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Agosto 18, 2026

En el nombre del padre

A mediados de los setenta la violencia política estaba desatada en Irlanda del Norte. La lucha del Ejército Republicano Irlandés (IRA) contra el imperio británico invasor no obedecía a tregua alguna. Gerard Conlon, conocido como Gerry por sus amigos, era un típico joven norirlandés que por esa época se hallaba atrapado en medio de la violencia imperante.

Su suerte empeoraría al verse involucrado por la policía británica en un atentado cometido por el IRA en un pub de Guilford, cerca del centro de Londres, donde murieron varias personas. Gerry fue condenado a cadena perpetua junto a otros tres amigos, a los que se sumó otro grupo de siete inocentes, entre los cuales estaba su padre, Giuseppe Conlon, quien luego fallecería en prisión. Desde entonces el joven Conlon, mucho más que luchar por su libertad, se propuso limpiar el nombre de su padre. Gerry pasó 15 años en prisión, hasta que una abogada logró demostrar su completa inocencia.

Esta historia narrada por el propio Gerry Conlon en Proved Innocent y llevada al cine (En el nombre del padre, Daniel Day-Lewis, Emma Thompson, Irlanda, 1993), nos trae de vuelta la importancia de ser hijo, de sentir orgullo de serlo, más que la de ser padre. Gerry Conlon despierta en nosotros el amor por el padre, la admiración por él, y el deseo de que sus huesos descansen en paz, reconciliados con cualquier conflicto que hayan vivido, sanados de cualquier dolencia espiritual.

Por estos días hemos escuchado al senador socialista Carlos Ominami referirse al diputado y pre candidato presidencial, Marco Enríquez-Ominami, como “mi hijo”, mientras que el aludido se refiere al ex ministro como “mi padre”. Gerry no posee ni la preparación de Marco ni pertenece a una familia ilustrada como la Enríquez-Espinoza, de la cual proviene su padre Miguel, por el contrario, su padre Giuseppe es un hombre sencillo, un empleado de correos, sin embargo, su hijo se afana en limpiar su nombre consciente que su muerte lo sorprende cumpliendo una condena injusta, aberrante, y lo hace desde sus limitaciones intelectuales y materiales, desde la cárcel, desde todas las cárceles que recorrió en 15 años por Inglaterra y Escocia, desde su lucha contra un imperio.

Marco no tiene esa necesidad, el nombre de su padre está limpio. Después de ser abatido un 5 de octubre de 1974 en calle Santa Fe, el fundador del MIR entró por la puerta ancha de la historia revolucionaria mundial; su hijo –a diferencia de Gerry Conlon– sólo se beneficia de su ilustre apellido, tal como hacen los descendientes de Violeta Parra, los Cereceda (Ángel, padre e hijo, Isabel, Javiera), los que se hacen llamar Parra conscientes del peso artístico de la madre y abuela. Menos mal que Neruda no tuvo más hijos que la desafortunada Malva Marina.

Somos muchos los que sabemos quién fue el padre de Marco, Miguel Enríquez Espinoza. Miguel, como lo llaman sus ex compañeros y amigos del MIR, es el “Che” Guevara chileno, es el médico –igual que su ídolo revolucionario– que lucha hasta la muerte por la justicia social, sin claudicar. Miguel nutre, sin buscarlo, su propia leyenda. Ya quisiera cualquiera de nosotros ser hijo de unos héroes como aquéllos.

Marco también debe valorar el peso de su herencia y de saberse incluido en todas las biografías de su mítico padre que circulan por las bibliotecas del planeta. Sin embargo, algo que desconocemos por ahora, hace que se desmarque de su impronta, y que ésta acabe incomodándolo al punto de tener que elaborar una respuesta tipo para la pregunta de rigor sobre su padre y su cercanía y sensibilidades con su propia historia. ¿O será que escindiéndose de su origen revolucionario pretende desmarcarse del sello indeleble de la izquierda a la que pertenece por naturaleza? Eso de Enríquez guión Ominami, o bien es un binomio útil que conecta el pasado y el presente, o bien es un homenaje conjunto a dos formas de paternidad, o bien es una cuestión de status –como Ruiz-Tagle o Martínez-Condell o Pérez-Bannen–, o bien es querer agarrarlas todas a la vez, o bien asentarse en el presente sin sacar la pata izquierda de los libros de historia. Sólo Marco lo sabe.

Tal vez lo esperable no es que Marco responda como hijastro de un senador que le sumó un guión y un apellido a su identidad, sino que lo haga en nombre del padre, de su padre Miguel, cuyos huesos eternos merecen un poco de respeto del hijo. Gerry lo hizo en nombre de su padre Giuseppe, sin ninguna licenciatura ni cargo alguno.