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Agosto 18, 2026

Ana Frank versus Carlos Pinto

“Nos arrepentimos de manera sincera, profunda e irrevocable de haber alentado en su momento el quiebre de la democracia que condujo a la dictadura militar, y luego, de haber formado parte de un gobierno de facto durante diecisiete años, y de haber permitido con nuestras acciones u omisiones la represión política de los organismos de seguridad del régimen, avalando las consecuentes violaciones a los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad en que éstas se tradujeron, y de fomentar las divisiones entre los chilenos, y más tarde, de horadar la fe pública en toda institucionalidad democrática futura que no se adaptara a nuestros intereses.

“Con la misma fuerza y convicción, nos comprometemos desde hoy en adelante a derogar la ley de amnistía y no detenernos hasta que todos los violadores de derechos humanos sean juzgados, y a no admitir en nuestro futuro gobierno a ninguna persona que haya participado en el gobierno militar, aportando sus ideas o legitimando su accionar; también reformaremos la Constitución y el sistema binominal, y con el propósito de desarticular todo enclave autoritario posible, promoveremos la elección de autoridades regionales, como intendentes, gobernadores y consejeros; y juramos por Dios y la Virgen María, no involucrarnos nunca más en ninguna aventura que atente contra la democracia y las personas, en suma, contra el estado de derecho”.

Pensar que este pequeño y simple párrafo –por insuficiente que parezca para muchos– redactado desde el corazón de la derecha chilena e insertado en una declaración pública un domingo de estos, en algún importante medio de circulación nacional, ponte tú, bien podría reportarle miles de votos al candidato presidencial de la Alianza, Sebastián Piñera, asegurando su triunfo por goleada en primera vuelta, sobre todo si se tiene en cuenta que la ciudadanía ya ha asimilado la idea del cambio propuesto por ese sector, esto es, pasar del mero crecimiento económico al verdadero desarrollo, y que hoy ésta se muestra proclive –como nunca antes– a la alternancia del poder. Sin embargo, tal arrepentimiento, también podría significarle a Piñera perder sus ahorros y ganancias a través de toda esa franja dura de votantes ideológicos aglutinados en la familia militar, o como asegura el historiador Gabriel Salazar, en “la clase política militar”. Al cabo, el costo-beneficio de este riesgo tendría que ser evaluado por el propio interesado, y por su círculo de poder.

Primero Villa Grimaldi, después La Moneda

Como una demostración explícita de su adhesión incondicional al hipotético cambio de actitud de la derecha, Piñera tendría que dar un golpe de timón definitivo: pedirle la renuncia inmediata al presidente de su partido, Carlos Larraín Peña, quien con su ya famosa carta sobre la visita de la Presidenta Bachelet a la casa de Ana Frank, no sólo reactivó con vehemencia la desconfianza del electorado hacia la derecha colaboradora de la dictadura, sino que le hizo un daño inconmensurable a su candidatura, el que tal vez sea reflejado por la encuesta CEP de junio. Sebastián, no basta con quitarle el saludo al concejal, ni mandarle recados por la prensa.

Larraín no puso un pelo en la sopa de Piñera, lo lanzó de bruces a la letrina, retrotrayendo la controversia ideológica hacia fines de los ochenta, cuando los chilenos nos dividíamos en “pinochetistas” o “comunistas”, en “fascistas” o “rojos”, sin matices, porque, entre otras consideraciones, la palabra “perdón” todavía no salía al baile, debido a que la palabra “justicia” aún era una quimera para los ofendidos y una amenaza real para los ofensores. Los chilenos de entonces apenas nos divisábamos entre la bruma, vivíamos en un país tanto o más polarizado que en los setenta. La dictadura no había logrado aplacar ni la rabia de unos, ni tampoco había consolidado la tranquilidad de otros, porque el país no se prestaba para que ello ocurriera.

Lo que hace el presidente de Renovación Nacional al poner en entredicho la relación causa-efecto de Michelle Bachelet –como ícono de quien tras sufrir los rigores de la represión política se levanta para recuperar la democracia en la cual él participa– es quebrar el vidrio más preciado de la democracia, ni más ni menos, que el del templo sagrado de los derechos humanos, hipotecando de esta forma, la confianza por la que una parte de la derecha ha venido trabajando en estos últimos años, reconociendo que su cercanía con el autoritarismo acabó perjudicando su imagen frente a un importante porcentaje de la población. Pero también Larraín le hace un pase dentro del área chica a Piñera para que la emboque en el arco de la verdad. Si éste no le pide la renuncia a su timonel, habrá tirado la pelota sobre el travesaño. Y se habrá farreado la posibilidad de diferenciarse de la tinción fascista.

Muchos años después de acabada la segunda guerra mundial, aún los jóvenes alemanes se resistían a vestir el uniforme de un ejército estigmatizado por su pasado nazi; sucesivos gobiernos alemanes han debido redoblar esfuerzos para conseguir soldados dispuestos a lucir con orgullo la nueva divisa militar. En Chile también hemos vivido un proceso similar con nuestras fuerzas armadas; lo que uno quisiera es ver a nuestros valientes soldados y carabineros y detectives en el rol que la Constitución y las leyes les asignan, no amenazando la democracia ni llenado las graderías de los estadios con prisioneros, ni asesinando a miles de Víctor Jara. Por su parte, la derecha tiene que ser capaz de superar su propio estigma, desmarcándose del autoritarismo al que le rindió pleitesía en el pasado, y por qué no, desafilándose de la “clase política militar”. 

Cuando nos enteramos de los horrorosos momentos finales de Ana Frank y su familia tras ser delatados y sacados de su altillo en Ámsterdam, para ser conducidos a la muerte en los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau y Bergen-Belsen, nuestro corazón se contrae y palpita a mil por hora. Eso primero se llama angustia, pánico, horror, desesperación; luego, pena, compasión, dolor profundo; y luego, ira, odio y desprecio por sus captores, vergüenza ajena; y con los años, mucho resentimiento. La paz espiritual sólo es posible después de que la justicia ha hecho su trabajo. El perdón es posible, el olvido, jamás.

Tal vez en un escenario surrealista que permita a unos dejar de lado la soberbia y a otros perdonar, el realizador Carlos Pinto cuente en esta reflexión como epítome de la culpa confesa, y quizás el día menos pensado, Pinto nos muestre entre sus brumas televisivas el MEA CULPA que salde las diferencias ancestrales de los chilenos. Y que tras él, al fin, la derecha pueda aspirar al poder con la frente en alto, después de haber hecho la travesía del arrepentimiento entre Villa Grimaldi y La Moneda.