Basta leer las agendas y declaraciones finales de estas citas para darse cuenta de la vacía retórica con que sus participantes se dirigen a las poblaciones, aun cuando en tales documentos recogen algunos de los temas acuciantes de la época: de la época más que de la coyuntura.
A veces lo rescatable de las cumbres es lo que sucede tras bambalinas, en las disensiones que a veces no trascienden justamente porque son trascendentes. En cambio, lo puramente anecdótico se convierte en lo único entretenido para el público. En los últimos días Qatar sirvió de escenario para el encuentro entre los países árabes –con notorias ausencias- y los de América Latina, y donde Michelle Bachelet y Hugo Chávez protagonizaron la anécdota.
En Francia y Alemania se conmemoraron los 60 años de la Otan, en presencia del líder estadounidense y sus colegas de esa organización militar. En Londres sí hubo substancia, porque desde gobiernos de derecha como el de Sarkozy hasta comunistas como el de Hu Jin Tao lograron que el de Obama se comprometiera a reformas en la arquitectura financiera mundial.
Pero las exigencias y diferendos volvieron a aflorar en la Cumbre de la Unión Europea con Estados Unidos en Praga, donde Barack Hussein Obama instó a “los 27” a acoger en su seno a Turquía, en lo que se estima un espaldarazo al mundo musulmán. El presidente francés reafirmó su oposición a “este puente entre civilizaciones”, diciendo que es un asunto que deben resolver sólo los europeos.
Las cumbres sirven también para que algunos dirigentes confirmen en el rutilante mundo del poder la popularidad que logran entre los ciudadanos de a pie. El protagonismo del nuevo ocupante de la Casa Blanca no es novedad, porque todos quieren verlo y oírlo, en la cima y en la llanura. Lo llamativo en la reunión del G 20 en Londres fue la consagración de Lula como líder sudamericano de las naciones emergentes.
La prueba de fuego del mandatario brasileño será en la próxima cumbre, la de las Américas en Trinidad y Tobago del 17 al 19 de abril. Ahí tendrá oportunidad de reafirmar sus demandas ante el Presidente estadounidense, quien en Londres lo voceó como “el político más popular del planeta”. Si Lula es consecuente tendrá que representarle en Puerto España que todos los países de América Latina han restablecido sus relaciones con Cuba y que ya llegó la hora de que Washington termine con el inhumanitario embargo a La Habana.
Será el test de la blancura para el líder que decretó el cierre de la prisión de Guantánamo por sus inhumanas prácticas y que debe demostrar aún que sus intenciones de modificar la política hacia Cuba son reales. Si esto es así querrá decir que efectivamente desea abrir la mano empuñada y extenderla al conjunto de América Latina, pero por ahora sus asesores parecen determinados a que el factor cubano no condicione los resultados del primer “cara a cara” de la nueva administración de Washington con un plantel de gobernantes cuyos referentes máximos son Lula y Chávez.
