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Agosto 18, 2026

La muerte es una grandísima mierda

Al fin y al cabo este ingenuo cronista terminará siendo parte de la tierra, y sus artículos serán completamente olvidados; nunca he pretendido más que escribirlos y publicarlos, casi día a día. Se trata de los mejores amigos de tres generaciones: los Sanhueza-Donoso, los Gumucio-Rivas, los Araya Gómez, y todas las sucesiones que se han producido a través del tiempo – los Young- Debef, los Castro-Garzón, y otros- esa es mi familia, esa es mi tribu y, en todos los planos, me siento orgulloso de ellos.

Ninguno ha robado un peso del dinero fiscal, todos pueden andar con la frente en alto y la mirada transparente, lo que es mucho decir en el Chile asqueroso de hoy. Ninguno participó en ChileDeportes, ninguno es gerente de Bancos – aun cuando sean del Estado- ninguno se ha convertido en nuevo rico, y no falta los que puedan ser declarados pobres de solemnidad.
 

            Vamos a los Sanhueza-Donoso: Hernán, el padre de mi mejor amigo Paulo, médico ginecólogo y pediatra, atendía gratuitamente, como buen comunista de esos tiempos, a las mujeres pobres para parir y cuidar a sus hijos, es decir, un estúpido idealista, para hoy, que lo único que importa es trabajar en la Clínica Las Condes y otras por el estilo, propiedad de Sebastián Piñera, centros creados para cuidar muy bien a los hijos de los ricos. Los rotos que se vayan a la mierda y que, ojalá, mueran luego. Don Hernán sería un personaje perfecto de santo laico, en la novela de Albert Camus, La Peste, personajes que ya no existen en el Chile repugnante de hoy.

 
            Carlos y Gabriel Sanhueza-Donoso son los mejores redactores de la revista Topaze, publicación satírica que actualmente no sería posible, pues serían dilapidados por sucesivas querellas de injurias y calumnias, con la casi seguridad de que los jueces votarían a favor de querellarte. Carlos y Gabriel se reían a gusto de los políticos de la época, seres patológicos cuyos dichos y hechos eran tan fáciles de ironizar a tal grado que don Arturo Alessandri secuestró una edición completa del Topaze, violando la ley tal cual a una ramera.
 
            De mi padre no voy a seguir escribiendo porque a través de mis artículos me he explayado sobre la vida y obra de este hombre; sólo me limito a comentar que hay que tener los cojones en su lugar para renunciar a la Democracia Cristiana cuando estaba triunfando y, con la fundación del Mapu, posibilitar la victoria de Salvador Allende, imposible sin esta condición.
 
            Hoy nos hemos juntado, en mi casa, para celebrar el cumpleaños de mi esposa, Clara Castro Garzón, y evocamos al menos tres generaciones:   Pablo Sanhueza y su señora, Ana Cristina Jardel, y sus dos hijas, Ana María y Daniela; Isabel Araya Alemparte y nuestro hijo, Rafael, así como los hijos del segundo matrimonio de Isabel y Marcel Young, Mariana y Salvador, y en Bélgica nuestros hijos Francisca Sánchez  e Ignacio Gumucio, geniales artistas plásticos,  y los nietos Diego y Beatrice.
 
            Es completamente torpe relacionar una generación con la otra. Los sueños de la UP murieron y bien muertos están, pero quién puede negar que los vivimos a concho, que alguna vez en nuestra vida creímos tocar el cielo con las manos y que en este podrido mundo actual el reinado miserable del dinero, reinaría la  igualdad, esquivo amante que siempre se nos escapa. El sueño de la igualdad se lo debemos a Salvador  Allende y, por eso, es un héroe inmortal de la historia de Chile, por mucho que lo pisoteen y mancillen algunos de los socialistas actuales.
 
            Es cierto que nuestros hijos y nietos pensarán y vivirán distinto a sus progenitores y nuestro deber consiste en respetarlos al máximo. Jamás nos transformaremos en unos viejos de mierda, que pretendamos traspasar a nuestros hijos  nietos esa bella aventura, sólo comparable con La Comuna de París. Los dejaremos vivir sus propios desafíos y aciertos que, seguramente, serán mejores que los nuestros pero, al menos, concédanme que las tres generaciones están hartas de la plutocracia, de la cleptocracia y de la repugnante transaca entre victimarios y víctimas.
 
            A lo mejor, muy luego este humilde cronista se convertirá en mierda, en tierra de la misma tierra, pero a Daniela, a Ana María, Isabel y Marcel, Clarita, mi esposa, Rafael y Kristina, Mariana y Claudio y Salvador y  mis hijos Francisca e Ignacio, ahora en Bélgica,-notables artistas plásticos y, sobre todo, Diego, de casi dos años, y a mi adorada nieta Beatrice,  este enjambre de sueños que, como las abejas, lentamente comienzan a construir la utopía de la igualdad, la única que da sentido a la estúpida vida humana. ¡Vaya para estos nietos el suspiro, ya envejecido, de un desubicado soñador!
 
Rafael Luís Gumucio Rivas
16/05/09