Lo sintetiza así Sergio Onofre Jarpa, en entrevista con la historiadora Patricia Arancibia Clavel:
“Denunciamos la política de no hacer nada adoptada por el gobierno DC, porque nunca ha habido en Chile una declaración más cínica y más peligrosa que la del PS en 1967, donde de una plumada se apartó de la vida electoral, asumió las mismas posiciones, objetivos y principios de la revolución cubana y terminó proclamando la lucha armada para la toma del poder. Y eso lo acuerdan por unanimidad y está todo en un libro cuya introducción está firmada por el senador Ricardo Núñez.
“Y no me vengan con que era un grupo que se equivocó. Todo el partido apoyó eso. De manera que no era un acuerdo de unos pocos líderes revolucionarios; era la posición de un partido que era el más fuerte de todos los grupos políticos chilenos después de la candidatura de Allende el año 64. El gobierno DC no hizo nada, no acudió a la Ley de Seguridad del Estado, le dejaron el camino despejado para que siguiera adelante con el proyecto de la lucha armada.”
Lo que Jarpa no dice es como en la declaración de principios fundacional del Partido Nacional que el llegó a presidir su propuesta política es claramente la de una dictadura militar.
Pero, vamos al Partido Socialista. En el XXII Congreso Ordinario del PS de Chile celebrado los días 24, 25 y 26 de noviembre de 1967 en la ciudad de Chillán adoptó entre sus resoluciones la siguiente:
“La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del estado burgués puede consolidarse la revolución socialista”.
A partir de esta declaración la derecha ha pretendido montar la teoría de los dos demonios. Es decir un bando que se apresta atacar a otro y el cual simplemente se anticipa en el golpe artero. La violencia y el crimen estarían en los planes de ambos contendientes.
En estos acuerdos congresales estaría plasmada la confesión de atacar las instituciones armadas del Estado, de imponer una dictadura totalitaria, etc.
Veamos el verdadero alcance y contenido de lo que aquí se dice y porqué se dice.
Primero, porqué se dice. Si bien hay una situación de represión en Chile. El país no se encuentra al borde de una guerra civil o algo parecido. ¿Por qué entonces esta declaración tan tajante sobre un tema que no está en la orden del día?
La causa es muy simple. El comandante Che Guevara ha caído hace sólo algunas semanas antes de este congreso en la guerrilla boliviana, el hecho llenó de luto a la izquierda latinoamericana. El propio Allende le ha rendido un tributo fúnebre a nombre propio y del PS ante el Senado chileno.
Con todo, el Che era severamente criticado por el movimiento comunista internacional de orientación pro-soviética. Guevara escribe en su diario de campaña en Bolivia, el 8 de septiembre de 1967:
“Un diario de Budapest critica al Che Guevara, figura patética y, al parecer irresponsable y saluda la actitud marxista del partido chileno que toma actitudes prácticas frente a la práctica. Cómo me gustaría llegar al poder, nada más que para desenmascarar cobardes y lacayos de toda ralea y refregarles en el hocico todas sus cochinadas” (Pág. 610, Diario en Bolivia, Casa de las Américas, Tomo I. 1970)
A la sazón Budapest es la capital de un estado que dice ser socialista. Cuando el Che se refiere al partido chileno lo hace en relación al Partido Comunista de Chile.
Alexei Kosigin, alto dirigente del Partido Comunista de la Unión Soviética, viajó en esos días a La Habana para impedir, bajo amenaza económica, que los cubanos se involucraran en la campaña boliviana del ELN, lo cual podía crear un foco de grandes tensiones dado que los americanos ya tenían efectivos militares en Bolivia. Esto, aunque lo cuente Jorge Castañeda, tiene visos de credibilidad.
Frente a la insistencia de los partidos comunistas de frentes amplios con componentes de burguesías supuestamente nacionales que llevaran adelante revoluciones democrático burgueses, se alzaba la teoría y la práctica del Che. Su muerte pareció dar por refutada la teoría del foco. Los comunistas en América Latina sostenían que la experiencia cubana es irrepetible, no habrá otra Cuba.
¿Qué hace entonces el PS en medio de la polémica y muerto el Che?. Pues en su congreso le rinde un homenaje fúnebre con esta declaración de su XXII congreso.
¿Es una declaración delirante?. No, no lo es, cualquier sociólogo o cientista político puede afirmar que toda estructura social se funda en la violencia, racional o irracional, legal o ilegal, desatada o latente. No se necesita ser revolucionario para formular esta tesis, basta una simple observación científica. Es por lo demás una tesis que se verá confirmada en Chile. El propio imperio norteamericano lo tiene muy claro y desde hace años prepara oficiales de todos los ejércitos latinoamericanos, incluso el chileno, para practicar el terrorismo de Estado.
La declaración del PS fué una ofrenda teórica al Che.
¿Es una tesis que tenga efecto práctico en la política del PS?.
No, en lo absoluto. Se sigue participando en el Parlamento, en elecciones regulares, nadie pasa a la clandestinidad, no se apertrechan de armas los regionales ni las seccionales. No se dispara un tiro.
Es más, se elige Secretario General del PS a Aniceto Rodríguez, quien representa la tendencia más conciliadora del socialismo.
Algunas escuelas dan instrucciones elementales sobre combates callejeros en los marcos de una lucha de masas que lo exige, pero de un asalto armado al poder nada. Estan también las experiencias de escuelas guerrilleras de Chaihuín y Guayacán. Lo que hacían estas escuelas era una niñería con lo que se enseñaba en gran escala y con gigantescos presupuestos en la Escuela de las Américas de Panamá.
Si el PS tenía clara la perspectiva histórica de la lucha de clases, ¿por qué las cosas son tan fáciles para la derecha el 11 de septiembre?. El PS no era ingenuo ni falto de coraje.
Tenía una concepción de lo militar. Esta consistía en que si bien la lucha de clases llevaba inevitablemente y en algún momento al enfrentamiento armado, esta tensión social afectaría también a las Fuerzas Armadas del Estado burgués.
La piedra angular de la política de defensa de la Unidad Popular era que todo o parte de las Fuerzas Armadas defenderían el gobierno popular. Era en lo esencial el mismo concepto que manejaba institucionalmente el PS.
Cuando en la madrugada del 11 de septiembre llegan las primeras informaciones del Golpe en desarrollo, los dirigentes de la UP y del gobierno llaman a los generales. Así de ingenua era esa política.
Conversando el año 2000 en La Habana con Adonis Sepúlveda, senador y subsecretario general del PS al 73, quedé estupefacto cuando me explicó esta concepción que inspiraba la política de defensa del gobierno popular. En los militares quedaba depositada la defensa de la revolución chilena. Pinochet manejaba el plan de defensa del centro de Santiago en caso de una asonada golpista. Era el gato cuidando la carnicería. No podía creer tanta ingenuidad.
La diferencia entre el suscrito y Adonis no eran subjetividades sino la diferente experiencia histórica vivida. Una lucha dada al interior del estado de compromiso y otra bajo una dictadura.
Esta confianza en los militares, tan manifiestamente errónea como quedó demostrado tiene un claro origen histórico.
El PS tuvo en su fundación un importante componente militar, su principal líder aquellos años fue el coronel de Ejército y comodoro del aire Marmaduke Grove Vallejos.
Muchos de los que dieron vida al PS el 19 de abril de 1933 participaron en la experiencia conocida como la República Socialista que va desde el 4 al 16 de junio de 1932. Cuando el golpe contra los revolucionarios se hizo evidente, Eugenio Matte Hurtado propuso la creación de milicias populares. Grove, quien era coronel de Ejército, se opuso señalando que conocía al Ejército y que éste no podría oponerse a un gobierno de tan honestos y nobles propósitos.
Esta percepción ingenua se fue transmitiendo a través del tiempo. Este auto-engaño se sazonaba con cierta autocomplacencia chovinista en que las Fuerzas Armadas chilenas eran distintas a los gorilas tradicionales de Argentina, Bolivia y Brasil.
El PS nunca miro con recelo a los militares, así su secretario Raúl Ampuero cultivó buenas relaciones con los militares como presidente de la Comisión de defensa del senado.
De tanto repetir este piropo a las Fuerzas Armadas, con el cual se pretendía ganar su simpatía se terminó creyendo en él. Se olvidó que si el marxismo tiene fuerza es porque sus ideas y conceptos son verdaderos. El Ejército es el brazo armado de las clases dominantes.
En el congreso de La Serena celebrado entre los días 28 y 31 de enero de 1971, el PS acordó entre sus resoluciones:
“Dentro de estas perspectivas necesitamos un Partido Socialista vigorizado por la aplicación estricta del centralismo democrático; que se desarrolle en primer lugar entre la clase obrera; que reconozca la legitimidad y necesidad de la lucha ideológica, que eduque a su militancia en ella y que rechace enfáticamente toda tendencia burocrática o caudillista.
Sólo cumpliendo estas premisas el Partido Socialista podrá prepararse a sí mismo y a las masas para el decisivo enfrentamiento con la burguesía y el imperialismo”. (Historia del Partido Socialista de Chile, pág 353, Julio César Jobet. Editorial Documentas Santiago, Chile, 1987).
El PS observa correctamente los procesos en curso y señala que el enfrentamiento es inevitable.
¿Prepara entonces un ejército paralelo para enfrentar el Ejército burgués?. No, rotundamente no, alguna gente con instrucción militar elemental, pero nada que se parezca a una fuerza militar para una insurrección en gran escala.
El PS es presa de su propia concepción; la lucha de clases llegará a los cuarteles.
Es más, tiene una visión vertical de tal proceso. Lo importante son los generales, la institucionalidad. Hay una visión conservadora de la lucha de clases en el seno de las Fuerzas Armadas, se piensa en los generales y no en las tropas.
Cuando el año ’73 y a semanas del Golpe suboficiales y marinos se dirigen a los partidos populares para denunciar la conspiración ya en curso en la Armada, los dirigentes de los grandes partidos populares los reciben después de mucha insistencia. Los reciben con frialdad, no se adopta medida alguna, no se organizan los demócratas y revolucionarios con uniforme. Simplemente se les escucha.
Carlos Altamirano se referirá a estos marinos y a la conspiración fascista en curso en su discurso del Estadio Chile el 9 de septiembre de 1973. Les da un respaldo ético luego de que habían sido arrestados y torturados por los oficiales en pleno complot. De esto la derecha arma un escándalo, acusa a Altamirano de lo que un revolucionario debía hacer en el seno de un cuerpo armado que rechaza los planes golpistas de sus oficiales. Pero Altamirano, la verdad sea dicha, nada ha hecho.
No hay constancia de ningún trabajo serio en el seno de las Fuerzas Armadas. Un trabajo en las tropas, de ponerlas en disposición de detener la mano armada golpista de sus oficiales. No simples actos individuales destinados a ganarse las simpatías de algunos oficiales.
El gobierno popular buscó las simpatías institucionales de las Fuerzas Armadas sobre la base de no intervenir en los nombramientos de oficiales, aumentar significativamente las remuneraciones y dotarles de armamento moderno. Error tras error.
Ningún análisis de las Fuerzas Armadas debe dejar de considerar el carácter de clase de su oficialidad. Cuando el general Prats y otros oficiales van a la URSS era claro que no podían dejar de apreciar que, con todas sus deformaciones, se trataba de un país donde se llegaba a ser oficial por méritos y no por condición de clase como en el nuestro. Esas concepciones eran una amenaza para la familia-casta militar chilena.
Mostrarles el Ejército Rojo a los oficiales del Ejército chileno era como mostrarle una granja colectiva cubana a un terrateniente.
El Ejército en sí mismo es la representación más extrema y nítida de una sociedad clasista; escuelas para oficiales y suboficiales.
El balance de estas concepciones estratégicas lo hace Carlos Altamirano 30 años después cuando en entrevista a la historiadora Patricia Arancibia Clavel señala:
“Primó en el gobierno la idea de que teníamos unas FF.AA. únicas en América Latina, que se habían caracterizado por su obediencia al poder civil.
“La causa fundamental de la derrota fue esta idea de que era posible realizar una revolución desarmada. Todas las revoluciones en toda la historia humana han sido revoluciones armadas. La novedad de lo que proponía Allende y que en cierta medida propuso Eduardo Frei, era una revolución en libertad.
“Dominaba esta idea de que se podía cambiar una sociedad manteniendo el sistema constitucional, y eso se demostró que era imposible más allá de las posiciones extremas que tuvimos y tuve.
“En definitiva lo esencial en Chile que tanto EE.UU., la CIA y la derecha chilena nos declararon una guerra mortal. Lo que nos hizo a nosotros tomar posiciones más extremas y nos fuimos potenciando unos con otros. Pero el problema de fondo era que pretender realizar un cambio radical de una sociedad, respetando las libertades, la constitución y las leyes, era inviable”.
Con todo, los errores estratégicos pudieron salvarse en los últimos momentos.
Aún a semanas del Golpe una dirección revolucionaria audaz, dispuesta realmente a vencer o morir pudo cambiar el curso de los acontecimientos. El estado de ánimo de las masas era excelente. Sólo el repliegue político evidente adoptado por el gobierno luego del intento de Golpe del 29 de junio deterioró ese espíritu.
La izquierda confiaba en su indudable respeto a la ley y en la nobleza ética de sus propósitos para conseguir que todo o una parte del enfrentamiento inevitable fuera asumido por los propios militares.
¿Son las concepciones militares del PS divergentes o contradictorias con las del Presidente Allende? Creo que no, pero a ello nos referiremos en un capítulo especial.
Después del 29 de junio el enfrentamiento se hace inevitable y se anuncia casi inmediato hasta para el observador menos aventajado. Pero no se adoptan medidas, las tareas históricas superan con largueza nuestra subjetividad direccional.
A este respecto el actual miembro del Comité Central del Partido Socialista, Luis Casado y miembro del C.C. de la JS de aquellos años, recuerda:
“Yo regresé de Berlín Oriental la última semana de agosto del ’73. Me reuní con Danilo Aravena, miembro de la Comisión Política de la JS, mi mayor preocupación era cómo y con qué íbamos a defender al gobierno frente a un Golpe en preparación que se veía inminente. Danilo me dijo que la juventud no tenía armas, que sólo contábamos con el GAP para defender al gobierno y con algo que tenía, muy poco, el partido”.
Gladys Marín ha relatado también que de vuelta de una gira al exterior hace similar pregunta a su dirección y recibe una respuesta por el estilo de la que escuchó Casado, pero no exactamente igual. Cuando Gladys pregunta con qué se cuenta, le responden: “Nada”.
Alfonso Guerra es actualmente miembro del Comité Central del Partido Socialista, era a la fecha del golpe Secretario Político (máxima autoridad) del Regional Cordillera, el más grande del país que contaba con 12 mil militantes regulares, tenía 28 años, haciendo recuerdos nos señala:
“El concepto de la derecha es que el PS y el MIR llevaban a la lucha armada. La sociedad en sí ya tenía un germen de violencia, por la gran desigualdad económica y se había producido represión contra el mundo de los trabajadores. Masacres como José María Caro y Puerto Montt. El PS interpretaba algo que pasaba en la sociedad, miseria y represión política.
“El Regional Cordillera postulaba la fuerza social. No teníamos armas y preparábamos políticamente a la sociedad y los sindicatos. El Regional Cordillera nunca tuvo armas. Esa fue la gran contradicción, nunca se pensó que la sociedad se confrontara con el Ejército, se creía que al final apoyaría a los obreros, nunca se partió de la base de crear un ejército popular contra el Ejército profesional. Había quienes pensaban que lo militar, particularmente la instrucción, era cosa de los equipos técnicos especializados, no se utilizaba la estructura regular, se actuaba con ciertos criterios discriminatorios”.
Alfonso Guerra se quedó en Chile luego del Golpe. Fue detenido en un operativo militar especialmente destinado a su persona luego de una intensa lucha clandestina. Torturado en las mazmorras dictatoriales, reconstruyó la estructura partidaria en la Cárcel Pública, luego salió al exilio, volvió a Chile a incorporarse a la lucha antidictatorial tan pronto pudo. No fue coraje lo que le faltó al PS el 11 de septiembre. Era una concepción político estratégica equivocada.
Ramón Martínez, militante del PS que en ese momento lo era de la JS del Regional Cordillera, seccional Ñuñoa, recuerda del 11 de septiembre:
“Llegué temprano al Pedagógico, allí me encuentré con el compañero Claudio Thauby, quien será asesinado el año ’75 por la dictadura. Los golpistas no se atrevían a entrar al recinto universitario. Estábamos allí más de 100 estudiantes en espera de armas. Pensamos que éstas llegarían de un momento a otro. Pregunté quienes no sabían usar armas y levantaron la mano varios. Los hice pasar a una sala y empecé a enseñarles con dibujos en el pizarrón. Las armas no llegaron nunca, partimos de allí cuatro compañeros en una citroneta, sólo teníamos dos pistolas. Recorrimos muchos lugares. Compañeros había por todos lados, pero no armas”.
Martínez combatió con entereza en la clandestinidad hasta ser apresado en 1975 y salvajemente torturado en Villa Grimaldi. Salido de la prisión se reincorporó al trabajo partidario y a la resistencia a la dictadura.
Luis Casado, recordando el 11 de septiembre, señala:
“El 11 de septiembre cuando me di cuenta del Golpe me fui a la casa de Ariel Mansilla. Cruzábamos Avenida Matta cuando nos encontramos con un conscripto solo con su fusil, él muy asustado nos pide, casi como un ruego, que nos entremos a la casa. Ariel llevaba una pistola y era muy fácil cargárselo, lo vemos un muchachito aterrorizado y decidimos no hacerlo. Seguimos hasta llegar al punto de reunión que era un liceo en la zona sur.
“Allí habían llegado ya Carlos Lorca, Enrique Norambuena y Vicente. Luego aparecieron Ricardo Solari, Ricardo Lagos Salinas y muchos compañeros de la juventud secundaria y de la Universidad de Chile. Era tanta la gente que tuvimos que pedirles que se metieran a las salas para que no se vieran. Hicimos el recuento de armas, había seis revólveres calibre 22. Pusimos a esos compañeros junto a Lorca para protegerlo. Toda la historia del Plan Z es una estupidez.
“Mandamos jóvenes a explorar que pasaba en La Moneda, otros compañeros fueron a los techos. Estábamos allí cientos sin poder hacer nada. No estábamos asustados. Éramos cientos dispuestos a defender nuestro gobierno.
“Por la tarde ya no habiendo nada que hacer tuvimos que retirarnos. Recuerdo el coraje de los compañeros dirigentes de la JS, casi todos ellos cayeron en la lucha clandestina. Recuerdo el coraje de los pobladores para darnos alojamiento en las noches siguientes, aún sin conocernos personalmente. Aquella noche me encontré en una casa con Rigo Quezada, padre, él era interventor en Sumar, se sentó y dijo: ‘Podrá decirse lo que se quiera, pero yo defendí a tiros nuestro gobierno”.
Los pequeñìsimos aparatos técnicos y especializados del PS se nucleaban en torno a su frente interno y al GAP, que era la escolta presidencial. Ellos enfrentaron el 11 de septiembre en el peor de los escenarios: las Fuerzas Armadas asaltaban el gobierno sin el mínimo desmembramiento. Si bien existieron reticencias y resistencias, como la del propio ayudante del general Pinochet, que fue separado de las filas de inmediato, o la de un carabinero que ajustició al mayor y al capitán de su comisaría en el norte, ninguna unidad policial o militar defendió al gobierno. La fuerza represiva del estado burgués actuaba tal y como lo predecía hasta el más elemental y modesto manual de marxismo-leninismo.
Es más, había cierto tensionamiento, por cuestiones baladíes comparadas con lo que estaba en juego, entre el aparato partidario y la estructura GAP que debilitaba aún más lo poco que había.
Se difunde la especie calumniosa que el Partido Socialista habría dejado solo al Presidente Allende, luego de años de prédica revolucionaria habría rehuido el combate. Esto es absolutamente falso.
Pero se ha repetido tantas veces que incluso periodistas de pensamiento democrático como Patricia Verdugo han sostenido que:
“Esta crítica (“de debilidad”) también provino de personas -especialmente de dirigentes de su propio Partido Socialista- que sólo sostuvieron un discurso de “violencia revolucionaria” – y ni siquiera fueron capaces de de acudir al palacio presidencial el día del golpe militar para defender a su Presidente y su gobierno”
A pesar del enorme desequilibrio de fuerzas los pequeños aparatos del partido, del cual forman parte personalmente dirigentes del PS del más alto nivel, actuaron con un heroísmo extremo el 11 de Septiembre.
Se combatió sabiendo desde el primer minuto que la batalla no se podía ganar. Aún así se combatió, dejemos la palabra a algunos de estos héroes, Juan Osses Beltrán, militante socialista y miembro del GAP :
“En la residencia presidencial de Tomás Moro nos despertaron con urgencia a las 6 de la mañana Nos dicen que había que ir a la sede presidencial, pues había empezado un Golpe de Estado en la Marina, ciudad de Valparaíso…
“Recuerdo que cuando nos dicen que hay que ir a La Moneda dejo mi fusil AK y me llevo mi SIG SAUER (suizo). Era un día oscuro y las calles estaban vacías, me llamó mucho la atención que había demasiado silencio. Nosotros bajamos por la calle Costanera…
“Llegamos a La Moneda y nos vamos al segundo piso y Aníbal Salcedo (Juan José Montiglio), quien era el jefe del dispositivo, empieza a ver cómo defendemos La Moneda. Instalamos en algunas ventanas algunas ametralladoras.
“Nos ubicaron por sectores y junto a otros compañeros quedé al frente de la puerta de Morandé 80, por donde horas más tarde pasaría el cuerpo sin vida de Allende.
“Recuerdo que no estuve todo el tiempo al lado del Doctor, así le decíamos los del GAP. Ese 11 de septiembre sólo en dos ocasiones estuve muy cerca del Presidente en el interior de La Moneda.
“Cuando empezaron los primeros disparos (aproximadamente a las 11 de la mañana) recuerdo que había un policía de Carabineros que decía: “me quedaré a defender el gobierno constitucional”. Sin embargo, media hora después escuchamos ruidos de tanquetas afuera de La Moneda y vimos como el carabinero se retiraba agitando un pañuelo blanco en la mano en señal de que no dispararan…
“En el furor del combate, el Doctor nos reúne a todos y nos comunica que quien no quiera combatir que se retire. En ningún momento escuché una orden para que alguien cumpliera una misión fuera de La Moneda. Confieso que todo el que se retiró fue porque no quiso defender el Palacio. A excepción de las mujeres. Digo esto, porque después de un silencio de 30 años me molesta mucho que ahora connotadas figuras de la política nacional digan que el Doctor les ordenó determinada misión. Quien se fue de La Moneda, fue porque no quiso combatir y lo veo muy humano.
“Contrario a esto fue lo que pasó con Daniel Vergara, por ejemplo, quien se queda y lo único que nos comunica es que no sabe combatir y cuando cerramos la puerta de Morandé 80 y lo veo a él le entrego una UZI y le digo que lo único que tiene que hacer es mantener el cañón del fusil mirando hacia adelante. Cuento esta anécdota porque Vergara era una gente del mundo civil, sin instrucción militar, y fue capaz de quedarse en La Moneda y demostrar tener un fuerte compromiso político y de defender con las armas el gobierno…
“Recuerdo como si fuera ahora mismo cuando el Doctor se paró en la escalera al interior de Palacio y dijo: “Los que no quieran combatir retírense y dejen las armas acá que son para este combate”. Hubo otros que después relataron que salieron de palacio por órdenes del Presidente para que comunicaran al mundo lo que estaba sucediendo en La Moneda, y yo digo que eso es mentira porque en ese momento lo que se necesitaba eran hombres y armas. Me quedé callado por muchos años.
“Esto que digo demuestra la visión de un Presidente de querer combatir hasta la muerte y defender el cargo que su pueblo le entregó. Además era una decisión que se había adoptado 15 días antes del 11 de septiembre, cuando hicimos una reunión en la residencia de descanso de Cañaveral, 15 kilómetros al este del centro de Santiago, donde Allende, entre algunos intercambios de informes políticos, nos comunica que el complot viene y que probablemente viene por la Marina, que ha sido históricamente una institución golpista en Chile. Se me quedaron grabadas aquellas palabras de Allende de que él no va a salir de La Moneda y que nunca abandonaría el país. Nos dice que la tarea nuestra es bajar a La Moneda, defender ese símbolo que es del pueblo, mientras se movilizan los trabajadores en los cordones industriales para el llamado Plan de Defensa de Santiago, porque había “un plan de defensa de la ciudad”, pero nosotros éramos la única fuerza armada para defender hasta que se movilizara el pueblo. Este era un plan acordado por los partidos de la Unidad Popular con todas las dificultades, deficiencias y discusiones, que significaba en este caso la estructura que estaba en el denominado Cordón Industrial.
“Dentro de La Moneda éramos 14 y entre todo el personal, contando a los civiles, unas 30 personas, en el momento del ataque. Tengo muy buenos recuerdos de Juanito Seoane, jefe del Servicio de Investigaciones que apoyaba el Presidente.
“Cuando comienza el intercambio de disparos con los golpistas se escucha el citófono que estaba al lado de la escalera por la parte de Morandé 80 y Seoane lo toma cuando le preguntan por el Presidente y una propuesta de rendición y salida del país. Escuché decir a Allende, quien estaba con su casco y el teléfono pegado a la oreja, que no se va a rendir y que se mantendrá en La Moneda. Recuerdo que llama a los interlocutores traidores y cuelga con rabia.
“Otro incidente impactante durante esas horas en La Moneda de pólvora, humo y metralla, fue cuando en medio del combate, junto al Manque (Osvaldo Ramos), entra una persona en el lugar donde estábamos apostados gritando: “Mataron a mi hermano, vamos a morir todos, estamos cagaos”. El Manque y yo lo cogimos y lo tiramos a un rincón y seguía gritando. Le quitamos la máscara de gas para dejar de gritar. Era Carlos Jorquera (el Negro), quien cae de rodillas y se queda callado. Lo importante para nosotros era que no siguiera gritando porque atentaba contra la moral combativa. Después le colocamos la máscara y lo dejamos en el rincón, y entre sollozos decía: “el perro, el perro” y nosotros nos preguntábamos qué perro. De repente dice el Negro: “Mi hermano, Augusto ‘Perro’ Olivares y salgo hacia la escalera y veo una imagen que me quedó grabada para toda la vida. En la escalera de caracol que había hasta el segundo piso hacia el comedor, el ‘Perro’ Olivares, periodista, asesor de Allende y corresponsal de Prensa Latina, yacía en una camilla y recuerdo que tenía todo el pecho abierto, se estaba muriendo. Al lado izquierdo de él estaba el doctor con una rodilla en el suelo afirmado en el AK y lo miraba. Del otro lado, estaba Danilo Bartulín, el médico de Allende, asistiendo al ‘Perro’…
“Llegó un momento en que se buscó la posibilidad de sacar a Allende de La Moneda, antes del bombardeo. Se nos planteó que se estaba gestando un plan para sacar al Presidente hacia el Ministerio de Obras Públicas por la puerta de la calle Morandé 80, de ahí al Banco del Estado y desde allí a la calle Bandera, donde lo esperarían autos para partir hacia las poblaciones, y juntarnos con un dispositivo militar del Partido Socialista que estaba metido en La Legua, con el objetivo de levantar focos de resistencia. La tarea era sacarlo de Palacio y llegamos a tal punto que se armó una pequeña columna, en la cual no habría más de 10 personas. Éramos pocos y al lado izquierdo del doctor estaba yo disparando hacia el río Mapocho, hacia el norte, y del otro estaba Manque, disparando hacia la Alameda.
“Pensamos en correr en diagonal y recuerdo que el doctor estaba dudoso, pero ya había aceptado la salida. Llegamos a estar con la puerta abierta de Morandé 80 y los fusiles listos para salir y preguntamos, ¿quién neutraliza el tanque que está en la Plaza de la Constitución? El Chino Jano se había quedado voluntario con otros compañeros para defender La Moneda y permitir la salida. Se hizo cargo del tanque desde el segundo piso para que la columna atravesara la calle resistiendo el fuego y que el Presidente llegara al Ministerio de Obras Públicas, a sólo metros de la puerta de Morandé 80.
“De pronto suena el citófono, que era la única comunicación que había con el exterior, y una voz dice que la puerta del Ministerio estaba cerrada con cadena y candados, y no encontraban las llaves. Nos quedamos ahí.
“Cuando el doctor escucha la noticia, se queda pensando por unos minutos y dice: “No, todo atrás”. Pienso que fracasó esa misión por algo estúpido: increíblemente unos candados neutralizaron toda una acción que pudo haber cambiado la historia de Chile. A nadie se le ocurrió dispararle a los cerrojos.
“Cuando comienza el bombardeo contra el Palacio, después que tomamos posición en el segundo piso y arrecian los disparos, nos ordenan bajar y empezamos a sentir el silbido de los rockets (cohetes). Nos tiramos al piso y quedé impresionado porque cuando empiezan a caer las bombas en el patio interior de La Moneda me tiré de barriga al piso y saltaba de las vibraciones. No nos pasaba nada y gritábamos si había alguien muerto y nos contestaban que no, en ese minuto no muere nadie.
“Sí vemos destrucción e incendio. Recuerdo que otros dos cohetazos impactan y sentimos que el edificio se movió. A mí me tocaba cubrir la parte de Morandé 80 y recuerdo que después de la intensidad del bombardeo se me desaparece la gente. En un momento determinado baja Aníbal (Juan José Montiglio, uno de los jefes ex GAP) y nos manda a Manque y a mí al segundo piso, cerca de la oficina que nosotros ocupábamos por Morandé.
“Ahí cometí un error: llevaba una canana blanca (utilizada por los policías de Carabineros) metida en el cinturón. En ese escenario fuimos un grupo a buscar armamentos en la guarnición de Carabineros que estaba en el sótano de Palacio. Tuvimos que atravesar el patio interior. Había un pequeño arsenal que abrimos, sacamos algunos SIG SAUER, máscaras antigases, sacos de cargadores de SIG. Ahí cae Manque (Osvaldo Ramos), hermano de Enrique Ramos. De pronto sale una ráfaga de ametralladora desde arriba de un tanque y Manque sale disparado y queda contra la pared. Lo miro y me doy cuenta que tenía el estómago afuera. Esa muerte aún la lloro. Fue un golpe emocional bastante fuerte, porque quería mucho a Manque. Para mí: estaba muerto y no lo ayudé. En la situación que estábamos determiné no ayudarlo: pensé que estaba muerto y pagué la novatada de mis 23 años.
“En ese panorama de dolor me quedé sin balas y empiezo a arrastrarme para ir a buscar más al primer piso y cuando bajo me encuentro con la sorpresa que estaban los militares adentro. Habían tomado La Moneda, y un sargento me agarra y me empieza a dar patadas, ya yo no llevaba armas. Era la 1.30 o dos de la tarde.
“Entonces veo la puerta de Morandé 80 abierta y a mis compañeros amontonados afuera. Los reconocí por el brazalete blanco que nos habíamos puesto para identificarnos entre nosotros. Estoy en la puerta y me doy cuenta que la gente (otros del GAP) que estaba en el Ministerio de Obras Públicas seguía disparando y los militares no podían salir.
“De repente me dice un soldado: ‘Quítate el brazalete blanco y muévelo, y comunica que ustedes se rindieron’. Lo mando a la concha de su madre y entonces me da una patada en la barriga y salgo de espalda de La Moneda. Afuera de Palacio caí de espalda sobre el grupo.
“En ese momento no sé si el doctor está muerto. Me entero después cuando los militares nos tiran contra la pared y empiezan a esconderse bajo nosotros. Los compañeros apostados en el Ministerio de Obras Públicas seguían disparando. Aquello era una escena tragicómica porque los ‘pendejos uniformados’ se escondían de las balas detrás de nosotros que estábamos con las manos en la nuca afuera de La Moneda.
“Cuando me tiran de barriga quedo al lado de Raúl Valladares (jefe de la escolta presidencial), quien me mira y dice: “Silvio (ese era mi nombre de guerra), el doctor ha muerto…”
Miles de socialistas estuvieron en sus puestos de combate el 11 de septiembre, son innumerables los relatos de decenas de compañeros que pasaron días en pequeñas casas o departamentos en espera de armas e instrucciones que nunca llegaron. Millones de trabajadores, campesinos y estudiantes esperaron La concepción de defensa del gobierno popular había designado al partido y al pueblo en general un rol de apoyo a fuerzas militares constitucionalistas que no existían.
En los lugares en que se contó con mínimos medios de defensa la lucha se emprendió de inmediato. Luis Aravena, de la Población La Victoria, zona sur de Santiago, respondiendo a un artículo del diario La Tercera nos deja el siguiente relato:
“Efectivamente mi hermano Jorge lideró a un inmenso grupo de compañeros que, desde el momento en que se conoció el alzamiento de los militares golpistas, se decidieron a combatir en defensa del gobierno popular. Éramos casi todos de la Juventud Socialista organizada en la Población San Joaquín y de un núcleo de jóvenes socialistas de la Población La Victoria, que, junto a muchos vecinos que se sumaron, participamos en una serie de escaramuzas que se produjeron en el sector durante todo el día. A pesar de que se contaba sólo con armamento muy liviano, tan solo una subametralladora que Jorge había llevado desde Investigaciones, donde había trabajado con Eduardo Paredes como lo que hoy sería un jefe de gabinete, más algunas pistolas, granadas de mano caseras y bombas Molotov, se organizó el trabajo de defensa, cavar trincheras, lo que durante todo el día impidió el ingreso de fuerzas golpistas fuertemente armadas que intentaron llegar a ese sector.
“Lo que es necesario dejar claro y transparente: la resistencia no empezó a las 18.00 horas de ese día, como informa el diario, sino desde temprano en la mañana. Incluso, a primera hora se había discutido con Jorge la posibilidad de llegar a La Moneda a defender al Presidente Allende, pero no había armas suficientes ni adecuadas para cumplir con esa tarea. Cerca del mediodía llegaron al sector dos dirigentes regionales del MIR (por lo menos así se presentaron) y ofrecieron armas, que si hubiésemos tenido paciencia, todavía estaríamos esperando. Por su parte el Comité Regional del Partido Comunista del sector se había replegado temprano en la mañana y algunos militantes, en demostración de impotencia por la actitud de su partido y en presencia nuestra, rompieron sus carnets de militantes y se quedaron a acompañarnos para cumplir con el compromiso de defender el gobierno que era nuestro.
“Durante todo el día hubo escaramuzas, o combates, como lo define La Tercera. Cerca de la medianoche del 11/09/1973, un hecho cambia radicalmente el dominio que teníamos sobre el sector y se produce con la llegada de un camión lleno de soldados que venía a socorrer a una patrulla militar montada en un jeep equipado con una ametralladora .30, patrulla que se encontraba asediada y sus miembros llorando y pidiendo a gritos que no los atacáramos. Esa situación, en que los golpistas lograron concentrar una gran fuerza en un espacio de dos calles, hizo que nos replegáramos, de manera que un buen número de compañeros sin armas, se escondieron en una casa de la Población La Victoria. En el momento en que los militares iban a irrumpir a balazos en la modesta vivienda, Jorge, con su metralleta en mano, corrió por los patios traseros, avanzó por un par de casas vecinas y salió nuevamente a la calle, haciéndoles frente, distrayéndoles la atención y causándoles bajas.
“Jorge corrió en zig-zag más de una cuadra. Cuando los soldados de la patrulla salieron de la sorpresa y auxiliados por el grupo de complotados que habían llegado en el camión, se lanzaron en su persecución, disparándole una gran cantidad de balas. Una le alcanzó en un pie. Jorge cayó herido, combatiendo solo contra más de una treintena de soldados que se movilizaban en dos vehículos, agotó entero su cargador hasta que otra bala asesina le cortó su hermosa vida de joven digno, valiente y soñador. Quienes le dispararon, de inmediato arrancaron y aquellos que se encontraban escondidos en la casa que iba a ser atacada por la soldadesca, se libraron de la masacre de la que iban a ser víctimas”.
El Comandante Ernesto Guevara escribió en su libro “Guerra de guerrillas
”Por la rapidez de tiro y la precisión las ametralladoras constituyen el armazón de toda defensa bien organizada. ¿Cuántas veces en el transcurso de las últimas guerras, una ametralladora bien emplazada y con sirvientes serenos y abnegados han hecho fracasar el ataque de batallones enteros causándoles además enorme cantidad de bajas…?
Un grupo de jóvenes socialistas al mando de Manuel Cortés el 11 de septiembre dará una demostración notable de la tesis de Guevara. Cortés recuerda:
“Se empiezan a saber noticias de un Golpe militar en curso. Yo llegué un cuarto para las ocho a la puerta de calle Morandé 80, recién había llegado el auto número 4 de la escolta, me encuentro con el compañero Joaquín y me dice que esta cargo Aníbal (Montiglio), pero que de jefe de escolta viene Raúl (Enrique Valladares). Le digo que estoy a disposición.
“Frente a esta puerta había un estacionamiento para los autos de la presidencia. Me fui a conversar con los choferes que habían allí. Unas 100 personas en la calle mostraban su adhesión al gobierno.
“Sale el ‘huaso’ Raúl y me dice ‘Aníbal quiere que te hagas cargo de los choferes y que tengas todo dispuesto si hay que salir en cualquier momento’. El chofer 1 era Joaquín, el 2 el chico Lalo, el 3 Isidro, a quien yo no conocía, llega el negro David y me dice que lo han mandado con nosotros, hay otro chofer Eduardo y el compañero Marchant con quien yo había trabajado en Chuquicamata.
“Yo estaba con una P-38 y pido un arma larga. Raúl me dice que busque en los autos. En una camioneta operativa encuentro una ametralladora .30, tenía trípode y bípode, había cinco cintas de 250 tiros cada una. Empiezo a explicarles a los compañeros cómo se debe servir esta arma, estoy en eso y empieza el tiroteo fuerte. Mandé a dos compañeros para que se parapeten en la puerta y abran fuego en contra de los asaltantes de La Moneda. Nos damos cuenta que sólo cabía uno y que únicamente se podía disparar hacia la Alameda y no hacia el norte pues el edficio de la Intendencia esta màs afuera de la línea de edificaciòn en que estamos.
“Tenemos 5 AK-47, una .30 y un RPG-7 con tres cohetes, pero estamos encerrados en el garage. Un chofer de la Fach que está ahí se da cuenta de nuestro problema y nos cuenta que hay una ventana a algunos metros que da al Ministerio de Obras Publicas, que además hay una escalera y que por ella en las noches van al Ministerio a hacer unas pequeñas fiestas.
“Todo es como él dice, subimos por la escalera y llegamos al Ministerio de Obras Públicas.
“El combate en las afueras esta a máxima intensidad.
“Desplegué a los compañeros por las ventanas, éramos ocho. Dejé a uno atrás para mantener el contacto vía citófono con La Moneda, es falso que el compañero se haya acobardado, yo le ordené quedarse allí para mantener el enlace y cumplió su misión.
“Estábamos en el cuarto piso. Había una reunión, era gente de partidos de izquierda, se fueron a los subterráneos.
“Había ya varios focos de avance de los militares hacia La Moneda desde la Avenida Bulnes. Les tiramos ráfagas cortas y precisas, se escabulleron por la zona donde está actualmente la Llama de la Libertad.
“Hicieron varias ofensivas, dejando bajas en todos estos intentos. Desde el Ministerio de Defensa salían los camilleros. Luego buscaron esconderse en los árboles e ir avanzando parapetados. Ahí pongo a David y al Chico Lalo a que le den a todo lo que se esconda detrás de los árboles.
“Estamos en eso cuando veo que desde Nataniel viene avanzando otro grupo, hay unos 40 parapetados en donde entonces estaba el cine Continental. Nosotros tirábamos con la .30 sin sacar el cañón por la ventana, ellos no sabían desde donde venían los tiros.
“Ahí le dimos con todo a los que estaban en el Continental. Los metimos para adentro del teatro con vidrios quebrados, pedazos de madera que saltaron.
“Empezaron a buscar donde estábamos, entonces nos cambiamos para el quinto piso. Yo tiraba ráfagas cortas, no me iba a poner a tirar trazadoras, las deseché quedaron ahí. Nuestra fortaleza era que no sabían dónde estabamos.
“Nos damos cuenta que por Lord Cochrane llega a la Alameda un jeep cargado de soldados. Se parapetan en un panel de madera que hace esquina con la Alameda. Parece que ellos pensaban que había, quizás podía haberlos, tiradores desde la Alameda más al poniente, en diagonal hacia ellos. A nosotros nos quedaron como tiro al blanco. Pongo el alza 3, distancia 400 a 600 metros y les damos con todo, ahí les quedó un desastre, el jeep trata de arrancar y lo hace de manera que cae al hoyo del Metro, el chofer debe haber estado herido o con mucho susto.
“Cambio la escuadra y la pongo en el segundo piso. Cuando estamos tomando posiciones se produce una tregua, donde todo para y nadie tira. Mando al chico Lalo y otro compañero que no recuerdo a que vean si hay salida hacia Bandera, van, vuelven y me dicen que hay pasada. Digo por aquí salimos y sacamos a Allende, Joaquín mientras mantiene contacto por citófono con La Moneda. Este nos informa que el Presidente no está dispuesto a salir, mando al Chico Lalo a explicarle al Presidente. El Chico atraviesa, vuelve y me dice que explicó el plan y que Allende le dice: ‘Usted compañero, ¿donde está su puesto de combate?’. El Chico me dice: ‘Me cagué entero.
“Los militares se desesperaron con nuestra ametralladora y empezaron a tratar de localizarnos.
“Estoy con el Chico Lalo en la ventana, se apoya en un borde y de repente pega un salto y dice ‘¡chucha, me cagaron!’, lo miro y veo que tiene una herida y que se le estaba haciendo un chichón. La situación era extraña, pero muy afortunada, pues yo supuse un tiro directo, que lo habría matado, sin dudas. Había llegado un tiro, uno solo, que había sacado un pedazo de cemento y éste le había pegado en la frente al Chico.
“Yo las órdenes las daba por la ventana y grito: ¡busquen un tirador! Miramos a todos lados hasta que en la esquina de Nataniel con la Alameda, donde había un letrero de Capitanac, había un poste de teléfono y un tirador tendido en el suelo. Este nos había localizado. Doy orden que con los AK le tiren, tiro a tiro, por el lado derecho. Ahí se corre para el otro lado y entonces le damos con la .30. Se resolvió el problema.
“Se para de nuevo el fuego. Aparece una compañera de Obras Públicas y me dice que hay una compañera herida en una pierna y que hay una pequeña clínica instalada allí.
“Ahí aparece una señora del casino y nos pregunta qué nos vamos a servir de almuerzo. Al final terminamos comiendo porotos directo de la olla con la mano.
“Dos tanques aparecen por Nataniel y se meten por Teatinos les podemos disparar poquito, pues nos tapa La Moneda. Iban muy rápido.
“Nos avisan de La Moneda que tengamos cuidado al tirar pues pueden llegar fuerzas leales y 1.500 compañeros del MIR. Ordeno que tengan cuidado, aparecen milicos en el techo del Ministerio de Economía, pero no les disparamos, aparecen también en el Ministerio de Hacienda. Traen un cuello de color.
“Comienza el bombardeo. Luego los milicos del tejado empiezan a tirar bombas lacrimógenas a La Moneda, ahí les tiramos con todo.
“Luego del bombardeo aparece un tanque por Morandé desde el sur. Le apuntamos con el RPG-7. Nos damos cuenta que están entrando milicos por Morandé 80 que vienen desde el norte. Les tiramos y éstos se esconden en La Moneda o entre los primeros prisioneros que vienen saliendo.
“Tuvimos que dejar de disparar. Los ponen en el suelo y se aprestan a echarles el tanque encima, nosotros tenemos el RPG listo. Ahí un oficial detiene al tanque.
“La Moneda había caído. Escondimos el armamento, nos sacamos la pólvora de las manos y al final salimos confundidos con la gente del Ministerio, sin bajas”.
Por su parte Fermín Díaz, actualmente dirigente sindical en la Empresa de Correos y por aquel entonces joven militante del Partido Socialista recuerda:
“Yo había entrado hacía algunos años al Ejército de Liberación Nacional y al Partido Socialista. Era funcionario del Banco Español. Había recibido una instrucción elemental en el manejo de armas.
“El 11 de septiembre llegué al banco alrededor de las 8.30 de la mañana donde se vivía ya un clima de agitación, pues el Golpe estaba en curso. Había militares en el centro de Santiago.
“Nos juntamos los compañeros de la estructura en el banco y bajamos a las bóvedas donde teníamos algunos revólveres y pistolas. Había allí enormes cantidades de billetes, eran fajos en grandes cantidades, a pesar de la confusión del momento a nadie se le ocurrió tocar el dinero, tomamos las armas y partimos. Nos fuimos en unas camionetas tendidos en el suelo, llegamos a un galpón de la zona sur, allí se nos repartieron fusiles AK con sus cargadores, junto a nosotros iban dos compañeros uruguayos que eran refugiados políticos en Chile y que ya sabían lo que era una dictadura.
“Nos fuimos hacia la industria Sumar, a poco de estar allí empiezan los primeros enfrentamientos, había disposición de combate pero cierta desorganización, vi pasar a Arnoldo Camú y Rolando Calderón. No teníamos muy claro lo que había que hacer, éramos alrededor de 200 compañeros, armados.
“Salimos de la industria donde se nos pretendía cercar, a la salida vi que había ya varios compañeros muertos en el suelo.
“Los enfrentamientos siguieron durante la mañana.
“Operaban helicópteros en contra de nosotros.
“Cuando ya estaba todo perdido, por la tarde nos replegamos.
“Yo salí con los uruguayos, nos pararon los milicos cerca de Avenida Matta, yo llevaba un bicicleta con el cuento que la iba a arreglar. Al fin rompimos el cerco sin novedad”.
La enorme estatura moral de los revolucionarios surge nítida y naturalmente del relato. Hay fajos de billetes, pero nadie toma nada, les preocupan las armas, se trata de defender el proceso.
En cuanto a este tema de la probidad, Adolfo Lara relata:
“Yo era jefe zonal de desarrollo campesino de la CORA en lo que ahora es la VI Región. El torturador, cuando me capturaron, me preguntaba por mis bienes, no podía creer que no tenía auto, tenía una casa modesta y punto. No podía concebir que no tuviera más”.
Pero volvamos a los combates del 11 de septiembre.
La casa de Tomás Moro era la residencia oficial del Presidente de Chile, ocupaba algo así como un tercio de una manzana en un sector residencial de gente acomodada, mayoritariamente derechista, de Santiago. Estando allí la esposa del Presidente Allende sola, la Aviación atacó esta casa residencia como si fuera un objetivo militar. Al respecto Galo, cuyo nombre ha preferido guardar pero de cuya existencia el autor da plena fe, recuerda:
“Yo había llegado al GAP hacía casi dos meses, estaba destinado a Tomás Moro, venía del PS.
“La noche anterior le hicimos la despedida de soltero a Juan Osses. Enrique Ropert consiguió media botella de whisky y otros unos quesitos y esas cosas. Con un compañero estábamos en espera de destinaciones específícas, probablemente al aparato de inteligencia.
“Nos acostamos sabiendo que la escuadra había zarpado, así había informado el diario La Segunda, así que la cosa estaba más tranquila.
“Tipo 6.30 suena la alarma, yo estaba con mi compadre en una pieza, nos dimos vuelta para el otro lado sin darle importancia, pensamos en un ejercicio. Como media hora después pasa otro compañero y nos putea: “La Armada se tomó Valparaíso”. Ese día había un exposición mundial antifascista en la UTE, era la primera vez que yo debía salir a terreno, como parte de la escolta.
“Nos levantamos corriendo, cuando llegamos al patio estaban los autos a punto de salir para La Moneda, uno de los compañeros nos ordena quedarnos, seguramente porque yo sabía usar la .30, había sido cadete de la Escuela Militar, y al parecer no había otro. Quedaron cuatro compañeras, telefonistas seguramente, quedan cuatro hombres, más la guardia de Carabineros. Ahí tenemos la duda de para qué lado van a estar. Llegaron compañeros del Cañaveral, otros que estaban de salida.
“Yo tenía 19 años, pero empecé a actuar con decisión y de repente me vi mandando. Instruyo a los compañeros que saquen armas de un depósito. Llegó el compañero a cargo de la armería y ordenó que se guardaran.
“Subí al techo de la casa, a un lugar que llamaban la torre, el depósito de agua, una suerte de tercer piso. Ya las informaciones deban cuenta de la gravedad de los hechos. Me hice cargo de la .30 que estaba permanentemente en el techo tapada con una lona, bajé a buscar una caja de municiones y me llegaron los dos primeros sirvientes.
“Empezó a sobrevolar un helicóptero, llevaba una .30 por cada lado, la nuestra seguía tapada por la lona. Esto duró como media hora. A unas cuadras aparecen unos milicos y yo les tiro una ráfaga corta, huyeron de inmediato. Ahí me llegó el primer reto de la mañana por disparar sin orden.
“En ese momento se retiran los pacos de la guardia, sacan las tanquetas que tenían, quedan como a 100 metros de la casa, a la expectativa.
“Al rato pasa un Hawker Hunter, yo lo único que sabía era que en el centro ya se estaba combatiendo.
“Eran varios aviones y hacían sus pasadas de a uno. A La Moneda la atacaron de a dos. Yo veía antes que los de abajo cuando venía el avión y gritaba, ahí todos tirábamos. Yo podía hacerlo antes porque tenía mejor ángulo. Los aviones nos tiraban con todo, era algo muy violento, me tuvieron que cambiar los sirvientes. El general Leigh dijo en una entrevista al Canal 13 que en Tomás Moro había una .50 que le dañó uno de los aviones. Yo vi como los tiros con las trazadoras le entraban a uno de los aviones.
“A la casa le tiraban los Hawker Hunter con cañones de 30 milímetros, tiraron también un rocket.
“Yo tenía 19 años, era del barrio alto, en el colegio me miraban mal porque mis papás eran DC, mi familia por el lado de mi viejo tenía fundos, cuando yo vi como vivía la gente me radicalicé. Al PS llegué del MR-2 (Movimiento Revolucionario Manuel Rodríguez).
“Ahí estaba tirándoles a los Hawker Hunter.
“Dan orden de evacuaciòn, salimos con el Copelio, por la parte trasera con una camioneta C-10. Hay orden de ir a Sumar. Nos dirigimos hacia lo que hoy es la rotonda Atenas, cada cual salía por su cuenta.
“Pasó un helicóptero Puma, también le tiramos. Saliendo hacia Colón nos encontramos con cuatro compañeros que se habían ido antes, se subieron tres adelante y uno atrás.
“Pasamos Colón por un complejo de casas en construcción. Ahí nos cruzamos con una camioneta de uniformados, nos dan orden de alto y el chofer que había subido recièn y que iba muy quebrado sicológicamente paró. Reaccionamos y les tiramos una ráfaga de subametralladora y nos fuimos. El chofer y los otros tres se bajaron.
“Había gente en las calles y todos nos miraban. En Larraín con Tobalaba había dos milicos, no sé si les dimos o no, pero les tiramos de inmediato. Nos fuimos por Vicuña Mackenna.
“Llegamos a Sumar, había allí hartos compañeros y se corre la voz que hay que partir hacia Indumet. Partimos en una caravana de autos camionetas, iba incluso una bomba de bomberos, en eso aparece un avión a gran altura, los autos paran y los jefes se meten a las casas. Yo me bajé y fui a hablar con uno de ellos, no sé si sería Camú o Calderón, yo no los conocía y les dije que era un avión de reconocimiento, que no nos va a atacar, sigamos. No me hicieron caso.
“Le digo al compañero con que venía de Tomás Moro pregunta dónde está Indumet y nos vamos por nuestra cuenta. Así partimos con otros compañeros, nos encontramos con una micro de pacos. Los pacos se bajaron con armamento de guerra y cascos de acero y de forma agresiva. Ahí les dimos con todo, quedaron fuera de combate rápidamente. Además llega el resto de la columna.
“De repente aparecen las tanquetas y los compañeros tratando de tirarles con los RPG-7, pero no sabían usarlos. Al lado mío mataron a un señor de edad que iba desarmado y que evidentemente no era combatiente, los pacos tiraban desde las tanquetas indiscriminadamente. Recogieron lo poco que quedaba del personal de la micro y se fueron.
“Los combates se prolongaron por varios días, yo me fui de La Legua una semana después, la disposición combativa era muy alta”.
El pequeño aparato militar combatió con todo heroísmo y eficacia el 11 de septiembre.
Al anochecer de ese día se reúnen los encargados Arnoldo Camú y Exequiel Ponce, se da orden de enterrar el armamento para una lucha que se presume será larga. Camú y Ponce caerán en la lucha antidictatorial.
Es la “anábasis” socialista que comienza, luego vendrán las divisiones, la represión y un descalabro ideológico que se desarrollará en el tiempo a límites insospechados, que llevará dicho partido a tolerar la defensa exitosa de Pinochet en Londres, que realiza uno de sus militantes, por encrago de su gobierno, por ejemplo.
