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Agosto 18, 2026

Las Barbie de Gaza

Israel mata a cinco niños palestinos tras bombardear 130 objetivos en Gaza. Lo leo en la primera plana del diario español El Mundo, que acompaña el titular con una foto de tremebunda miseria donde un padre, o algo que se le parece, mira, Dios sabrá con qué ojos, los cadáveres que le han dejado los soldados israelíes. Los tres niños parecen dormir, pero la foto de la AFP dice que están muertos.

Casi al mismo tiempo, en Estados Unidos, 50 diseñadores celebran el medio siglo de Barbie. Quién sabe si los ya no niños de la foto no jugaron un día con una de ellas. Hasta yo la he tenido y no soy palestino.

Casi al mismo tiempo, en un pueblo de Andalucía, patria del sol, en el trasfondo del sur de España, no hay niños matados por el odio. En lugar de amortajarlos los sueltan por las calles para que arrastren latas e indiquen así el camino de sus casas a los Reyes Magos, que el 6 de enero llegan con sus tradicionales regalos.

Hace años me encontré en un hospital oncológico de París. Todavía siento escalofríos cuando pienso en aquellas caritas de pánico que por debajo de cabezas peladas te miraban al pasar y te atravesaban el alma. El jefe de aquella unidad era un cancerólogo de fama mundial, el profesor Léon Schwatzenberg.

Le dije que aquello era una infamia, que no podía consentirse tamaño dolor. El hombre, que normalmente reunía toda la exquisitez parisiense, no pudo aguantarse más, pegó un puñetazo en la mesa y me contestó que él no era Dios. Y de paso me dio a entender que mi esposa tampoco se podría salvar.

El profesor Léon Schwatzenberg era hijo de padres judíos y dedicó toda su vida a luchar contra la injusticia del dolor. Trataba de curar a los niños a los que la mala suerte había propinado un golpe a veces mortal. Pero, por supuesto, habría sido incapaz de resucitar a los que sus parientes lejanos matan en Gaza con la satisfacción del deber cumplido.

En esta mañana de invierno soleada de Fuengirola, mientras tomo un descafeinado con leche a orillas del mar, me pregunto, con la ociosidad del diletante al que no persigue como mucho más que el aburrimiento, qué habría dicho el profesor de haber podido ver las caritas de esos muñequillos rotos palestinos, que no han tenido tiempo de sonreírle a la cámara. Y que no tenían edad para morir.

Estoy seguro de que en la Semana de la Moda de Nueva York, donde la muñeca millonaria será agasajada, todo será felicidad barata. Los canapés de caviar y de salmón noruego permitirán el tránsito agradable de algunas copitas de champán a la salud de la vida fácil.

Y me temo que a nadie se le ocurra abandonar la recepción y llenar la calle más cercana con muñecas Barbie descabezadas y embadurnadas de kepchup. Se me ocurre, desde la ingravidez, desde mi levedad del ser, que sería un gesto bonito, aunque no resucitaría a los muchos niños que los israelíes masacran en nombre de la paz y de la concordia
Y como entre los soldaditos de Herodes habrá más de uno que haya jugado con una Barbie, podría ser que ingenuamente le pidiese a su jefe una parada biológica infantil.


*Escritor y periodista francés