativas.
Ahora, que la condición y la suerte de Michelle Bachelet haya sido distinta a la de Ana Frank no invalida el hecho de que ambas fueron perseguidas por razones políticas o raciales, y eso no tiene nada que ver con que la una fuera liberada prontamente para partir al exilio y la otra debiese permanecer oculta dos años con los suyos y otra familia y después peregrinar dolorosamente por varios campos de concentración, hasta encontrar la muerte en el de Bergen-Belsen. En ambos casos, la incertidumbre por poco o mucho tiempo es igualmente un azote al alma. Tampoco relativiza “el abuso” sufrido por la primera el que ésta no fuera ya una niña (¡adolescentes con cuatro años de diferencia!) y hubiese abrazado una idea política.
El último argumento es peligroso, porque sugiere que los militantes de una causa merecían ser perseguidos, aunque no cargasen con hechos violentos, sino por su siembra ideológica, su proselitismo partidista y por sus potenciales acciones.
Pero, al final, resulta excesivo comparar a esa joven estudiante de Medicina que se radicó en Alemania con la niña de 14 años cuya familia de patriotas alemanes había participado en la Primera Gran Guerra. Aunque la Presidenta le haya contado al director del museo –a requerimiento de éste o no – su experiencia personal, lo que estampó en el libro oficial de visitas no fue una analogía con su caso, sino una reflexión general: que la historia de horror y discriminación sufrida por Ana Frank no debe olvidarse jamás, para alentar la lucha por la libertad, el respeto por la diversidad y la defensa de los derechos humanos.
Eso es todo por parte de la Mandataria. Por parte de su contradictor se confirma una sospecha: en el mundo al que pertenece la condena a la conculcación de estos valores siempre tiene una piedra de toque en el régimen militar, porque eran “ellos o nosotros” y los que cayeron y sufrieron –llega a decir brutalmente el vulgo pinochetista- “algo habrán hecho o iban a hacer”. De lo que se deduce que no eran culpables por su nacimiento, como la niña Frank, pero sí por su pensamiento.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM)
