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Agosto 19, 2026

Dedicas para llorar

La herramienta para llegar a las lágrimas fáciles es el instrumento o el tornillo del genio nacido para escribir dedicas. En eso andaba el Clorindo.  Era el carpintero de las palabras, el dolador anti machete. Para los profes de los talleres literarios él era una simple conjugación de la cebolla. Los incultos de los talleres, respondía el Clorindo, son como una garlopa antigua: el gramil de los idiotas que   parecen ser lija o clavo de una cruz.

El Clori hablaba como una tenaza que rompe avellanas.  “Godosky, no tengo nada contra vos y tus  letras que andan levantando  mortandad y, esto lo digo, que la santa te declare larga vida y no te condene a la locura de los otros genios del arte“.

Eso de la “santa te declare larga vida“ me molestaba.  Me sentía como las reverendas ya que al “Duce“ le deseaban larga vida. „No soy facho, Clori, no soy el duce… „ le respondía. “Te hago una dedica, Godosky: escucha.

“En el mandil de la boca oculta el cacatúa 
envasa el poema y apila versos coleccionados
para el escondrijo de tu amante callejera“.

“No me gusta“, le dije. “No tengo amantes callejeras… porque te refieres a las putas… y me ofendes… te lo digo, me insultas al mandarme al escondrijo, o al prostíbulo de la mujer desamparada…“

“No empieces con tus campañas, Godosky, porque mis palabras son incursiones que no ofenden sino que reflejan algo biológico…“

Hablar con el Clori era como ser pateado por una expedición terrestre de oradores religiosos que, en la táctica de sus mensajes, había verbos coloniales.

Al Clori lo conocí en una conquista. No piense el lector que llegamos con Almagro o Pizarro… nada de eso… el viaje fue largo… eso lo digo, porque nos conocimos en la transantiago. Hablamos de todo… de lo duro que es la vida en la ciudad y de lo complicado que es la transantiago para para bajarse de él.  El Clori iba a la población  “La Victoria“.  Le dije que yo también iba para ese lado ya que había conocido una muchacha que enloquecía hasta el cielo. El Clori me habló de su novia, una tal  Juanita. Le dije que mi novia también se llamaba Juanita. “La mía es tierna y bella. Morena de ojos verdes“ le confesé. “En cambio la mía tiene senos pequeños. Sus puntas son como dos “blitzkrieg“ decía el Clori. Cierto que llegar a la Victoria con metóforas en alemán no era poético. Siempre combatí el lenguaje prestado. Hay que ser claros: el blitzkrieg es nada más que “relámpago de guerra“. “Vamos, Godosky, no andes con rictus lingüísticos. Yo estuve exiliado en Alemania, al otro lado del muro, y tuve hasta ahogos de libertad. El pueblo tenía una dolencia “estalinista“, Godosky, porque si sudabas te mandaban al psicólogo por sufrir desgarros pro capitalistas“.  El Clori era pomposo y sumiso.  No respondí a sus vivencias en Berlin porque la película no era igual para todos. Cierto que el dolor de la población era fulgurante… He conocido tantos colegas alemanes del otro lado del muro. El desgarro de los marxistas es como una neuralgia confusa, más parecida a una migraña impuesta. Con todo eso nunca he sido un anti marxista… sino que el defensor de los que sufren.  Por eso, bueno, lo digo, no acepté ir a estudiar a Berlin, porque la guerra fría era irritante y nosotros eramos pacientes para cardiología que, con una par de jaquecas, podías morir de un infarto.  Hoy, entre la enumeración de recuerdos y llantos, tengo en mi mano una parte del muro. El Clori, rendía homenajes y dedicas a cada mujer que subía o bajaba de la transantiago, mientras yo iba a la Victoria con una lesión en el recuerdo.

La Juanita. Soltera. “Las ambiciones de mi novia son las de dormir con un poeta“.  Me informa el hombre de las dedicas. „Para mí sus ambiciones son  pura calentura“.  Le respondí.

“No te permito mortificar la pureza de mi novia, Godosky“.

Me sentí feliz. La punzada le había robado hasta un gemido de dolor.  Al llegar a la Avenida la Feria, el Clori, se despidió. Yo me bajé unas cuadras más adelante. En la casa de la Juanita, estaba su madre. Ella, más a una mujer parecía una yegua. Era una mujer con las convulsiones que piden sexo y no aguita de perro. Me sirvió un té. La Juanita, tan bella ella, estaba planchando una pollera blanca. A los pocos minutos, tocan el timbre. Entra el Clorindo. Un calvario.  “Ninfomano“, me gritó. El Clori con sus complejos, con su tirria de intelectual, ofendía a  la Juanita, a su madre y a mí. La manía de creerse poeta. El vicio de repetir palabras leídas, la anormalidad de un ser que teme al complejo y lo hace su muro eterno.  Para no mancillar la casa de la Juanita, invité al Clori a una picada del barrio.  El día se había manchado de injurias. Estábamos por entrar a la picada cuando el Clori vio pasar una muchacha, morena, de cabellos largos y de piernas largas.  “Te dejo“, Godosky, me dijo, y corrió detrás de la muchacha. Supe, eso me dijo la madre de la Juanita que hoy es mi amante, que el Clori y la muchacha se casaron. El Clori se transformó en pastor canuto, mientras yo y mi yegua, jugamos con los hijitos de la Juanita que se casó con un ser normal y de poemas no se entiende.

Godosky