No es mucha exigencia creo, solicitar un poco inteligencia a la hora de elegir las palabras que describirán nuestro exuberante mundo aparente. Para nutrir el vocabulario existe un método bastante común y arcaico, incluso más añejo que el vicio y la profesión más antigua del mundo: la lectura regular de libros. Empero, en una sociedad entrenada en la ignorancia y la flojera intelectual como la chilena (en aras, cómo no, de la dominación de la conciencia local) nombrar la palabra “libro” produce hipso facto diversas reacciones en el emisor: espasmos, sollozos, histeria, jaquecas, desmayos, flatulencias. A esto se suma la más llana vulgaridad emanada de esa piedra filosofal que es la Televisión chilena, donde a base de concupiscencia debatida en platós de televisión, violaciones y crímenes descritos con lujo de detalle -porque sin duda constituyen temas-, se adoctrina a las audiencias respecto al deber ser del hombre y la mujer de Chile: la bestialidad. Por supuesto que lograr aquel estado del alma y del cuerpo resulta cuestión fácil, pues si se conjuga bien la nomenclatura intelectual socialmente establecida (esto es: televisión, prensa oficialista y libros sumamente caros), en dos o tres años usted tendrá la dicha de pasar a formar parte de un selecto club campestre, dominado por vacas, cerdos, ovejas y alguno que otro zorro, a pesar de que estos últimos suelen representar un peligro mayor debido a que son los únicos que manejan la técnica y no se dedican sólo a rumiar como las Angus o las Hereford (de ahí que su población haya disminuido tanto a favor de la industria de la peletería, dicen.)
¿Vocabulario o Vaca-vulgario?
Hay quien dice que los chilenos “hablan mal” ¿Habrá querido decir “ladran”? Quién sabe. La verdad es que la degeneración reciente de nuestra lengua, enriquecida a base del insoportable argot de la estupidez y la mojigatería, nos está transformando en el hazmerreir de Latinoamérica.
Me encontraba yo parado en la fila del supermercado, cuando de pronto escuché sin querer una conversación entre un extranjero (supongo alemán por el constante “strasse” que salpicaba sus predicados) y un chileno, y cual no fue mi asombro al identificar en el discurso de Heinrich, Markus o Torsten chorradas del estilo “la hueá, que heavy, que agresor, un chano, pico con la hueá”, mientras el otro resumía sus respuestas con el último vocablo de moda en materia de demagogia: “Igual ese es un tema” (Tema: palabra que dada su utilización en todos los ámbitos –escatológico, político, antropológico, mitológico y futurológico- contiene cualidades metafísicas y casi imposibles de describir, como el dasein) “Qué espiritual el “haula” chilena”, dirá un extranjero avecindado en la nación. Ecce Hommo Chilensis.
Chile es un país que desde hace un par de años viene pregonando la estabilidad económica y financiera y esto debido a la fortaleza de sus instituciones –en las que casi nadie cree- y a que ha sabido regatear bastante bien sus riquezas naturales al imperialismo extranjero. Por supuesto que ha habido una mayor cantidad de recursos pero ¿Significa esto que nuestra amplitud verbal también ha ido en crescendo? Sospecho que no. Basta contemplar a nuestros representantes y sus discursos, de ordinario superfluos y baladí claro está, pero antes que todo atiborrados de clichés y lugares comunes, sin ningún contenido profundo o considerado, más bien tendientes a remplazar la grosería y la escasez de ideas con esa palabrota cuyo significado se adecúa a cualquier asunto y devenir: Tema ¿Por qué motivo el hambre, la miseria, el sujeto o predicado, la lluvia, la cesantía, las tejas, la alfalfa, las jofainas, el arrollado primavera y el jengibre constituyen Temas? Nadie lo sabe. Comprendemos que en la vida común el senador o el diputado, el agregado o el seremi dirían “la hueá”, pero como en televisión esas palabras auténticas y arraigadas a nuestra cultura suenan demasiado grotescas, es mejor alambicar la estupidez con algo vinculado a un Tema.
Para qué citar aquella delirante costumbre de conjugar palabras extranjeras, cuyo significado real prácticamente nadie conoce pero que sin embargo constituyen hoy en día rasgos característicos de nuestra cultura a la medida de las papas fritas y las hamburguesas de callosidad de pies gringos: “Hoy día estuvimos chateando con la Marixa en el Messenger y le pedí que me grossapeara las hueás, pero cachai que la muy luser me dijo que no podía porque estaba súper psicoseada”. Lo increíble es que se trata de algo horizontal, es decir, ricos y pobres, viejos y jóvenes, mujeres y hombres se transmiten amor y pasión, felicidad y agonía a través de la insipidez y la bajeza que emana de tales payasadas. Y qué decir del éxito radial de hace algunos años “shi pa puta la hueá”, con cuya letra muchos y muchas sintieron afinidad absoluta…
La metafísica del Tema
Ya me he referido anteriormente a la palabra Tema (una lectora me escribió “Me encantó el Tema de su Columna”) sin embargo poco se ha profundizado en su ser, en la metafísica que le subyace en tanto vocablo capaz de resumir el contenido de cientos de miles de campos del pensamiento, la jardinería hasta llegar a la salsa de tomates ¿Una fenomenología del Tema? Existe en nuestras clases dominantes –y aún en la burguesía intelectual chilenoide– dos tendencias bastante marcadas en lo que se refiere a las modas del pensar y del hablar: la pronunciación incorrecta de la CH que en Chile se describe junto a una “t” -El Tchantcho, la Cotchambre, el Tchamán- y el mega prostituido Tema. Este último nos atrae en particular debido a la amplitud de temas que abarcan sus imperios. El tema es algo que se transforma en el salvavidas de la ignorancia y la estupidez de quien lo utiliza, debido a que su limitado campo de palabras existentes le impide representar efectivamente la realidad que anhela describir: he ahí el sentido del Tema. Encima su pronunciación –acompañada de la insoportable y aguda voz de pito Chilensis- viene antecedida por la arrogancia de quien emplea el Tema, pues hay que ver que sólo el ministro y el abogado saben cuáles son los Temas. El tema para los efectos Chilensis, es decir su ser mismo o das sein (jamás Dasein), tiene dos cosas a su haber: la incomprensibilidad que le es propia en todos los sentidos y la califragilística, dualismo sin el cual sería imposible entender a qué se refiere el senador cuando otorga cómo una respuesta a la pregunta que interroga por el sentido de nuestro ser tercermundista (Traducción: ¿Habrá miseria con la crisis global?) “Ese sí que es un Tema”. Debido a su carácter multidisciplinario, el Tema contiene en sí mismo todo, pues –recordando a Heidegger- tiene la posibilidad de abrirse a los demás entes como ningún otro ente puede hacer, de existir en el tiempo, en el ahí, el tema queridísimos lectores es un “Ser ahí”. Ni el fuego, ni el viento, ni la percepción sensible, ni la soledad o el silencio se corresponden con una riqueza espiritual tan amplia como el Tema, pues el Tema engloba todos los Temas, y ya que su utilización se ha proyectado en nuestro tiempo hacia el infinito ¿Por qué no se abren maestrías y doctorados para sistematizar de una vez por todas el estudio filológico del Tema? Filología Temática, Antropología Tematológica, Ingeniería en Tema e inclusive la mística del Tema, con Arcanos, Runas y Oráculos que se dediquen a descifrar el mensaje oculto del alma del Tema. Este tema da para rato ¿Tema? ¿Qué es el Tema?
Ante todo, precisamos superar nuestra llana ignorancia ¿Cómo? A través de la lectura. Sólo los libros procuran la extraordinaria capacidad de hacer justicia al logos, sin que tengamos que recurrir a la tortura de nuestro intelecto para describir el mundo. Una sabia escribió hace un tiempo: “Ponme una ropa oscura, la ropa de labor, trátame con dulzura, como si fuera una flor. Verás cuando oigas locas historias infantiles, que charladoras bocas son mis hojas sutiles. Mi saber es liviano, mi saber es profundo. Niño, me das la mano y yo te muestro el mundo. Yo te presento un hada y te charlo del sol, de la rosa encarnada, prima del arrebol; de la patria gloriosa, de las almas de luz, de la vida armoniosa del maestro Jesús. Mis hojitas nevadas piden solo un favor: de tus manos rosadas un poquito de amor”. El Ruego del Libro.
