Esta misma pregunta, donde estaba y donde está la política a nivel global, la podemos replicar también acá. Porque también acá hemos vivido a la siga de ese modelo de crecimiento –apoyado en mercados supuestamente libres y en la apertura indiscriminada hacia el exterior-, acompañado de un Estado mínimo, como expresión sin par y sin alternativas del verdadero desarrollo y progreso. Y de ejemplos hay muchos, estimado lector. Ahí esta la colusión farmacéutica para subir precios a costa de la salud nuestra de cada día. Ahí están las colusiones para que se pueda privatizar –si, lo hemos escuchado -, al menos una franja del territorio marino, o insistir con Codelco. Por supuesto, ahí está la dificultad para hacer andar de manera conveniente un transporte público metido en el zoquete de las concesiones y las rentabilidades empresariales privadas. Pero no solo eso.
Está también la pregunta dando vuelta si uno mira el diseño o mejor dicho la ausencia de él, referido a ciudades, carreteras, parques y jardines, relacionados con el entorno en que nos movemos. De nuevo aquí impera la ley del más fuerte, de las grandes inmobiliarias, o de las limitantes que impone una legislación a la medida de intereses privados de corto plazo. Y ahí tiene usted el resultado: ciudades segmentadas –comenzando por Santiago-; comunas donde es un deporte construir en altura sin contar con la venia de los vecinos; falta de plazas y jardines; autopistas que irrumpen en medio de la ciudad, complicándola y afeándola. Si usted mira los medios de comunicación y se pregunta por su pluralidad, ¿qué ha sucedido? . ¿O acaso nadie se da cuenta del duopolio existente en la prensa escrita? ¿Que alguna vez tuvimos un diario como La Epoca, Diario Siete, revista Análisis, o revistas culturales colgando desde los kioscos? Fenómeno que se repite en el manejo de la televisión y las radios, con poderosos consorcios detrás. También hemos sido testigos de lo que ha sucedido con buena parte de la educación, antes considerada un bien público de primera necesidad, y hoy un posible negocio interesante entre otros. . Suma y sigue. Sin embargo se ha dicho: la mejor política es aquella que pasa desapercibida, es decir, aquella que no existe. Si miramos nuestro recursos mineros , madereros, energéticos, o aquellos relacionados con el agua, de nuevo se repite la historia: facilidades para su venta, privatización o concesión, sea en manos nacionales o extranjeras . Sin embargo, tenemos muchas dificultades para cobrar los royalties que corresponderían, por su usufructo. Para no hablar de la contaminación del medio ambiente.
¿Dónde estaba la política en todo esto? No hablo de la pequeña política del do ut des. Hablo de política democrática. De aquella que tiene que ver con la dirección en común de los asuntos comunes, y que incluye por cierto un determinado accionar del Estado, entendido como traductor y expresión de los intereses generales de la sociedad. . ¿Acaso esta crisis no nos está mostrando justamente la abdicación de la política y la democracia que tenemos frente a la nueva alianza entre economía capitalista y revolución tecnológica ? O, si usted quiere, frente a poderes fácticos y megapoderes. ¿Acaso la privatización contínua – no solo de la vida social-, sino de buena parte de las empresas públicas y del diseño y gestión de los asuntos comunes no manifiesta justamente una retirada de la política como construcción común y democrática de esos asuntos y de esos bienes públicos ? . ¿No tendrá que ver con esto también cierto malestar que recorre distintas expresiones de nuestra sociedad: desde trabajadores, pasando por profesores, jóvenes , minorías étnicas o de otro tipo, con la marcha de la democracia realmente existente? ¿No será esta abdicación lo que esta detrás – y sus consecuencias con sus enormes bolsones de desigualdad- , de la pretendida necesidad de juvenilización del protagonismo político , como si el solo hecho de ser joven diera credenciales de mejor comprensión, audacia y capacidad en la transformación de la realidad? . Por cierto, las causales de esta situación no se pueden adscribir solamente a la falta de voluntad política de las elites. Es decir, a conductas individuales o grupales. Las hay , qué duda cabe. Asociadas a intereses creados o a una acomodación en los laureles del poder. Pero el asunto es más complicado. Y tiene que ver – al parecer- con que la recuperación de las libertades el año noventa no vino de la mano con una rehabilitación de la Constitución del 25 , ni tampoco con el emplazamiento ciudadano, plural y deliberativamente estatuido de una nueva constitución. Una que reflejase las visiones, necesidades y deseos de las mayorías en función de la democratización que se abría como tarea. Al contrario. Lo que hemos tenido es un esfuerzo democratizador encorsetado desde el inicio en un enmarque constitucional puesto por la constitución del 80 (con sus respectivos “parches”). Uno en el cual se refleja el así llamado Consenso de Washington, y la consagración de una reabsolutización del mercado, la propiedad privada y la empresa capitalista como ejes únicos y privilegiados para generar progreso-país. Por su intermedio se termina blindando constitucionalmente los esquemas neo-liberales heredados, con la consiguiente abdicación de una política democrática. No tendríamos que fijarnos en esto también a la hora de examinar las muy o poco estimulantes propuestas y/o liderazgos presidenciales – y parlamentarios-, para las próximas elecciones en el país, y no solo en la edad, el poder económico o la fotogenia de los candidatos?
Columna de opinión-mayo-junio 09PSAlvatb/Director magíster Etica social y Desarrollo humano/Depto Ciencia Politica y RRII,U.A.Hurtado
