Dicen que los países tienen los gobiernos que se merecen. Posiblemente… Y desde ese prisma, la ley facilista del conformismo social puede alcanzar a todo ámbito, incluyendo el artístico. Entonces, tendríamos que decir que Chile tiene el festival que se merece. ¿Sabe qué? Si bien no me alineo con las generalidades, esta vez creo que el lugar común se ajusta bastante a la realidad. Cumple bodas de oro, es verdad. Y por más que los epitomes constantes nos revelen evidente progreso, uno de transformaciones generalizadas por sobre la fotografía política de taxativo momento, no hay que “verse la suerte entre gitanos”. La Quinta Vergara acusa hitos que marcan su real trascendencia limitándose al régimen militar de Pinochet y el retorno a la democracia como rodeo social envolvente.
A partir de allí, en el inconsciente colectivo cualquier manifestación era trasgredida en su formato, alcanzaba ribetes de significado por sí misma, equivocada o no. Desde Bigote Arrocet cantando “Libre” en 1974 –homenajeando a Nino Bravo, no al golpe militar- hasta la venia ideológica para que Los Prisioneros por fin pudiesen actuar en 1991, cuando ya estaban “disueltos”. Pasando por el “hay que escuchar la voz del pueblo” de José Luis Rodríguez en 1987 a la declaración de solidaridad con los artistas chilenos oprimidos a cargo de los geniales Mr. Mister un año más tarde. Héroes, villanos, censuras, el pueblo, sus transformaciones y su casi única ventana de expresión masiva, la misma que en los ’70 veneró un poder forzoso y poco después lo reprochaba desde la misma galería ganándose el apodo de “monstruo”.
Sin dejar el hilo conductor de tan marcada y polarizada era, hay que ser justos y por qué no, aún más precisos. El Festival de Viña nos trasluce como sociedad, como nación, en costumbres, aciertos, gustos, prejuicios, mañas, trancas, ganadas y perdidas. Más que carta de presentación hacia el mundo es el dedo en el ombligo que apunta a aquello que nos colorea la identidad.
Fíjese no más. El magno suceso acusó siempre una marcada falta de rock en su programación. El chileno común no aprecia el buen rock. Un ejemplo notable, el de 1998. Por una parte, U2 dando su primer show en el Estadio Nacional de Santiago, un espectáculo de nivel mundial en vivo por TVN. Un lujo con alto transfondo político que apenas alcanzó los 14 puntos de rating. Al otro lado, Cristián Castro y sus baladas intravenosas rondando los 40 dígitos de sintonía.
Sigo buscando “chilenismos” en el brillo costero que concentra la voz por estos días. Todo el mundo “pela” el evento, sin embargo, todo el mundo lo ve: doble estándar genuinamente nacional. De vez en cuando, tratando de rellenar hemos vistos maravillosas sorpresas traídas a última hora –The Police, Miami Sound Machine con una desconocida Gloria Stefan, Faith No More- o incontables números de poca monta. Nada nuevo: el chileno es el rey de la improvisación. Tanto como los animadores que de repente suben a la Quinta Vergara a refrendar esa característica.
¿Más? Los humoristas, provenientes en general de un medio artístico más volátil o inestable si se quiere, son el juguete favorito del público, nuestra propia versión moderna del circo romano. Una especie de prueba vital, lastimera o apoteósica dependiendo del final. Cada vez los hay menos, como el pobre en los grandes cargos o el estudiante de reales bajos recursos demostrando su validez a la par con el más acomodado. Un leve olor a arribismo con tintes de chaqueteo, similar a la guerra descarada de los canales.
Súmele esa capacidad de colgarse de lo que está de moda, ese oportunismo tan nuestro, tan desadaptado a veces. Si falta poco para ver CNN pase notas del carrete en los cerros de Valparaíso. Se pierden hasta los horizontes editoriales, todo por “aparecer” en el epicentro de la chabacanería.
El nacido en este suelo siempre mezcla, le gusta todo y tiene la capacidad casi única de mixturar desde lo que bebe hasta lo que escucha, desde lo que compra hasta lo que presume. La parrilla festivalera debe ser una de las más heterogéneas que se pueda palpar en eventos de esta naturaleza en el globo. No es chiste.
Gente nuestra que hace veinte años se colaba en el cerro y poco a poco ganaban lugar encimándose al escenario, hoy dio paso a generaciones que reservan y pagan electrónicamente sus tickets por ver un ramillete relativamente parecido al de antes: Estatus del nuevo Chile.
La lista es más larga pero innecesaria. Si finalmente, no es Viña quien sólo tiene festival. Es Chile, es la fiesta de todos. Distinta a la de antes, es cierto. Más segmentada, apuntada a una audiencia netamente televisiva y claramente menos severa en los dictámenes.
Es lo que somos reflejándose en seis días sobre un mismo plató. Lo que hay, lo que nos agrada y lo que nos contradice. Lo que merecemos… Es “el show”.
