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Agosto 18, 2026

El gobierno del presidente Allende (factores externos) / V

Podemos hablar de crisis política en aquellos casos en que las decisiones   dejan de tomarse de la manera y desde los lugares donde se había hecho hasta entonces. El gobierno de la Unidad Popular tenía que producir necesariamente en una crisis del sistema político chileno, era algo inevitable.

Desde siempre las decisiones se habían adoptado en un muy reducido grupo de oligarcas nacionales, ora coordinados ora subordinados al imperio americano y/o inglés, las decisiones políticas cambiaron no sólo en contenido sino también en quiénes las adoptaban, millones de trabajadores tomaron efectiva y realmente en sus manos las decisiones más importantes de nuestro país a partir del 4 de Noviembre de 1970. Esa gigantesca democratización sólo dio un paso atrás luego del intento golpista del 26 de Junio de 1973 a partir del cual la conducción política de la Unidad Popular pretendió bajar la temperatura del conflicto y llevarlo a la mesa de las negociaciones, paradójicamente, en esos días la dirección popular sacó la política de las calles y la contrarrevolución la  llevó a ellas.

En los años 20 del siglo XX la sociedad chilena oligárquica y semifeudal evoluciona  hacia un capitalismo atrasado y dependiente, emergió entonces un nuevo actor en las luchas sociales, el proletariado urbano, pero éste posee cualidades distintas y superiores al peonaje disperso, tiene organización (sindicatos/partidos) e ideologías (socialismo/anarquismo).

De ahí que las crisis políticas de los años 20 y comienzos del 30 se superen a través del establecimiento de una suerte de estado de compromiso, fuertemente impregnado de las conquistas de la clase trabajadora y sus partidos. No se trata en estricto rigor de un compromiso histórico alcanzado a partir de la buena voluntad del sistema de dominación. Son los oprimidos que van ocupando, a partir de sus luchas, diversas posiciones en el sistema a tal punto que alcanzan el Poder Ejecutivo el 4 de septiembre del 70.

Entre los años 30 y el 70 hay represión, masacres, leyes de proscripción, pero el sistema jurídico político era lo suficientemente flexible y elástico para poder procesar en su seno las contradicciones sociales.

Una situación revolucionaria es aquel momento culminante de la crisis en que los de arriba ya no pueden seguir mandando como lo venían haciendo y los de abajo se niegan a seguir obedeciendo, a lo cual se suma la condicionante subjetiva de existir una vanguardia política con la decisión de subvertir radicalmente el antiguo esquema de dominación. Es lo que en Vladimir Ilich Lenin se conoce como las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución.

El sistema de dominación capitalista de la sociedad chilena vivió una profunda crisis política con el advenimiento de la Unidad Popular, a partir del paro de octubre de 1972 ésta deriva claramente en una situación revolucionaria, que sólo podía desembocar en el triunfo de la revolución o su aplastamiento sangriento por la contrarrevolución.

Un enfrentamiento de tal envergadura tiene múltiples causas, exógenas y endógenas.

Se mencionan habitualmente y con razón factores externos en la configuración de la crisis del 73. Entre los más recurridos están  la guerra fría, la política exterior del gobierno cubano y la intervención norteamericana. Pasamos analizar estos factores.

A.- LA GUERRA FRIA

El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique) alcanza el poder, de acuerdo al calendario occidental el 7 de noviembre de 1917. Luego de ello se desató una guerra civil de grandes proporciones. El naciente estado soviético debió sufrir no sólo la reacción armada del zarismo y los capitalistas rusos, sino también la agresión combinada de los ejércitos de la Entente (coalición aliada en la  Primera Guerra Mundial), a lo menos 12 ejércitos extranjeros las emprendieron, sin éxito contra el poder soviético.

La Internacional comunista con sede en Moscú y presidida por Grigory Zinoviev durante sus primeros congresos adoptó resoluciones en el sentido de llevar adelante la revolución mundial, militantes de muchos países incluidos varios latinoamericanos trataron de llevar el fuego de la revolución a todo el orbe (Al respecto véase “La Insurrección Armada”, de Neuberg).

A comienzos de los ’30 consolidado el stalinismo en el país de los soviets la política exterior da un brusco giro y de sus tonos revolucionarios pasa a promover los Frentes Populares Antifascistas, alianzas de clases amplias destinadas a evitar el advenimiento del fascismo como había ocurrido en Alemania e Italia y ocurriría en España. De la ofensiva revolucionaria se pasa a la defensa de las democracias.

Esta nueva política tenia un componente de realismo toda vez que la línea del “clase contra clase” había aislado a la clase obrera de los sectores medios y de la socialdemocracia. Tenía también un componente conservador pues abría paso a políticas de estado replegadas sobre sí mismas.

Lenin había dicho y escrito de manera sistemática que la revolución rusa, dado el atraso económico del país (el eslabón más débil del capitalismo) sólo podía ser el primer peldaño de una sucesión de revoluciones en los países mas desarrollados. En los cuales, y coherente con su propia tesis, la fuerza subjetiva debía ser un factor primordial. Pero Stalin sostenía ahora la teoría del “socialismo en un solo país”, tenía argumentos no despreciables como por ejemplo tener un país atrasado y además arrasado económicamente por la contrarrevolución, se podía razonablemente desde esa escuálida base material impulsar la revolución mundial?

La política exterior soviética deja de orientarse por los requerimientos ideológicos de un internacionalismo proletario que propugne la revolución mundial y se encausa mucho más claramente en los intereses nacionales de un estado poderoso, como empieza a serlo la Unión Soviética. El gobierno soviético busca la paz que le permita su propio desarrollo nacional y no está dispuesto a asumir riesgos  con cargo a los requerimientos del internacionalismo proletario.

A pesar de esto, la Unión Soviètica se desenvolvió en medio de una permanente agresión y exclusión de las llamadas “democracias occidentales”, así se le dejó fuera de la Conferencia Internacional de Munich y se atizó permanente a la Alemania nazi a iniciar una guerra en contra de la URSS.

De su parte las “democracias occidentales” dejaron caer bajo el fascismo a la república española, el advenimiento de Franco fue posible por la abierta intervención germano-italiana.

Los grandes escenarios de la lucha política internacional, entre los  actores mundiales, no consideraban  en absoluto a nuestra América Latina. Nosotros éramos simplemente el patio trasero de EE.UU.

Luego de la Segunda Guerra Mundial se producen tres fenómenos en extremo preocupantes para EE.UU, que emergía como primera potencia mundial del mundo capitalista, a saber:

a.- La irrupción de un poderoso Movimiento de Liberación Nacional en contra del colonialismo (África subsahariana, Argelia, Egipto, Indochina).

b.- La creación de un campo socialista europeo encabezado por la URSS y la aparición de una China socialista.

c.- La consolidación del estado soviético como una formidable potencia industrial, política y militar que fue en definitiva la que llevó el peso del aplastamiento del nazi-fascismo en Europa.

EE.UU. que ya tenía un largo historial imperialista y una ideología de dominación mundial desarrollada y consolidada, como veremos más adelante, observó de inmediato con agresividad los nuevos fenómenos.

Una de las primeras medidas ante la nueva situación política fue la creación de la Central de Inteligencia Americana (CIA). Un servicio de inteligencia destinado a operar fuera de EE.UU y que tenía como principal enemigo el “comunismo” en sus más variadas manifestaciones.

La política exterior americana toma caracteres francamente agresivos sobre el naciente campo socialista, medidas de todo tipo se desarrollan en contra de todo lo que huela a comunismo o liberación nacional. La URSS es objeto de una permanente y planificada agresión diplomática, económica, política e ideológica desde el mundo capitalista. Ronald Reagan confesó con satisfacción, que con su política armamentista obligó a los rusos a incurrir en gigantescos gastos que quebraron la espina dorsal de su economía.

EE.UU. interviene militarmente en un conflicto interno de la península de Corea (1950) y luego arremete contra Vietnam, dejando una estela de tres millones de vietnamitas y 54 mil soldados americanos muertos, país del que se termina retirando el año 1973 luego de sus desastrosos resultados militares. Hay también  una serie de intervenciones en América Latina, a ellas nos referiremos en el capítulo correspondiente.

En Chile la agresividad norteamericana se expresa mediante la dictación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia (1947) del presidente Gabriel González Videla, que dejó fuera de la ley al Partido Comunista, borró a sus militantes de los registros electorales y los encarceló por miles en campos de concentración. Salvador Allende se opuso a esta ley de proscripción en el Senado en un discurso de gran vuelo teórico.

En todo caso y a pesar de la intensa actividad americana en el conjunto de América Latina (en Cuba se formó el buró de actividades anticomunistas, de triste y delictual memoria), no existe una presencia soviética perceptible e influyente. Lo que existen son partidos comunistas que adhieren a dicha experiencia histórica. Pero no es posible afirmar que reciban desde allí una inspiración revolucionaria y/o apoyos materiales en el sentido de la insurrección revolucionaria de las clases oprimidas.

Luego de la muerte de Stalin (1953) el PCUS  celebra su XX Congreso (1956), en éste emergen tres tesis fundamentales:
a.- La crítica al estalinismo b.- La llamada coexistencia pacífica entre regímenes sociales distintos. c.- La posibilidad de la evolución pacífica del capitalismo al socialismo.

Estas tesis se mantuvieron en la política exterior hasta la caída del Estado soviético.

La necesidad de la URSS expresada públicamente de privilegiar la preservación de la paz mundial, el reconocimiento de la posibilidad del tránsito pacífico de un régimen social a otro, sumado a que tácitamente siempre se reconoció a América Latina como zona de influencia americana, fueron construyendo lo que será la política de los partidos comunistas latinoamericanos seguidores de Moscú.

Retomando elementos de una vieja disputa entre los revolucionarios rusos en torno a la caracterización de la revolución, el PC chileno y sus pares latinoamericanos configuraron su estrategia que se conoció como de Liberación Nacional y por etapas.

Se sostenía que la revolución chilena, dado el carácter atrasado de nuestra economía, pasaba por dos etapas. La primera era de carácter democrático burgués, que tenía por objetivo la industrialización del país, la extensión y consolidación de la democracia y la instalación de cierta independencia nacional respecto del imperialismo norteamericano. Por sus alcances y contenidos era posible y necesario que fuera llevada adelante por un amplio abanico de clases que fuera desde la clase obrera a la burguesía nacional no monopólica.

Es en este concepto que el PC chileno participa con entusiasmo en los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda, Gabriel González Videla, y que tiene una fuerte discusión con el Partido Socialista respecto al carácter, el programa y la estrategia de la Unidad Popular el año ’70.

Esta tesis se confrontaba directamente con lo sostenido por Lenin en su texto “Un paso adelante dos pasos atrás. Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática” en el sentido de que en una economía atrasada el carácter de la revolución puede ser democrático, pero precisamente para ser llevada hasta las últimas consecuencias debe ser encabezada por el proletariado.

Esto constituyó el núcleo de las discusiones de la izquierda chilena en los ’60 y ’70. 

El Partido Comunista fue un partido perfectamente institucional a partir de su legalización a fines del período presidencial del general Carlos Ibáñez del Campo, tampoco podría decirse de una actitud distinta con anterioridad, salvo algo incipiente que se incubó hasta la muerte de Luis Emilio Recabarren y que la Tercera Internacional condenó como desviación llamada “recabarrenismo” junto al ”mariateguismo”. Del anatema se salvó Gramsci por estar preso.

El PC era un partido integrado a la vida nacional, que se desarrollaba en el marco de un sistema de dominación capitalista. Lo cual no impedía que fuera víctima permanente de las peores agresiones, infundios y calumnias.

Los comunistas chilenos se llegaron a definir como “sovietinchas” (Luis Corvalán). Todo su discurso y su línea política se adecuaban a las concepciones soviéticas. Se justificó y defendió la invasión a Checoslovaquia, se tomó distancia y criticó con dureza la campaña andina del Che Guevara y se justificó el comportamiento del secretario general del Partido Comunista boliviano Mario Monje.

Pero esa adhesión al mundo soviético no debe leerse como simultánea con una preocupación e interés recíproco de los sovièticos en los asuntos chilenos.  

La Unión Soviética no intervino en la situación política chilena, en los términos que la visión conservadora de la historia promueve. Sin perjuicio de los apoyos materiales o influencias ideológicas que pudieren haber  desarrollado sobre el PC chileno, no hay constancia alguna de una  intervención de su parte en los asuntos internos de Chile y mucho menos en el sentido de atizar la agudización de la lucha de clases o el desencadenamiento de la insurrección armada.

Kudachín, uno de los teóricos soviéticos que estudiaba Chile y encargado del PCUS para esta región, se refería en los peores términos -aventureros pequeño burgueses- al Partido Socialista y del MIR llegaba a decir que era un grupo de origen dudoso.

Durante la visita del Presidente Allende a la URSS, en una reunión en el Kremlin en su conversación con L. Brezhnev le manifestó la necesidad de ayuda económica de urgencia para nuestro país. El Premier soviético luego de dar extendido relato sobre las debilidades del proceso, manifestó que sus aprensiones podían disiparse si el ministro del Interior, el canciller y el ministro de Economía se designaran de las filas del Partido Comunista de Chile. Con firmeza el Presidente Allende le respondió que en su calidad de Presidente de un país soberano y atendidas nuestras tradiciones republicanas no le era posible aceptar tal propuesta. Bhreznev respondió molesto: “¡Kurba,  yo soy el presidente del Soviet Supremo y no presto el dinero!”. Lo cual no fue óbice para la generosa solidaridad soviética con el exilio chileno.

Durante el período de la Unidad Popular la embajada soviética se abstuvo con rigurosidad de intervenir en los asuntos internos de Chile.

Desde Chile se observaba con esperanza el proceso soviético y por ello el Presidente Allende llegó a referirse a la URSS como el hermano mayor, pero una cosa son las palabras y otra, a veces muy otra, la política concreta.

Digámoslo franca y derechamente América Latina no tenía ninguna significación geopolítica para la URSS. Sin perjuicio de las grandes y manifiestas simpatías que Fidel, Che y Allende despertaban en la opinión pública soviética, en las frías esferas del poder soviético estaban conscientes de que el triunfo de las revoluciones latinoamericanas solo les traería problemas.

Por una parte se verían forzados a una potente ayuda económica, y ya tenían bastante con el campo socialista europeo, Cuba e Indochina (la asistencia económica soviética a los países de socialismo atrasado fue bastante generosa y solidaria. Así con Cuba se estableció lo que se llamó un sistema de precios deslizantes, es decir que independientemente de los precios mundiales la URSS proporcionaba petróleo en una relación fija con el azúcar, es decir los precios se deslizaban independientes de los valores de mercado).

Además les podríamos crear nuevos tensiones con EE.UU. que se querían evitar.  No olvidemos que la crisis de los misiles de octubre en Cuba llevó la situación mundial a un punto límite.

Para colmo de temores la creación en La  Habana de la Organización de Solidaridad Para con los Pueblos de África, Asia y América Latina.  OSPAAL, tendía a internacionalizar el conflicto.

Es sabido que durante 1967 la embajada soviética en Cuba promovió una serie de operaciones políticas en contra del gobierno revolucionario. Ellas se llevaron adelante a través de un alto dirigente del PC tradicional de Cuba (Partido Socialista Popular), Aníbal Escalante, la situación llegó a ser muy tensa y dio lugar a varios procesos judiciales. Esto reflejaba claramente que la URSS, entre otras cosas, no compartían la política exterior de los cubanos.

En1980 L. Brezhnev  ante una pregunta del ministro de la Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba, Raúl Castro, sobre la actitud de la URSS si Cuba era agredida por el gobierno de Ronald Reagan, respondió:

“No vamos a ir a cinco mil kilómetros de nuestras bases para que nos rompan la cara”.

Los soviéticos siguieron brindando asistencia militar, pero quedaba claro que si los imperialistas invadían la isla los cubanos deberían batirse solos. Este secreto fue celosamente guardado y sólo se reveló cuando la URSS ya no existía, y produjo el cambio de concepción militar defensiva cubano hacia el concepto de “guerra de todo el pueblo”.

Las aprensiones del líder soviético hacia la guerra están ampliamente justificadas si consideramos que durante el siglo XX la URSS debió soportar dos Guerras Mundiales sobre su territorio y en la segunda cargaron con el peso fundamental de la lucha contra el fascismo al costo de la vida de 25 millones de sus ciudadanos.

Creo que podemos concluir, en uno de los aspectos menos discutibles, que la guerra fría, que fue una confrontación política entre la URSS y EE.UU. no es la causa de la crisis chilena, toda vez que uno de los actores estuvo ausente del escenario nacional. Lo anterior sin perjuicio de que EE.UU. desarrolló toda una estrategia, política, militar y diplomática en contra de lo que llamaban genéricamente y sin mayores matices “el comunismo en América Latina”.

La existencia de la URSS si bien no justificaba los temores americanos, atizaba sus espíritus más alarmistas y agresivos. Pero lo claro es que con URSS o sin URSS, los americanos intervienen en contra de cualquier proceso en América Latina que tenga rasgos de independencia nacional y progresismo como queda de manifiesto desde el boicot al congreso anfictiònico de Simòn Bolívar en Panamá (1824) hasta estos días con las agresiones que someten al gobierno del Presidente Hugo Chávez en Venezuela, cuando ya la guerra fría concluyó hace casi dos décadas.

La revolución chilena y latinoamericana no surgían de los fríos designios de Moscú sino de lo más profundo  de los pueblos al sur del Río Bravo. Francisco Bilbao y Santiago Arcos habían puesto la cuestión social en el tapete de la vida política chilena antes que los padres de Lenin se conocieran, Zapata y Villa habían galopado en guerrillas antes que en la Revolución  Rusa se disparara un tiro.

La revolución latinoamericana surge de las enormes desigualdades y exclusiones que sufren millones de latinoamericanos.

 LA INFLUENCIA CUBANA EN LA REVOLUCION CHILENA

Mucho se ha hablado y especulado sobre la influencia cubana en el proceso político chileno.

Cuba y su revolución cubana tienen influencia en el conjunto de los procesos políticos llevados adelante en América Latina a partir de 1959 sin duda alguna. Pero cabe dilucidar de qué naturaleza es esta influencia.

Desde un punto de vista histórico reconstruir la relación entre el gobierno de Cuba y la izquierda chilena es una tarea que encuentra múltiples dificultades.

Sin embargo, creo que  a partir de los hechos conocidos, no discutidos, de la actuación concreta de los actores podemos determinar los contenidos y desarrollos esenciales de la relación Cuba revolucionaria e izquierda chilena.

Un país puede actuar sobre el proceso político que se desarrolla en otro, de tres maneras:

a.- Transformándose directamente en un actor de tal proceso político, con estrategia e intereses propios.

b.- A partir de su relación de apoyo a alguno de los actores del proceso político en cuestión, aún cuando no desarrolle intereses ni estrategias propias.

c.- De modo indirecto, por la vía de las simpatías o rechazos que provoque su propio proceso político interno .

La primera forma de influir dice relación con lo que llamamos injerencia en los asuntos internos de otro país. Un ejemplo de este tipo de intromisión es la actuación de EE.UU. en Vietnam, los americanos desembarcan tropas, ocupan ciudades, bombardean otras, llevan adelante sus propios intereses económicos y actúan sobre el gobierno de Vietnam del Sur –llegaron a montar un complot que terminó con el asesinato del presidente- de una manera que resulta decisiva para el curso de los acontecimientos. Cuando deciden retirarse, luego de sus desastres militares, lo hacen sin considerar en modo alguno al gobierno de Saigón.

Esta forma de intervención debe ser excluida, pues no se aprecia que Cuba tenga intereses propios, como Estado, y/o que desarrolle una política propia en nuestro territorio. Cuba no saca provecho económico alguno del gobierno de la Unidad Popular. Cuba no tiene objetivos políticos propios o independientes de la Unidad Popular en el desenvolvimiento del proceso chileno.

El gobierno y el pueblo cubano simpatizan y hay ocasiones en que colaboran con los que se ven hermanados en una lucha continental. Sergio Barría, exsecretario general de la JS, recuerda:

“Previo a la elección del 64 fui con Raúl Ampuero a Cuba, los cubanos nos hicieron como aporte a la campaña algunas decenas de copias de los discos que contenían los himnos de nuestra campaña”.

Ayuda modesta, incapaz de equipararse con lo que hace ya Estados Unidos en Chile desde hace varios años y a cuyos alcances y con fuentes oficiales norteamericanas nos referiremos en el capítulo respectivo.

Siempre se ha hablado de la presencia masiva de guerrilleros cubanos en Chile, pero no hay constancia alguna de ello. Se trata claramente de un recurso propagandístico.

Ni un sólo cubano es partícipe de la política chilena durante los tres años de gobierno popular. Esto no impidió que se desataran en su contra las más descabelladas y hipócritas acusaciones.

El 27 de julio de 1973 un comando de ultraderecha, de Patria y Libertad, asesinó con una ráfaga de ametralladora al edecán naval del Presidente Allende, Arturo Araya Peters. La prensa de derecha y demócratacristiana acusó con estridencia a funcionarios de la inteligencia cubana supuestamente adscritos a la embajada en Santiago. Se elucubraron las más siniestras complicidades y se acusó a la escolta presidencial de estar colaborando en el crimen. Luego del golpe los verdaderos autores, vinculados a Patria y Libertad y a los servicios de inteligencia de la marina y Carabineros, serían liberados por la dictadura militar luego de una parodia de juicio.

Es cierto que había algo mas de 100 cubanos acreditados en la embajada de Santiago, representación sin duda numerosa, pero que como fuerza militar es una cifra insignificante en términos de una intervención. La política exterior cubana, incluso antes de la revolución cubana, se caracteriza por objetivos signados por la grandeza, pero su realidad objetiva determina su alcance real.

La conducta de prescindencia de esa representación diplomática la mañana del 11 de septiembre habla por sí sola. Es más, fueron ellos los atacados por personal militar chileno, lo mismo que el barco mercante “Playa Larga” que descargaba azúcar en Valparaíso.

En un momento tan dramático como la mañana del 11 de septiembre Andrés Pascal Allende y Arturo Villabela Araujo acudieron  a la embajada cubana en Santiago a pedir que se les proporcionaran armas, lo que les fue negado.

Similar petición ya le había sido planteada por la dirección del MIR al propio  Fidel Castro durante su visita a Chile en noviembre de 1971. Dicha solicitud les fue negada por el Primer Ministro cubano en tanto no fuera una petición oficial del propio Presidente Allende, a quien señaló como “el jefe de la revolución chilena”.

Este hecho que me fue relatado  por Andrés Pascal (*Conversaciones  con el autor, La Habana 2000) se condice perfectamente con la lógica político-militar cubana – que luego de la desastrosa experiencia militar de la guerra de Independencia 1868-78 cuyo fracaso tiene como una de sus principales causas el acentuado caudillismo de los jefes militares–, incorporó como uno de sus pilares el que las revoluciones tienen un partido, un ejército, un jefe.

Cuba tiene durante los años del gobierno de la Unidad Popular una relación de mucho respeto con el Presidente Allende, se sugiere, se le comenta, pero no se hace nada práctico al margen y mucho menos en contra del mandatario chileno. Es más desde el punto de vista político no hay iniciativas cubanas en nuestro escenario.

Al parecer el armamento soviético que usó la escolta presidencial del GAP tendría su origen en Cuba. Era una modesta cantidad de armas que no superaba los requerimientos de una escolta presidencial. El GAP no era la base de un futuro ejército popular revolucionario. En términos militares era algo así como una simple compañía reforzada.

El Centro de Estudios Públicos y el diario El Mercurio han financiado estudios y dedicado enormes esfuerzos por acreditar la tesis del GAP como embrión de un ejército popular. Creo que ella no se sostiene si consideramos las concepciones de defensa del proceso que imperan en la Unidad Popular y el PS, las que contemplaban como hemos dicho reiteradamente, como pivote fundamental de la defensa institucional al interior del cuals e desenvuelve el proceso a las propias FF.AA.

El GAP recibe algunas decenas fusiles AK-47, tres o cuatro ametralladoras .30 y algunos RPG-7. Cantidades insignificantes en la perspectiva de la construcción de un ejército paralelo.

No hay huellas ni en documentos ni en acciones concretas que demuestren la voluntad de crear un ejército paralelo.

No se conocen requerimientos del gobierno chileno de más armas. Es más, la carta que traen a Chile Manuel Piñeiro y Carlos Rafael Rodríguez de Fidel a Allende abre espacios a nuevos pedidos de armas, pero nada se hace nada en esa dirección.

Llegan películas, periódicos y libros cubanos. Pero eso no alcanza para hablar de una intervención en los asuntos internos, eso es simplemente un legítimo afán de dar a conocer los procesos económicos políticos y culturales propios, que llevan adelante todas las representaciones diplomáticas en el mundo.

Cuando ya el golpe se hacía inminente, cuando el fantasma de la masacre se vislumbraba claramente en el horizonte, Fidel envía una carta a Allende en la cual se lee:

“La Habana, 29 de julio de 1973
Querido Salvador:

Con el pretexto de discutir contigo cuestiones referentes a la reunión de países no alineados, Carlos y Piñeiro realizan un viaje a ésa. El objetivo real es informarse contigo sobre la situación y ofrecerte como siempre nuestra disposición a cooperar frente a las dificultades y peligros que obstaculizan y amenazan el proceso. La estancia de ellos será muy breve por cuanto tienen aquí muchas obligaciones pendientes y, no sin sacrificio de sus trabajos, decidimos que hicieran el viaje.
Veo que están ahora en la delicada cuestión del diálogo con la D.C. en medio de acontecimientos graves como el brutal asesinato de tu edecán naval y la nueva huelga de los dueños de camiones. Imagino por ello la gran tensión existente y tus deseos de ganar tiempo, mejorar la correlación de fuerzas para caso de que estalle la lucha y, de ser posible, hallar un cauce que permita seguir adelante el proceso revolucionario sin contienda civil, a la vez que salvar tu responsabilidad histórica por lo que pueda ocurrir. Estos son propósitos loables. Pero en caso de que la otra parte, cuyas intenciones reales no estamos en condiciones de valorar desde aquí, se empeñase en una política pérfida e irresponsable exigiendo un precio imposible de pagar por la Unidad Popular y la revolución, lo cual es, incluso, bastante probable, no olvides por un segundo la formidable fuerza de la clase obrera chilena y el respaldo enérgico que te ha brindado en todos los momentos difíciles; ella puede, a tu llamado ante la revolución en peligro, paralizar los golpistas, mantener la adhesión de los vacilantes, imponer sus condiciones y decidir de una vez, si es preciso, el destino de Chile. El enemigo debe saber que está apercibida y lista para entrar en acción. Su fuerza y su combatividad pueden inclinar la balanza en la capital a tu favor aun cuando otras circunstancias sean desfavorables.
Tu decisión de defender el proceso con firmeza y con honor hasta el precio de tu propia vida, que todos te saben capaz de cumplir, arrastrarán a tu lado todas las fuerzas capaces de combatir y todos los hombres y mujeres dignos de Chile. Tu valor, tu serenidad y tu audacia en esta hora histórica de tu patria y, sobre todo, tu jefatura firme, resuelta y heroicamente ejercida constituyen la clave de la situación.
Hazle saber a Carlos y a Manuel en qué podemos cooperar tus leales amigos cubanos. Te reitero el cariño y la ilimitada confianza de nuestro pueblo.
Fraternalmente,
Fidel Castro

No hay en esta carta allí una política propia, una voluntad de intervención, se alerta al amigo de los peligros que se ven inminentes, y que la realidad confirmará, se ofrece colaboración, pero si el amigo nada pide, pues nada se hará.

Si se ofrece ayuda, en la víspera de la hora definitiva, es porque evidentemente, no hay vínculos de colaboración anterior, en esta materia. Algo evidente.

Sólo se acudirá  ante la llamada de auxilio. Que forma concreta tendría esta ayuda destinada a evitar la masacre inminente, no podemos  especular. Lo más probable es que fuera algo de armamento, un desembarco de tropas no tenía viabilidad logística alguna.

La solidaridad entre los patriotas chilenos y cubanos es de larga data. Se sabe como Benjamín Vicuña Mackenna colaboró activamente con la primera insurrección independentista cubana iniciada el 10 de octubre de 1868 bajo la conducción de Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramante. En la guerra de independencia de 1895-98 doce oficiales del Ejército chileno combatieron en diferentes frentes. Entre ellos Pedro Vargas Sotomayor alcanzaría el grado de general y sería oficial de Estado Mayor  de Antonio Maceo, por su parte Arturo Lara Dinamarca con las preseas de coronel dirigiría el regimiento “Baconao”. Ambos dejarían su vida en los campos de batalla de la isla.

Fidel visitó Chile por lo cual la derecha tocó a rebato las campanas del escándalo.

He tenido a la vista las casi 600 paginas del texto publicado en Cuba de todas las intervenciones públicas de Fidel en Chile durante su visita de noviembre de 1971, no se encuentra allí el desarrollo de una política propia, de proponer diseños táctico-estratégicos, el desenvolvimiento de intereses económicos y/o políticos propios.

Es evidente de qué lado está Fidel en el conflicto chileno. Recorre el paìs, lo esperan y escuchan con atención miles de chilenos. Habla de su país, del imperialismo norteamericano, de la lucha de Vietnam, las agresiones en el Congo, en Guatemala, de la base de Guantánamo enquistada en territorio cubano, de la Gran Revolución Francesa, de la agresión nazi a la Unión Soviética etc., pero de Chile nada concreto. No se señala ni un sólo dirigente derechista por su nombre, no hay planteamientos tácticos para Chile. Nunca cruza la línea que separa la opinión que todos podemos tener y expresar de un proceso político de un país extranjero con la intromisión en asuntos internos de ese país.

En el discurso de despedida el 2 de diciembre de 1971 en el Estadio Nacional es cuando más se refiere a Chile y lo hace en estos términos:

“Hemos venido a aprender de un proceso vivo. Hemos venido a aprender cómo se comportan las leyes de la sociedad humana. Hemos venido a ver algo extraordinario: en Chile está ocurriendo un proceso único. Algo más que único: ¡insólito!, ¡insólito!. Es el proceso de un cambio. Es un proceso revolucionario donde los revolucionarios tratan de llevar los cambios adelante pacíficamente. Un proceso único, prácticamente el primero en la historia de la humanidad -no decimos en la historia de las sociedades contemporáneas -, único en la historia de la humanidad, donde tratan de llevar a cabo el proceso por los cánones legales y constitucionales, establecidas por la sociedad o por el sistema reaccionario, mediante el propio mecanismo, mediante las propias formas que los explotadores crearon para mantener su dominación de clase.

Entonces, es realmente algo único, algo insólito.

¿ Y cuál fue nuestra actitud?. Nosotros los revolucionarios que no hicimos nada único ni nada insólito. Porque los revolucionarios cubanos tenemos si acaso el mérito de ser la primera revolución socialista en América Latina (aplausos), pero no tenemos el mérito de haberlo hecho en forma insólita y única. ¿Pero cuál ha sido nuestra actitud?. La de solidarizar con este proceso. La de solidarizar con los hombres que quieren llevar adelante ese camino. Nuestra comprensión, nuestro apoyo moral, nuestra curiosidad nuestro interés. Porque, como hemos dicho en otras ocasiones, no son los revolucionarios los inventores de la violencia.  Fue la sociedad de clases a lo largo de la historia la que creó, desarrolló e impuso su sistema siempre mediante la represión y la violencia”.

Palabras con cierta dosis de escepticismo en la vía chilena al socialismo, cargada de certeras premoniciones. Pero, sin duda, respetuosas de las decisiones del  gobierno y el Presidente Chile.

Luego se detiene en los graves riesgos que enfrenta la revolución chilena.

“Los revolucionarios saben el destino de las revoluciones aplastadas. Para citar ejemplos, dos: la revolución de los esclavos de Roma, la revolución de Espartaco, aplastada por los oligarcas, costó la vida a cientos de miles de hombres que fueron crucificados a lo largo de los caminos que conducen a Roma; la revolución de los comuneros de París, ahogada ferozmente en sangre… cuando un proceso revolucionario se desata, por un lado surge el fascismo, con todos sus trucos y todas sus artes, todas sus técnicas de lucha, todas sus hipocresías, sus fariseísmos, sus tácticas de despertar el miedo, de usar la mentira, sus ruines e inescrupulosos métodos.

El mismo Estadio Nacional donde Fidel pronuncia estas palabras será luego un campo de concentración. Las alusiones históricas no pueden ser más certeras. Todos los peligros que acechan la revolución chilena, y que Fidel plantea con toda lucidez, se verán confirmados por la cruel realidad.

Pero ninguna de las aprensiones del líder cubano eran ajenas a la reflexión propia de los revolucionarios chilenos. Fidel no venía a abrirles los ojos a los chilenos. El marxismo chileno era uno de los de mayor desarrollo teórico en el continente. El nivel de las investigaciones, la cantidad de textos publicados, el lugar que ocupaban sus exponentes en la sociedad: premios Nobel, rectores de universidades, etc. Eleuterio Fernández Huidobro, dirigente histórico, actualmente senador uruguayo por el movimiento MLN Tupamaros, ha señalado, con acierto, que mucho se habla de la influencia foránea en Chile, pero que se olvida la influencia de los chilenos hacia el continente.

Más adelante Fidel expresa algunas ideas de extrema lucidez histórica.

Hay algo que nos impresionó hoy profundamente y fueron las palabras del Presidente (aplausos), en especial cuando reafirmó su voluntad de defender la voluntad del pueblo. En especial cuando pronunció esa épica frase que era Presidente por voluntad del pueblo  y que su deber lo cumpliría hasta el día que cumpliera su mandato  o lo sacaran muerto del Palacio presidencial”.

Se celebra el coraje del líder chileno. Pero no se incita a la violencia, no hay operaciones políticas concretas que permitan hablar de una intervención. Que pudo pasar si la dirección revolucionaria chilena hubiera tenido otra concepción de la la defensa  proceso, las cosas pudieron ser distintas, claro, pero la historia recoge simplemente lo que fue.

Fidel en su visita no niega la vocación latinoamericanista y así señala en conferencia de prensa ofrecida a periodistas extranjeros, Santiago, Chile, 3 de diciembre de 1971:

“Antes que los intereses de nuestra patria de hoy  están los intereses de nuestra patria del futuro, que son los pueblo de América Latina”.

En el Estadio Municipal de Concepción hablando de las agresiones a Cuba señala:

“Nosotros conversando hoy con lo obreros de la siderurgia les poníamos un ejemplo: era el caso de un elefante que le puso la pata encima a una hormiga y entonces decía: “Miren qué dificultades tiene esa hormiga, no se puede mover la hormiga”. Y el elefante tiene la pata puesta sobre la hormiga. No sólo eso. Decíamos nosotros que los imperialistas llamaron a las demás hormigas  latinoamericanas para que también le pusieran la pata encima  a la hormiga cubana.

Para tratar de que otros gobiernos de América latina se sumaran al bloqueo y las agresiones en contra de nuestro país,  a nosotros nos acusaban de subversivos. ¡Hay que ser desvergonzados! No hay país en el mundo contra el cual se haya practicado más la subversión que como se practicó en nuestro país.

En cientos de ocasiones aviones imperialistas lanzaron armas, bombas y explosivos contra nuestro territorio, tratando de organizan bandas de mercenarios para cometer crímenes y sabotajes. Cientos de veces desembarcaron expías en nuestras costas  y terroristas.

Cientos de actos de sabotaje y de asesinatos se cometieron en nuestro país, promovidos directamente desde Estados Unidos. Sabotajes contra fábricas. Crímenes contra obreros, contra campesinos, en nuestras montañas en nuestros campos”.

Dura denuncia del imperio norteamericano. Pero de Chile, de la política concreta; nada.

En la plaza O’Higgins del campamento minero de cobre Sewell, Fidel expresa:

¡Y qué distinto es sentirse dueño a sentirse criado! ¡Qué distinto es sentirse dueño a  sirviente de esta riqueza! Qué distinto es servir que se trabaja para la patria chilena que sentir que se trabaja para propietarios extranjeros, para accionistas que en Nueva York cobran bonos, sin tener la menor idea de que es el trabajo”.

En contadas excepciones hace referencias a Chile de alguna significación político práctica, critica amistosamente la falta de capacidad movilizadora de masas de los revolucionarios chilenos la falta de banderas chilenas en algún acto. Pero ninguna de ellas lo suficientemente específica para constituirse en una intromisión en los asuntos internos.

No polemiza con la derecha chilena en ningún tema concreto. Se refiera a ella tangencialmente y de un modo tan abstracto que parecen más bien categorías sociológicas de una cátedra universitaria.

De esta visita la derecha ha hecho un escándalo, pero ha tenido una incapacidad absoluta de probar la más mínima intervención en los asuntos internos de Chile.

La influencia de la revolución cubana sobre la izquierda chilena se dio básicamente a través de la influencia que su ejemplo histórico proporcionaba de que era posible una revolución socialista en América Latina.

Desde el punto de vista de las concepciones táctico estratégicas, de las formas de desarrollar una línea política para conquistar el poder, creo que se puede afirmar que su influencia es prácticamente nula, incluso en sus más acérrimos seguidores como fue el Movimiento de Izquierda Revolucionaria y algún sector del PS.

Lo que algunos n guevarismo y otros las tesis del foco puede sintetizarse de la siguiente manera.

1.- En toda sociedad dividida en clases, es decir América Latina toda, existen condiciones objetivas para una radicalización política en tiempos breves.

2.- Esto lo puede producir un foco guerrillero instalado en una zona campesina.

3.- Luego de la revolución se puede crear el partido, no es necesariamente un paso previo.

4.- La base social inicial del foco guerrillero es el campesinado.

 5.- El foco guerrillero debe atacar directamente al ejército.

Estas tesis nunca se han aplicado en Chile. Ni aún las políticas más radicales de la izquierda chilena, esto es la guerra popular prolongada, llevada adelante por el MIR, ni la guerra patriótica y nacional del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se pueden inscribir dentro de estas concepciones.

Nadie ha instalado un foco guerrillero como eje central de su política con la convicción de vencer o morir en el campo de batalla.
Entre el triunfo de la revolución cubana y el 11 de septiembre ninguna fuerza política se planteó ni llevó a la práctica ninguna operación en contra del Ejército chileno. Los primeros soldados que caen lo hacen asaltando el poder constitucional en La Moneda.

Los únicos intentos  de operaciones militares en zonas campesinas son la experiencia de Neltume en 1980 y de Los Queñes en 1988. Ambas insertas en conceptos estratégicos diferentes a las del foco guerrillero.

Todos los grupos revolucionarios chilenos, incluido el MIR, se plantearon la creación del partido antes que el ejército revolucionario. En pleno proceso revolucionario el MIR presentaba candidaturas a la CUT y la rectoría de la Universidad de Chile. En plena dictadura el MIR levantaba listas a la FECH. Creaban el partido no el ejército revolucionario.

La izquierda chilena recibió la influencia cubana, por la vía del ejemplo, en el campo ético e ideológico y de la construcción societal, pero no en el campo de la táctica político militar revolucionaria. Es más, el propio Che Guevara señalaba a Chile como una excepción a sus concepciones estratégicas, lèase, por ejemplo,  las dos primeras páginas de su texto “Guerra de guerrillas”.

Respecto a las armas cubanas, que en realidad eran soviéticas, su cantidad era insignificante y apenas alcanzaba para los requerimientos de la guardia presidencial.

Los cubanos tienen experiencia militar de combate, no escaparía a ninguno de sus jefes que un envío como los que se hicieron tenía significación militar nula.

En la  estrategia de la izquierda chilena fundada en que la división política de la sociedad también alcanzaría al ejército, los cubanos estaban absolutamente fuera de foco y no prestaban utilidad alguna. 

Así las cosas ocurrieron como tenían que ocurrir, inexorablemente.

Se puede cerrar el presente tema con una tesis: Cuba influye pero no interviene fuera de los marcos del derecho interno chileno y/o del derecho internacional en el proceso político chileno 1970/73. Muy otra será la actitud de los norteamericanos como pasamos a ver.