El más reciente ejemplo de ello es lo ocurrido con los límites marinos con Perú, que evidencia que el país no tiene una política con propuestas que creen realidades que eviten los conflictos, encontrando así a los problemas soluciones profundas y fructíferas.
Lo primero que debieran comprender los chilenos duros de mollera, es que en el norte no hay posibilidades de paz y desarrollo social reales y perdurables sin una auténtica integración regional. Esto requiere en nuestro país, en Perú y en Bolivia, una revolución cultural, un cambio de mentalidad y de sentimientos.
Vivimos en una realidad de continuos conflictos entre países vecinos que lo tienen todo al alcance de la mano para vivir en paz, armonía y hermandad. Y la realidad de conflictos permanentes la soportamos aparentemente cual si fuera normal. Esto en medio de un doble discurso, esquizofrénico, donde políticos, dirigentes sociales y medios de información reconocen la necesidad de la integración como pasaporte al futuro, y a la vez mantienen en pie, con palabras y actos, un nacionalismo chilenizante propio del siglo XIX.
En Iquique cada domingo en
la Plaza Prat, la principal de la ciudad, se realiza un desfile militar. Los distintos regimientos se van turnando, al igual que los colegios. Militares y niños marchan al son de monótonos ritmos marciales bajo el sol implacable del desierto, cada domingo. El público lo componen los familiares de los marchantes y poco más. Sobrecoge ver a los padres de las criaturas orgullosos con sus cámaras de video grabando sin pausa.El año 2000, el intendente de Tarapacá de la época, Jorge Tapia Valdés, mostró su disgusto con la existencia de un elevado número de bandas de pitos y percusión en los colegios y liceos de la región, bandas que interpretan marchas militares. Ardió Troya. Poco menos se trató al bueno de don Jorge de antipatriota, y cualquier iniciativa de darle un giro a las bandas fue rápidamente olvidada.
Mientras tanto más del treinta por ciento de lo que vende
la Zona Franca de Iquique, pilar fundamental de la economía local, se vende a Bolivia. Hace dos meses atrás el gobierno de Bolivia decidió negar el ingreso a su país de autos de más de cinco años destinados a la venta. Treinta mil autos permanecen en Iquique esperando compradores.No sólo las necesidades económicas del norte grande hacen necesaria la integración vecinal. La paz es un valor fundamental en sí mismo. El desarrollo humano necesita paz. La guerra es destrucción corruptora, y prepararse para ella también, o el vivir en un estado de conflicto latente, no necesariamente bélico, también.
Que el estado de conflicto en el norte entre países vecinos es en definitiva un asunto de contaminación ideológica sentimental, de intereses ajenos a los pueblos, lo demuestra la realidad cultural popular existente, mestiza, con elementos peruanos, chilenos y bolivianos. Las comidas, la música y los bailes tradicionales lo expresan con claridad. La presencia del pueblo Aymara también.
Desalienta en los días que corren, con una agenda de trabajo sustancial entre los gobiernos de Bolivia y Chile para avanzar en la paz y la integración, la actitud vacilante, indiferente, de los medios de comunicación y de la mayoría de los dirigentes políticos y sociales chilenos ante ella, desechando la posibilidad de terminar con un conflicto histórico muy dañino que amenaza con eternizarse.
