El pasado domingo 12 del mes en curso, El Mercurio publicó un adelanto exclusivo de los periodistas Gustavo Villavicencio y Juan Antonio Muñoz de unas memorias del ex Canciller y ex Presidente del Senado que bajo el título de “Gabriel Valdés, sueños y memorias. Pasado y presente de una vida más” aparecerán próximamente publicados por la Editorial Taurus. La personalidad del autor induce el interés por sus dichos, especialmente por los testimonios históricos a los que en su obra pueda aludir, contribuyendo eventualmente al esclarecimiento de episodios todavía confusos de la historia de Chile.
Los párrafos que los autores de la glosa de la obra han entresacado de la misma ponen de manifiesto el hábil manejo que el distinguido político y diplomático tiene del relato, transformando lo que pudiera haber sido un farragoso recuento de hechos y de fechas en una amena narración que parece dejarse leer con especial agrado, llevada del diestro uso que del idioma tiene su autor. Es claro que en ese género o estilo literario y en función de la amenidad de su texto se le concede al narrador el privilegio del empleo ponderado de la licencia literaria, incluso en quienes se inclinan o apelan tangencial o esencialmente a la historia, la más humana de las ciencias sociales, con la condición tácita, en tal caso, de no inducir al lector al error: al error histórico y al error político. Me refiero a los párrafos en los que don Gabriel Valdés, al decir de los glosadores de sus memorias, se explaya sobre “los encuentros secretos entre Frei Montalva y Allende” en los siguientes términos:
“Un sábado de octubre de 1970, pasadas las elecciones y habiendo obtenido Allende el triunfo que debía ratificar el Congreso Pleno, la familia de Valdés salió de Santiago y él quedó solo en su casa con su empleada Rosa, su perro y su loro.
Inesperadamente tocaron a su puerta. Era Max Marambio, amigo y jefe de seguridad de Salvador Allende, quien le dijo que el recién elegido Presidente quería verlo con urgencia.
Allende tenía miedo de que lo mataran los mismos que asesinaron a Schneider
Al poco rato llegó Allende en auto y le dijo:
-Usted es la primera persona de su partido que veo después de Tomic, porque le tengo confianza y nos conocemos desde tanto tiempo. Le quiero contar lo que me pasa y el riesgo que corro.
Enseguida, le relató que lo querían matar los mismos que habían asesinado al general Schneider; que su seguridad estaba a cargo de sus amigos personales que iban armados, porque no tenía confianza en Carabineros ni en Investigaciones, donde tenía enemigos declarados.
Las diferencias entre Allende y Miguel Enríquez “Lo veía tenso, cansado, pero siempre amable, con ese trato gentil que nunca abandonó. Algo había en él muy particular: era distinguido, elegante en el vestir, fino en su manera de saludar y caminar. Su gran afabilidad no correspondía con la imagen revolucionaria ni con el liderazgo de un movimiento donde la violencia era un instrumento virtuoso. Había una distancia sideral entre él y Miguel Enríquez, fundador del MIR, un joven moreno de pelo largo a quien yo había conocido en una recepción en la embajada de Cuba en Santiago, vistiendo de oscuro, sin corbata y cubierto con una manta negra. Allende era el antiguo socialista republicano y Enríquez el mito de la revolución sin destino, la encarnación del Che Guevara”.
Tenso encuentro
Al día siguiente, relata Valdés, le contó a Frei de esta visita y la solicitud de una entrevista. Caminando a grandes zancadas, le respondió que la encontraba “inútil y peligrosa”, porque sabía que “Allende iba a ser aplastado por la locura socialista que para él era inevitable y que, además, detrás de ella estaba el MIR, que era la expresión misma de la violencia. Finalmente, acotó que el proyecto de Allende se estrellaría con las Fuerzas Armadas”.
Pero Frei aceptó la reunión, aunque puso cláusulas como que se haría siempre que Allende llegara antes que él, después de comida, y que la reunión sería breve y en secreto.
“El encuentro fue tenso. Allende saludó afectuosamente, mientras que Frei fue más frío. Primero habló Allende sobre su derecho a ser protegido, relatando las amenazas que recibía y el atentado que lo había puesto en riesgo. Exigió que a cargo de la Policía de Investigaciones se pusiera a un funcionario de su confianza y que se le brindaran las garantías que correspondían a un Presidente electo. Frei le dio algunos nombres, ante los cuales Allende respondió que no los conocía. La reunión terminó con la promesa de Frei de colocar personas de su absoluta confianza, con instrucciones de otorgar la máxima seguridad”.
Tras la partida de Frei, Allende pidió a Valdés otra reunión más larga, que también se concretó en su casa.
Los presagios de Frei: el gobierno de Allende terminaría en llamas.
En este segundo encuentro, Allende inició su exposición con elocuencia y fuerza, sosteniendo que nadie podría poner en duda su legitimidad, y que su vida política, desde que fue ministro de Salud y después senador, era intachable. “Garantizó que no se saldría de la ley, que respetaría a todas las personas y sus bienes, pero que de una vez por todas cumpliría las promesas que durante varias campañas había ofrecido, ahora que le habían dado el triunfo”.
La escena es descrita por Valdés como “patética”, “un punto clave del proceso político que vivíamos”. Allende “fue valiente, elocuente y estaba a la ofensiva”. Frei “se notaba triste, contrariado y emocionado”. Allende, continuó Frei, “tenía que comprender la preocupación de la sociedad chilena e internacional, de las Fuerzas Armadas y, particularmente, de la Armada , por los violentos discursos de Carlos Altamirano y muchos de sus seguidores, por los desfiles callejeros que imitaban a los de Fidel Castro, voluptuosos y agresivos, que presagiaban una revolución. Frei fue duro y elocuente: golpeaba con sus palabras”.
Tomando un tono de mucha fuerza, (Frei) “le pronosticó a Allende que su gobierno terminaría con una crisis inmanejable, que la izquierda no sería capaz de mantener una posición democrática, que la penetración cubana iba a hacer indefendible a su gobierno y que tenía la convicción del fracaso que sobrevendría a la economía chilena al poco tiempo, pues el Estado carecía de capacidad para reemplazar a un sector privado fuertemente contrario a su gobierno. Le dijo que creía que la violencia se iba a hacer presente de inmediato y que, sin mayoría en el Congreso, tendría un fracaso tras otro. Mirando fijamente a Allende, le confesó que había acumulado una definitiva distancia con la izquierda socialista y que nunca había aceptado la presencia comunista en gobiernos latinoamericanos, porque terminarían ejerciendo una dictadura y contra ella estaba preparado para luchar”.
“Yo estaba sentado al lado de Allende, quien varias veces me dijo al oído ‘Pobre Eduardo: está triste de haber dejado la Presidencia y porque yo estoy feliz de poder hacer finalmente la revolución que he soñado’ “.
Ocurre que nada de lo que en esas líneas se cuenta tiene algo que ver con lo que fue la realidad de aquel entonces. Urdir ese truculento encuentro de Allende con Gabriel Valdés, intermediario mediante, “un sábado de octubre de 1970” , llevado Allende del miedo de ser asesinado, para intentar conseguir una entrevista con Frei es absolutamente disparatado: “En forma nerviosa, Allende le pidió [ a Gabriel Valdés ] que gestionara una conversación con Frei, ojala nocturna, de manera urgente.”
Allende mantenía una vieja amistad con Frei, sostenida muy cotidianamente en la actividad parlamentaria común durante varios años, con ideales similares de modificación de la estructura capitalista de la sociedad chilena dentro de cauces democráticos, buscando la superación de las injusticias sociales campantes en ella, impedientes de un desarrollo acelerado y equitativo de su economía. Frei y Allende, además, eran vecinos en sus veraneos en Algarrobo, manteniendo entre ambas familias una relación cordial, habitual. En el trato personal, Frei y Allende se tuteaban. Cuatro días después de las elecciones, el 8 de septiembre de 1970, Allende se entrevistó con Frei en La Moneda. Sobraban razones y motivos para hacerlo, entre los que estaba la crisis bancaria suscitada por el pánico sembrado por la derecha y la perentoria y constitucional de tener que someter la elección al veredicto del Congreso Pleno, en atención a no haber obtenido en ella, ninguno de los candidatos en pugna, una mayoría superior al 50 %de los votos válidamente emitidos en la misma. Sabido es el estado de tensión que Chile vivió en esos días, centrándose las especulaciones en las figuras de Frei y Alessandri como eventuales protagonistas de hechos impedientes de la corroboración por el Congreso Pleno de la elección de Allende. En esa entrevista a la que me refiero, sostenida pocos días después del 4 de septiembre – mucho antes de “un sábado de octubre de 1970…” – Frei le habría manifestado a Allende sus crecientes temores sobre el fin próximo de la democracia en Chile, con referencias insistentes al peligro comunista que la Unidad Popular implicaba al llegar al poder y que, fatalmente, al sentir de Frei, sobrepasaría los principios democráticos reconocidos en Allende. Frei habría ido dramatizando su discurso, al tiempo que se paseaba de un lado al otro del gabinete presidencial. De pronto, Allende se levantó de su silla y en un gesto y ademán ocurrentes, en los que tan ducho era, se fue a sentar en el sillón presidencial, cortando con humor la densa retahíla de temores en los que Frei se enfrascaba aceleradamente. -¡ Siempre te he envidiado tu sentido del humor, Salvador ¡ – le habría dicho Frei, acusando la humorada. Y la entrevista siguió, ya en los términos cordiales y cercanos, habituales entre ellos. Fuente: el Presidente Allende. La veracidad de la realización y del talante de esa entrevista, en términos generales, ha sido acreditado por varios testimonios de personas cercanas a Frei. El ex Presidente Aylwin en una entrevista publicada por la Revista Capital en su nº 243 ( 12 al 25 de diciembre de 2008), dice: “Pocos días después de ganar las elecciones el 4 de septiembre de 1970, Allende fue a visitar al presidente Frei Montalva y le dice:´ Eduardo, parece que tú no confías en mi´ a lo cual Frei le responde: ´en ti confío, pero no en tus socios´ . La entrevista tuvo lugar en La Moneda, a petición de Allende, el día 8 de septiembre. A mayor abundamiento, valga otra cita: el ex Presidente del Senado, ex ministro y ex candidato a la presidencia de la República , don Andrés Zaldivar, en una entrevista que le hizo la historiadora Patricia Arancibia Clavel publicada el 31 de agosto de 2003 por El Mercurio, dice: “ El 6 [de septiembre de 1970] Allende fue a hablar con Frei. Acuerdan nombrarme el ministro de la transición” Vale la cita en la valoración que hace de haberse realizado la entrevista, aunque, al parecer, Zaldivar incurre en un error al atribuir, en esa fecha , el encargo que menciona, habida cuenta de que hasta la celebración del Congreso Pleno, el 24 de octubre, Allende no podía ser Presidente electo y, en consecuencia, difícilmente antes de serlo podía haber convenido en la nominación indicada. He mencionado esos testimonios en razón de ser ellos sostenidos por dos personalidades notables de la Democracia Cristiana , partido al que también pertenece don Gabriel Valdés S., testimonios de los que se infiere que un primer contacto, tras la elección del 4 de septiembre, entre Allende y Frei lo hubo mucho antes de ese inverosímil al que se refiere don Gabriel en sus anunciadas Memorias, en el sábado de octubre aludido. Pocas dudas pueden caber sobre la fuente que ambos personeros tienen de sus dichos al respecto: la del mismo Presidente Frei Montalva. Existen más testimonios de otras personas cercanas a Allende, derivados de la misma fuente que la mía, que pueden testimoniar la efectividad de lo que sostengo. Allende tuvo en esas fechas otras reuniones más con Frei, todas en La Moneda : una, antes del asesinato del General Schneider, cometido el 22 de octubre, y , a lo menos otra más, inmediatamente de ocurrido éste, sobre las que creo ya innecesario extenderme ahora, relacionado con “los encuentros secretos entre Frei Montalva y Allende” minuciosa y erróneamente descritos en las anunciadas Memorias de don Gabriel Valdés S.
Inesperadamente tocaron a su puerta. Era Max Marambio, amigo y jefe de seguridad de Salvador Allende, quien le dijo que el recién elegido Presidente quería verlo con urgencia.
Allende tenía miedo de que lo mataran los mismos que asesinaron a Schneider
Al poco rato llegó Allende en auto y le dijo:
-Usted es la primera persona de su partido que veo después de Tomic, porque le tengo confianza y nos conocemos desde tanto tiempo. Le quiero contar lo que me pasa y el riesgo que corro.
Enseguida, le relató que lo querían matar los mismos que habían asesinado al general Schneider; que su seguridad estaba a cargo de sus amigos personales que iban armados, porque no tenía confianza en Carabineros ni en Investigaciones, donde tenía enemigos declarados.
Las diferencias entre Allende y Miguel Enríquez “Lo veía tenso, cansado, pero siempre amable, con ese trato gentil que nunca abandonó. Algo había en él muy particular: era distinguido, elegante en el vestir, fino en su manera de saludar y caminar. Su gran afabilidad no correspondía con la imagen revolucionaria ni con el liderazgo de un movimiento donde la violencia era un instrumento virtuoso. Había una distancia sideral entre él y Miguel Enríquez, fundador del MIR, un joven moreno de pelo largo a quien yo había conocido en una recepción en la embajada de Cuba en Santiago, vistiendo de oscuro, sin corbata y cubierto con una manta negra. Allende era el antiguo socialista republicano y Enríquez el mito de la revolución sin destino, la encarnación del Che Guevara”.
Tenso encuentro
Al día siguiente, relata Valdés, le contó a Frei de esta visita y la solicitud de una entrevista. Caminando a grandes zancadas, le respondió que la encontraba “inútil y peligrosa”, porque sabía que “Allende iba a ser aplastado por la locura socialista que para él era inevitable y que, además, detrás de ella estaba el MIR, que era la expresión misma de la violencia. Finalmente, acotó que el proyecto de Allende se estrellaría con las Fuerzas Armadas”.
Pero Frei aceptó la reunión, aunque puso cláusulas como que se haría siempre que Allende llegara antes que él, después de comida, y que la reunión sería breve y en secreto.
“El encuentro fue tenso. Allende saludó afectuosamente, mientras que Frei fue más frío. Primero habló Allende sobre su derecho a ser protegido, relatando las amenazas que recibía y el atentado que lo había puesto en riesgo. Exigió que a cargo de la Policía de Investigaciones se pusiera a un funcionario de su confianza y que se le brindaran las garantías que correspondían a un Presidente electo. Frei le dio algunos nombres, ante los cuales Allende respondió que no los conocía. La reunión terminó con la promesa de Frei de colocar personas de su absoluta confianza, con instrucciones de otorgar la máxima seguridad”.
Tras la partida de Frei, Allende pidió a Valdés otra reunión más larga, que también se concretó en su casa.
Los presagios de Frei: el gobierno de Allende terminaría en llamas.
En este segundo encuentro, Allende inició su exposición con elocuencia y fuerza, sosteniendo que nadie podría poner en duda su legitimidad, y que su vida política, desde que fue ministro de Salud y después senador, era intachable. “Garantizó que no se saldría de la ley, que respetaría a todas las personas y sus bienes, pero que de una vez por todas cumpliría las promesas que durante varias campañas había ofrecido, ahora que le habían dado el triunfo”.
La escena es descrita por Valdés como “patética”, “un punto clave del proceso político que vivíamos”. Allende “fue valiente, elocuente y estaba a la ofensiva”. Frei “se notaba triste, contrariado y emocionado”. Allende, continuó Frei, “tenía que comprender la preocupación de la sociedad chilena e internacional, de las Fuerzas Armadas y, particularmente, de la Armada , por los violentos discursos de Carlos Altamirano y muchos de sus seguidores, por los desfiles callejeros que imitaban a los de Fidel Castro, voluptuosos y agresivos, que presagiaban una revolución. Frei fue duro y elocuente: golpeaba con sus palabras”.
Tomando un tono de mucha fuerza, (Frei) “le pronosticó a Allende que su gobierno terminaría con una crisis inmanejable, que la izquierda no sería capaz de mantener una posición democrática, que la penetración cubana iba a hacer indefendible a su gobierno y que tenía la convicción del fracaso que sobrevendría a la economía chilena al poco tiempo, pues el Estado carecía de capacidad para reemplazar a un sector privado fuertemente contrario a su gobierno. Le dijo que creía que la violencia se iba a hacer presente de inmediato y que, sin mayoría en el Congreso, tendría un fracaso tras otro. Mirando fijamente a Allende, le confesó que había acumulado una definitiva distancia con la izquierda socialista y que nunca había aceptado la presencia comunista en gobiernos latinoamericanos, porque terminarían ejerciendo una dictadura y contra ella estaba preparado para luchar”.
“Yo estaba sentado al lado de Allende, quien varias veces me dijo al oído ‘Pobre Eduardo: está triste de haber dejado la Presidencia y porque yo estoy feliz de poder hacer finalmente la revolución que he soñado’ “.
Ocurre que nada de lo que en esas líneas se cuenta tiene algo que ver con lo que fue la realidad de aquel entonces. Urdir ese truculento encuentro de Allende con Gabriel Valdés, intermediario mediante, “un sábado de octubre de 1970” , llevado Allende del miedo de ser asesinado, para intentar conseguir una entrevista con Frei es absolutamente disparatado: “En forma nerviosa, Allende le pidió [ a Gabriel Valdés ] que gestionara una conversación con Frei, ojala nocturna, de manera urgente.”
Allende mantenía una vieja amistad con Frei, sostenida muy cotidianamente en la actividad parlamentaria común durante varios años, con ideales similares de modificación de la estructura capitalista de la sociedad chilena dentro de cauces democráticos, buscando la superación de las injusticias sociales campantes en ella, impedientes de un desarrollo acelerado y equitativo de su economía. Frei y Allende, además, eran vecinos en sus veraneos en Algarrobo, manteniendo entre ambas familias una relación cordial, habitual. En el trato personal, Frei y Allende se tuteaban. Cuatro días después de las elecciones, el 8 de septiembre de 1970, Allende se entrevistó con Frei en La Moneda. Sobraban razones y motivos para hacerlo, entre los que estaba la crisis bancaria suscitada por el pánico sembrado por la derecha y la perentoria y constitucional de tener que someter la elección al veredicto del Congreso Pleno, en atención a no haber obtenido en ella, ninguno de los candidatos en pugna, una mayoría superior al 50 %de los votos válidamente emitidos en la misma. Sabido es el estado de tensión que Chile vivió en esos días, centrándose las especulaciones en las figuras de Frei y Alessandri como eventuales protagonistas de hechos impedientes de la corroboración por el Congreso Pleno de la elección de Allende. En esa entrevista a la que me refiero, sostenida pocos días después del 4 de septiembre – mucho antes de “un sábado de octubre de 1970…” – Frei le habría manifestado a Allende sus crecientes temores sobre el fin próximo de la democracia en Chile, con referencias insistentes al peligro comunista que la Unidad Popular implicaba al llegar al poder y que, fatalmente, al sentir de Frei, sobrepasaría los principios democráticos reconocidos en Allende. Frei habría ido dramatizando su discurso, al tiempo que se paseaba de un lado al otro del gabinete presidencial. De pronto, Allende se levantó de su silla y en un gesto y ademán ocurrentes, en los que tan ducho era, se fue a sentar en el sillón presidencial, cortando con humor la densa retahíla de temores en los que Frei se enfrascaba aceleradamente. -¡ Siempre te he envidiado tu sentido del humor, Salvador ¡ – le habría dicho Frei, acusando la humorada. Y la entrevista siguió, ya en los términos cordiales y cercanos, habituales entre ellos. Fuente: el Presidente Allende. La veracidad de la realización y del talante de esa entrevista, en términos generales, ha sido acreditado por varios testimonios de personas cercanas a Frei. El ex Presidente Aylwin en una entrevista publicada por la Revista Capital en su nº 243 ( 12 al 25 de diciembre de 2008), dice: “Pocos días después de ganar las elecciones el 4 de septiembre de 1970, Allende fue a visitar al presidente Frei Montalva y le dice:´ Eduardo, parece que tú no confías en mi´ a lo cual Frei le responde: ´en ti confío, pero no en tus socios´ . La entrevista tuvo lugar en La Moneda, a petición de Allende, el día 8 de septiembre. A mayor abundamiento, valga otra cita: el ex Presidente del Senado, ex ministro y ex candidato a la presidencia de la República , don Andrés Zaldivar, en una entrevista que le hizo la historiadora Patricia Arancibia Clavel publicada el 31 de agosto de 2003 por El Mercurio, dice: “ El 6 [de septiembre de 1970] Allende fue a hablar con Frei. Acuerdan nombrarme el ministro de la transición” Vale la cita en la valoración que hace de haberse realizado la entrevista, aunque, al parecer, Zaldivar incurre en un error al atribuir, en esa fecha , el encargo que menciona, habida cuenta de que hasta la celebración del Congreso Pleno, el 24 de octubre, Allende no podía ser Presidente electo y, en consecuencia, difícilmente antes de serlo podía haber convenido en la nominación indicada. He mencionado esos testimonios en razón de ser ellos sostenidos por dos personalidades notables de la Democracia Cristiana , partido al que también pertenece don Gabriel Valdés S., testimonios de los que se infiere que un primer contacto, tras la elección del 4 de septiembre, entre Allende y Frei lo hubo mucho antes de ese inverosímil al que se refiere don Gabriel en sus anunciadas Memorias, en el sábado de octubre aludido. Pocas dudas pueden caber sobre la fuente que ambos personeros tienen de sus dichos al respecto: la del mismo Presidente Frei Montalva. Existen más testimonios de otras personas cercanas a Allende, derivados de la misma fuente que la mía, que pueden testimoniar la efectividad de lo que sostengo. Allende tuvo en esas fechas otras reuniones más con Frei, todas en La Moneda : una, antes del asesinato del General Schneider, cometido el 22 de octubre, y , a lo menos otra más, inmediatamente de ocurrido éste, sobre las que creo ya innecesario extenderme ahora, relacionado con “los encuentros secretos entre Frei Montalva y Allende” minuciosa y erróneamente descritos en las anunciadas Memorias de don Gabriel Valdés S.
