Un guión que tiene fragmentos de imágenes documentales, muy bien montadas, mestizadas.
De la escuela de Pedro Chaskel, recordara el ojolector al montanista del Chacal de Nahueltoro.
El tiempo de esta teleserie que en realidad es un largo film, una comedia de las que Boris Charlot sabe hacer cada vez mejor, es un tempo de aquellos años, un tiempo lento que nutre la extraña nostalgia humana.
Desde que vi varias veces la Negra Ester, esa notable adaptación al teatro que hiciera Andrés Pérez de los poemas de Roberto Parra, me di cuenta que teníamos en Boris a un Charles Chaplin, un actor que se fue haciendo director pensante y se ríe cada vez que se lo digo.
Si bien la idea es vieja como la tierra, fue la televisión española la que primero la realizara los 80 el 2004 para antena 3.
Estamos ante una necesidad de vernos sin caricaturas ideológicas.
Esas papitas calientes que el padre vendedor de calcetines trata de sacar de sus hijos, golpeando la mesa de muchos chilenos que hoy se representan en la familia Herrera.
Porque si algo nos paso en los setenta fue que las cenas familiares fueron interrumpidas violentamente.
Sabe el padre y la hija que habían tipos de lentes capaces de cualquier cosa.
Perros amaestrados que en cualquier momento podían hacer polvo atómico el sueño de la familia y la casa propia.
Se nos atragantó la carabela y terminamos asando al cóndor y al huemul y ahora tenemos cuadraditos digitales de colores como para no molestar a nadie.
Mi Tamara Acosta dice bien cuando simplemente se fue inspirando en su propia mami y en su propio trabajo creíble como el buen arte.
Porque cuando abraza al hombre huacho que no le dice venir saliendo de las fauces del lobo sino que le dice que el colmillo de la crisis, esa dolorosa y maldita muela de la cesantía, simplemente yo ya era otro llorón del gran montón.
También Daniel Muñoz muestra una hilacha de su talento cuekero, cuando invitado por Yerkopuchento se van a una picada clandestina de este sur y de tan local, la hace apta para que la serie ya le muestren para el millón de compatriotas que viven fuera del archipiélago y para el resto del mundo.
Y los niños que sin saber sabiendo van ayudando a darle colchón emocional.
Y el almacenero Pinochetista con ayudante guruguru y teléfono donde hay que incar dedo y giro para que comenzara lenta la red.
La red para mejorar la vida. Para resistir y utilizar el ingenio contra la dictadura que vivimos.
Esta serie lentamente fue haciendo aparecer que lo que vivimos fue una dictadura de mierda que rompió lo precioso de una comunidad.
Confianza en tu familia, en tus amigos. Poder darle oportunidades de estudio a tus hijos, sin tener que hipotecar los ojos.
Se me va yendo el 08 como a todos. Con el estallido sanguinolento de las burbujas de la codicia global y siempre con la esperanza de ir cambiando este orden de las cosas. Con el pavo tirando para pollo.
Pero también con el asombro de tanto ochenteo.
Esta pata de tele, transforma la nostalgia, en un recuerdo lúcido.
No hay truculencias obvias. Notable fiato de equipo.
Además le ganó en el jodido raiting a la lista Tonka subida en un f16 y a esa cosa llamada Tolerancia cero.
Y después de lograr emocionarnos, no tuvimos que tomar pastillas para dormir.
Cosa de apagar la tele y a despertar en la cuesta de los lunes.
Bien por Boris Charlot y su elenco, que el otro año vuelva un rato, a la tele digital que se nos vino encima.
