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Agosto 18, 2026

Antonio Cortéz Tersi, el penúltimo intelectual del socialismo chileno

Por fuertes que sean los condicionamientos económico-sociales, como la pertenencia a una clase social determinada o la posición en la estructura productiva, quien se ha definido como intelectual siempre tiene la capacidad de optar por los intereses de los opresores o de los oprimidos; valer decir, puede elegir entre la alternativa de crear productos ideológico-culturales enmarcados en los fines de la explotación o en los ideales de emancipación y liberación del género humano.

En esta última categoría se enmarcaba Antonio Cortéz Terzi, uno de los principales analistas del socialismo chileno de fines del siglo veinte y comienzos del siglo veintiuno. Un teórico de relevancia que no acaparo páginas en los diarios ni tuvo cargos de representación cupular dentro del Partido Socialista, que le permitieran trasladar el debate desde sus rigurosos artículos de reflexión hasta la orgánica a la cual le entregó su confianza, para instalar un pensamiento estructural y de proyección, que fuese más allá de las coyunturas políticas de la contingencia nacional.

La pregunta es: ¿por qué si los intelectuales como Cortéz Tersi, por la propia naturaleza de su oficio, estaban en mejores condiciones de posicionarse al interior de las organizaciones partidarias, generalmente terminaron aislados y hasta desprestigiados durante la transición en el país?. La razón, por desgracia, tiene que ver con un estigma de la política nacional, no solo de izquierda, en todos los tiempos: en la lucha política no se privilegian los instrumentos de la razón, sino la violencia verbal, la manipulación, el chantaje y las negociaciones por detrás de los bastidores. Y en esto, el sociólogo chileno no tenía experticia alguna.

Gramsci señalaba. “Todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres cumplen en la sociedad la función de intelectuales”.  Por el contrario, son un número muy reducido los que escogen este camino como una vocación política, la de la elaboración de pensamiento sin rol mediático, para ponerse en la “barricada” de los marginados, interpretando a través de sus análisis los proyectos que deberían conducir a un pueblo hacia una libertad más plena y más justa.

El talento e inteligencia de Antonio Cortez Tersi conllevan a una renuncia material y de prestigio público, quien lea la biografía de Carlos Marx, se informará sobre las penurias económicas que debió enfrentar para entregarle su vida a la creación teórica orientada a crear las condiciones sociales para transformar la realidad. Mientras los grupos políticos se  mueven en las esferas del poder confrontándose entre la retórica y la demagogia del momento, intelectuales de su categoría pensaron Chile con un fisonomía social diferente, menos materialista y cada vez más humana.

Por lo general, los intelectuales se rigen por valores cualitativos que se desprenden de su sensibilidad estética, de su comportamiento moral o de su comprensión teórica. En la medida en que el capitalismo todo lo convierte en dinero, en mercancía, en valores puramente cuantitativos, los intelectuales sienten una aversión casi natural contra el capitalismo. Incluso quienes no han adherido al proyecto histórico de las clases subalternas, que en términos generales se define como “socialismo”, coinciden con los intelectuales revolucionarios en esta aversión, convirtiéndose en críticos del sistema y de sus formas de poder.

De allí que Jorge Castañeda, por ejemplo, atribuye a los intelectuales de América Latina algunos rasgos distintivos que les confiere un rol, más allá de su filiación ideológico-partidaria: guardianes de la conciencia nacional, críticos en constante exigencia de responsabilidad, baluartes de rectitud, defensores de los principios de carácter ético-político del humanismo, críticos del sistema imperante y de los abusos de poder, etc. Sus productos ideológico-culturales están fuertemente marcados por esos rasgos.

El intelectual, pues, cumple una doble función: es crítico frente al poder y, al mismo, tiempo es constructor de una “nueva e integral concepción del mundo”. Tal vez este último carácter sea decisivo en la diferenciación entre intelectuales de izquierda y de derecha: si todos los intelectuales son críticos frente al poder y frente a toda clase de atropellos, los primeros se encuentran empeñados en la construcción de un nuevo mundo de valores; participan activamente en la lucha social con esos fines y sus obras son expresión de los valores que encarnan los nuevos sujetos sociales. Sea a través de la sensibilidad estética o sea a través del razonamiento lógico, sea con los instrumentos del arte o con el de las ciencias y la filosofía, los intelectuales participan en ese gran proyecto de construir una nueva e integral concepción del mundo que termine por enterrar la barbarie suicida del capitalismo.

En la historia del socialismo chileno, rico en matices y experiencias de lucha durante el siglo veinte, se destacan escasos intelectuales elaboradores de ideas para vitalizar un proyecto que marcó un hito con la presencia de Allende en el poder en la década del setenta, el filósofo Eugenio González, actor de primera línea de toda una generación y Antonio Cortéz Terzi quien nos deja un legado doctrinario y orgánico que se proyecta a través del Centro de Estudios Sociales AVANCE.

Antonio nos vemos el en cielo, donde seguramente ya estás conversando con Allende y todos los mártires del socialismo chileno, para empujar con tus ideas al país, hacia una realidad socialista tan necesaria entre tanto consumismo y renuncia valórica, estimulando con tu conducta a que muchos renegados que hoy esconden su pasado revolucionario liberen al socialismo del eclecticismo en que pululan, y permitan que las nuevas generaciones derriben los miedos y los mitos que frenan el avance de las masas, para que transiten por las grandes Alamedas en busca de la libertad que un día nos sesgaron.