El vértigo parece ser el signo del comienzo de la administración del Presidente negro de Estados Unidos. Al juramento en que el titular de la Corte Suprema alteró la secuencia sacramental –y que debió repetirse al día siguiente “por si acaso”- y a la ovación de dos millones de personas en la Explanada Nacional de Washington siguió un discurso de Barack Obama que podría ser calificado de tormentoso y esperanzador a la vez.
El nuevo Mandatario no omitió casi ninguno de los males que aquejan hoy a su país y el planeta, dando a sus palabras una impronta de cambio, mientras en esos precisos momentos, en varias oficinas gubernamentales, los nuevos funcionarios tomaban posesión de sus escritorios y computadores, alistando los documentos que en los próximos minutos comenzaría a firmar el nuevo mandamás. Entre tanta ceremonia cívica y religiosa, la mente de Obama no descansaba, pese a su aparente distensión durante los múltiples saludos, la despedida a Bush, los brindis en el Capitolio, la caminata por la avenida Pennsylvania y los bailes con su señora y las anfitrionas de algunas de las diez fiestas a las que debió asistir durante la noche.
A la mañana siguiente ya tenía firmada numerosas órdenes ejecutivas que paralizaban las llamadas “normas de medianoche” de un Presidente saliente, aquellas que Bush firmó entre la elección y el día del relevo, incluyendo una sobre la investigación de células madre embrionarias. También pidió a los jueces militares suspender los procesos a los prisioneros de Guantánamo, en un primer paso para cerrar esa prisión y centro de torturas de la administración anterior, dando cumplimiento así a una promesa que se transformó en emblemática durante su campaña: el respeto a los derechos humanos aun en tiempos de guerra.
Su llamada no al jefe de gobierno israelí sino al presidente de la Alta Autoridad palestina tradujo también en hechos las palabras de su discurso de investidura en que ofreció tender la mano a todos quienes abran el puño. En este caso, el gesto lo hará un enviado especial, el hombre de la paz del Ulster, George Mitchell.
Y como siguiendo la pauta del libreto de su discurso, Obama se reunió con la plana mayor del Pentágono, para implementar un plan de 14 meses para “dejar Irak, de una manera responsable, a su pueblo” y, contradictoriamente, enviar más soldados a Afganistán “para forjar la paz” allí.
En el primer día hábil de su Presidencia, Obama se reunió también con sus principales asesores económicos, para dar vida a un urgente y cuantioso plan de rescate de lo que en su discurso inaugural llamó una “economía gravemente debilitada, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles”, cuadro en el que situó los “dogmas caducos que durante mucho tiempo han estrangulado nuestra política”.
Claramente Obama está optando por un cambio drástico, que pone fin a la era neoliberal sin contrapeso inaugurada por el Presidente Reagan a comienzos de los `80. Pero no lo va a hacer bajo el signo de una nueva ideología que rescate el papel del Estado. Se guiará por un pragmatismo que desecha la discusión sobre un “gobierno demasiado grande o pequeño”, para enfocarse en si éste funciona o no. Los planes que sirvan para la recuperación de casas, empleos y empresas, seguirán; aquellos que sean ineficientes terminarán. El debate sobre si “el mercado es una fuerza del bien o del mal” lo zanjó rescatando el poder del mercado “para generar riqueza y expandir la libertad”, pero advirtiendo: “Esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia el mercado puede descontrolarse y que una nación no puede prosperar mucho tiempo si sólo favorece a los ricos”.
Con este pensamiento Obama ha llegado a coincidir nada menos que con Karl Marx, cuya densa obra “El Capital” ha aumentado sus ventas en los últimos meses. El teórico alemán siempre reconoció la formidable capacidad del capitalismo para desencadenar las fuerzas productivas, pero al mismo tiempo para generar la concentración del poder económico.
Con la caída del muro financiero de Wall Street y la consiguiente asunción en el National Mall de un negro progresista, las campanas parecen llamar a ciertos cambios en el orden político y económico internacional, no para una superación del sistema –eso no podría lograrlo ningún Presidente ni Obama quiere hacerlo, ya que él se siente un beneficiario del llamado “estilo de vida americano”-, pero sí para introducir algunas políticas económicas, sociales y de relaciones exteriores que atiendan más a los sectores periféricos de Estados Unidos y el planeta. Pero el idealismo es algo que en la historia suele ser absorbido por el poder, tal como lo prueban las revoluciones aún más que los movimientos reformistas.
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