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Agosto 18, 2026

Filosofía Maiden

 Ni tarada ni aburrida. Sí se ve algo bronceada por los avatares propios del último y rebelde solsticio, ese que se niega a dejar el cielo capitalino.  La platinada tropper luce jeans y zapatillas de marca, lentes oscuros y una polera negra a la cintura con el clásico logo de Iron Maiden. No pasa inadvertida, menos en ese mar de testosterona hardcore que inunda la planicie del Club Hípico a dos horas de la arremetida metalera británica.

Me da que pensar. ¿No es acaso un contrasentido? ¿O nos mintieron por años con el mensaje rockero más elemental que combate y rehúye al sistema capitalista? Parece inexplicable que sea entonces esta enorme tribu quien ostenta semejantes niveles de cohesión con el merchandising. Una percepción ambigua que irá tomando forma a medida que avanza la tarde entre esas tenidas uniformes calzadas en semblantes tan disímiles.

Witchblade abandona el escenario entre vítores y yo no dejo de observar con asombro. Otra paradoja me consume. La audiencia es sorprendentemente transversal y sin embargo se antoja homogénea, más que en cualquier otro mega-evento que tenga en la memoria. No hay presumidos con tecnología ni aires de grandeza por celular.

Loren Harris enciende la caldera y la rubia de hace algún rato enloquece junto a su pequeño séquito de tatuados acompañantes. Falta media hora para el minuto señalado. La masa inicia la revuelta y a ratos se hace insoportable. Guarecerse en retaguardia parece aconsejable, más cuando hay precedente de sobra. Como el de la Pista Atlética del Nacional hace un año, cuando en el marco del mismo Somewhere Back In Time Tour, el sexteto inglés brindó uno de los más soberbios y atolondrados shows de la temporada 2008.

¿Será similar esta vez? Mis respuestas decantarían tan pronto se encienden las luces de ese gigante armatoste con tintes egipcios –a la usanza legada en el álbum Powerslave, las mismas que resaltan en el Live After Death DVD– y comienzan a llover los acordes de “Aces High”. Apenas distingo la voz del frontman entre la pifia de sonido y el coro multitudinario. Sí, me convenzo. “Estos fans se saben cada gemido de las canciones”.

Apenas se supera el brete del micrófono, Bruce Dickinson emerge como amo y señor de la fiesta, impone su alucinante berrido en medio del mar guitarrero perfectamente sincronizado al son de “2 Minutes to Midngiht” y “Wratchild”. Ya es apoteósico. El ícono del heavy metal se ríe de sus 50 años mientras saluda, conecta y extiende el nexo con un público rendido y cómplice. La mancomunión es perfecta. A esa altura, la chica blonda de la previa desapareció en aquél pantano de cultores del Up The Irons.

Sin necesidad, para mi gusto, el set de canciones resalta una teatralidad de contenido. No es al azar ni un mero compilado de hits como se quiere resaltar por la crítica. Más que apelar al éxito calado se percibe en La Bestia una idea de mentado hilo conductor, un  in crescendo arrollador. Las emociones fluyen con “Panthom of the Opera” y viene el único y gran percance que termina por convencerme. Dickinson observa el adrenalínico embate de la muchedumbre y los instiga a retroceder unos pasos. La devoción también sabe de imperturbable obediencia…

Dave Murray revienta las cuerdas recordando los sones del antiguo marinero, Gers y Smith se turnan para seguirle los pasos. Se mueven extasiados por una audiencia que se hace cada vez más parte del espectáculo. Es el preámbulo de un climax que se extenderá por más de treinta minutos, un alunizaje musical que conmueve los sentidos. Comienza con “Run To The Hills”, un momento que uno podría denominar como de los más altos… Hasta que la noche da paso al delirio.

Por la pantalla uno puede ver al bajista Steve Harris “tocado” mientras la banda ejecuta “Fear Of The Dark”. Es que difícilmente exista en el orbe otra fanaticada tan conectada y protagonista. Corean la introducción y retrotraen los más solemnes cánticos hooligans.  Se distorsionan, están en absoluto trance cuando sus ídolos ejecutan la homónima “Iron Maiden” y suman al séptimo integrante en escena: Eddie, The Head irrumpe desde el medio de la tarima arrojando fuego y derrochando pirotecnia. Nunca vi “tanto rudo conmovido como niño”.

El bis trae más embates de buena melodía. Porque convengamos: aunque no goce de apertura mediática, el catálogo de los Maiden suena perfecto, apela a la virtuosidad en vivo, la misma que en otros tantos casos vimos que se pierde. “The Number Of The Beast”, “The Evil That Men Do” anteceden a una versión entrecortada de “Sanctuary”, cuyo intermedio aprovecha el grupo para anunciar otra visita, confirmar los cameos chilenos del premiado “Flight 666” y rendirse ante tal muestra de fervor donde Nicko Mc Brain, el batero más adorado del universo rock parece ser el favorito de todos.

Una hora y 55 dura tan delirante experiencia. Diviso a la rubia y su pandilla abandonando el recinto en medio del frenesí. Poco importa el cuello de botella y la inconfortable salida donde los toscos fans vuelven a confirmar el prejuicio. A esa altura uno los entiende y de cierta forma, admira su filosofía

Es del todo honesta, religiosa y única. Como el resistido arte de sus venerados emblemas. No queda duda; más que un concierto, La Doncella de Hierro regaló minutos de catarsis colectiva. Como pocos se han visto en estos suelos. Uno definitivamente no apto para poseros…