El principal demonio de la televisión “centropolitana” no es la farándula –subgénero de la entretención que tantos réditos rinde a la gerencia comercial de los canales–, ésta es apenas parte de su sustento; sin embargo, demonizarla a partir de su desmedida vocación farandulera, es simplificar la discusión, restarle mérito y oportunidad a la reflexión seria sobre el asunto de los contenidos de la televisión. Previo a ello es necesario diferenciar la televisión en virtud de sus sentidos y alcances.
La televisión, como género, en tanto medio de comunicación, engloba toda la televisión; cuando lo hacemos desde una perspectiva nacional, cabe distinguir entre televisión abierta, por cable, regional, comunal, e incluso, institucional (circuitos cerrados). La intención de este artículo es referirse sólo a la televisión abierta, que es la de mayor alcance nacional, tanto desde el punto vista técnico, como de su acceso masivo gratuito, democrático.
Cuando el realizador audiovisual Patricio Muñoz utiliza el término “centropolitana”, para referirse a la producción televisiva manufacturada con estándares metropolitanos, no hace sino alertarnos sobre la desmedida relación causa-efecto entre la gran ciudad capital y la televisión. Dado que Santiago es el polo de desarrollo más importante del país –por su capacidad de acaparar población y recursos, y que el modelo de desarrollo imperante concentra la actividad económica en este tipo de ciudades–, resulta apropiado entonces justificar el escaso interés de los canales capitalinos para invertir en regiones.
También hay que considerar que la televisión abierta es, por esencia, comercial; no es una industria benéfica ni su interés se centra en lo antropológico, ni su misión es ser reguladora de los modos de vida de la población –aunque en la práctica así sea–; por el contrario, el valor pecuniario con que se miden el éxito o el fracaso de sus programas suele prescindir de los televidentes como sujetos destinatarios con capacidad de elección. Las audiencias son valoradas en términos cuantitativos y no cualitativos; lo que importa es cuántos ven qué, no qué y cómo perciben un determinado programa. De modo que la calidad queda sublimada a las cifras impersonales.
No obstante, y en atención a la discusión de fondo, cabe analizar algunos tópicos referidos a los contenidos, más que a las inversiones que ello amerita. En primer lugar, sostener que la cobertura que alcanza la televisión abierta es suficiente premisa para determinar su verdadero interés por el quehacer del país en su conjunto, podría ser una falacia, puesto que ello no supera la mera intención de concretarlo; una cosa es llegar a un determinado lugar, y otras es para qué hacerlo; segundo, que los canales abiertos pregonen con bombos y platillos dicha preocupación, a mi juicio, no cumple esa buena intención, quedándose sólo en una cuestión publicitaria; se trata, en rigor, de una estrategia comercial tendiente a servir suculentos contratos y a cautelar un negocio demasiado grande; tercero, el evidente desinterés de producir contenidos desde regiones es enmascarado por la siempre recurrente explicación de los costos de producción involucrados; cuarto, la suma de todo lo anterior ha desembocado en lo que Muñoz califica como “centropolitano”. O sea, lo que vemos en pantalla es lo que sucede en Santiago, a sus habitantes e intereses comunes; lo demás es lo que sirve para relleno.
El subsecretario de Telecomunicaciones, Pablo Bello, dijo a mediados de 2007 en Concepción que “los principios de la política pública del gobierno aspiran a tener una televisión con la mayor diversidad y pluralismo, además de poder democratizar el acceso de los chilenos a más ofertas televisivas. La idea es que los temas de las regiones y asuntos locales también estén presentes en la pantalla abierta”.
Hace algunos años propuse a un importante canal nacional trasladar sus programas en vivo a regiones, y desde allí transmitirlos al resto del país con el objetivo de poner en pantalla a millones de chilenos marginados por las pautas santiaguinas, quienes no se sienten interpretados por la televisión hecha desde la capital. La respuesta fui el mutismo absoluto. En otro intento por relevar la importancia de la televisión en el desarrollo de las regiones, hace algunos meses volví a reunirme con ejecutivos de otro medio, a quienes les hablé de la urgente necesidad de establecer una nueva forma de vincular a la televisión con sus audiencias regionales, y de lo imperativo que se hace instaurar un nuevo relato, más inclusivo e integrador, que se haga cargo de los intereses culturales y sociales de cada región, las que permanecen ignoradas por el modelo centropolitano. En la ocasión expliqué que el proyecto consiste en la realización de los programas en vivo de ese canal desde las 15 regiones del país, mediante el establecimiento de alianzas estratégicas entre éste y aquellos medios locales y regionales que posean las competencias técnicas y los conocimientos de las respectivas zonas, de sus modos de vida, de su cultura e intereses. De nuevo, el mutismo no se hizo esperar.
La aparición de CNN Chile ha demostrado que la idea no es tan descabellada ni irrealizable; esa cadena ha abierto nuevos espacios de participación a medios regionales en la generación de sus contenidos, coincidiendo con el gobierno. “Cuando se analiza el estado de la televisión actual, la gente en regiones hace una crítica respecto del centralismo de la oferta televisiva, estamos convencidos que el paso de la televisión analógica a la televisión digital es la oportunidad de tener más y mejor televisión para todos, tanto desde el punto de vista técnico como de la diversidad de contenidos que puedan estar en la pantalla abierta”, dijo el subsecretario Bello. Y agregó: “Santiago no es Chile. Lo que estamos haciendo como Gobierno en Concepción, es enfatizar que el país también está en regiones y queremos que esa identidad diversa se refleje en la pantalla”.
La preocupación existe a nivel gubernamental, sólo falta que los canales se atrevan e inicien una verdadera transformación de sus contenidos, desterrando la autorreferencia enfermiza de mirarse el ombligo y volver cada cierto tiempo a poner en pantalla lo ultra visto. La televisión tiene que cambiar, el país ha cambiado y ella no ha enfrentado el desarrollo de la misma forma. Los canales también deberían sincerar sus propósitos para no cazarse los dedos en la puerta; ninguno de ellos debería embelesarse con la promesa de la supuesta cobertura total del territorio nacional sin que tengan la posibilidad de concretarla, de lo contrario, deberían conformarse con lo que muchos de ellos son: canales regionales, y sobre todo, metropolitanos; peor aún, santiaguinos. Hoy resulta insostenible un modelo de televisión como el actual, con la latera excusa de que “es lo que la gente quiere ver”, donde, aparte de la farándula capitalina que dicta la pauta del entretenimiento, sólo vemos delincuencia como insumo de los noticiarios, y sobre todo, mucho fútbol.
Tampoco es aceptable seguir viendo programas sin más contenidos que la incansable exhibición de videos caseros con situaciones jocosas, y continuar pagando millonarios sueldos por semejante barbaridad, sin que para ello medie un auténtico esfuerzo por producir programas que incluyan a todos los chilenos en sus temáticas; se trata, ni más ni menos, de una alevosa ofensa a la inteligencia de los televidentes, y una dramática comprobación de la escasez de creatividad. Así como tampoco debería ser aceptable que los canales se “esmeren” en copiarse unos a otros, cada vez que aciertan con una idea que les resulta. Ya basta de insistir con esa fijación enfermiza de querer replicar un “Buenos días a todos” en todos los canales; a TVN le resultó. Busquen en otro lado; en regiones, por ejemplo.
La televisión chilena debe poner en pantalla un catálogo más fresco y renovado de rostros, de temas y de modos de vincularlos; no hacerlo es continuar sirviendo la cultura minimalista de la capital, cuyas temáticas han saturado a cerca del 60% de chilenos que habita en regiones, y que ya no merecen ser tratados como extranjeros en su propia tierra. El gran demonio de la televisión no es la farandulización de sus contenidos, ni su vocación a replicar todo lo que suene a exitoso, ni siquiera su desmemoria intencional, ni su esnobismo, ni su arribismo, sino su temor a un verdadero cambio cultural. La televisión chilena ha modernizado su tecnología, lo que aún no ha hecho, es cambiar su relato, éste sigue siendo inspirado en una historia monotemática, que habla de unos habitantes de una ciudad ubicada al centro de un país largo y estrecho. Ella tiene el deber de acometer el desafío no sólo de entretener e informar, también de educar, y debe hacerlo mediante el compromiso de incluir a todos los chilenos en ese propósito.
Existen unos spots de Colún sobre “la gente del sur”, cuya emotividad remece hasta al más indolente. ¿Por qué no los hicieron en Santiago? Porque Santiago no tiene el monopolio de la magia, ni el viento del sur; porque Santiago no es Chile. Por eso.
