Pero Apec reacciona como si no existiera crisis. A diferencia de los otros organismos, este es un foro integrado por diversos países –les llaman economías- cuyos acuerdos no son vinculantes. Son declaraciones de intenciones, las que de una u otra manera se han cumplido. Especialmente aquellas que han profundizado el comercio. Porque el Foro de Apec es básicamente un espacio de mercaderes.
Aquel fin de semana de noviembre los 21 líderes del Apec emitieron una declaración para abstenerse, por lo menos durante un año, de cualquier medida que impida el libre intercambio de inversiones, bienes y servicios. Para inhibirse de de aplicar acciones incompatibles con el estímulo de las exportaciones, todo ello ante el riesgo de un crecimiento económico más lento de la economía que podría generar alguna medida proteccionista que agravaría la actual crisis”.
Una declaración, pero también una clara señal al sector privado transnacionalizado. Era una forma de decir que no se alterará el actual statu quo económico-normativo, que todas las condiciones negociadas en los acuerdos de libre comercio se mantendrán intactas, que lo consensuado en la OMC seguirá siendo la gran brújula para el comercio mundial. En otras palabras, que la pauta comercial neoliberal, que garantiza el libre flujo de mercancías, de inversiones y capitales se mantiene impoluta.
Pero el sello lo dio George W. Bush, que lanzó desde Lima una mensaje paradójico, lleno de contradicciones, absurdo. Apeló, rogó, una vez más, al libre mercado, pero a la vez dijo: “Es esencial que los gobiernos eviten la tentación de hacer correcciones excesivas mediante la imposición de regulaciones que sofoquen la innovación y estrangulen el crecimiento”. Nadie le preguntó sobre qué opinión le merecían las “correcciones”, los planes de rescate, las estatizaciones de las empresas financieras estadounidenses. Si eso no es un tipo de proteccionismo, de qué protección, de qué intervención estatal se está hablando.
Esta total contradicción –Bush dice que los rescate y las estatizaciones son para fortalecer el libre mercado- revela también el momento que pasa la ideología económica del libre mercado. Porque Apec fue el el “canto del cisne del fundamentalismo neoliberal”, como denominaron en Lima economistas peruanos. En declaraciones entregadas a la agencia Prensa latina, David Tejada, analista y consultor internacional, dijo que el documento “es el último coletazo de vida del discurso otrora hegemónico del agonizante paradigma neoliberal donde el mercado lo es todo y la inversión privada la maravilla que lo resuelve todo”.
Subrayó que la declaración constituye “el canto del cisne del fundamentalismo neoliberal”, que propugna más liberalismo frente a la crisis financiera mundial, aunque con regulaciones para los sistemas financieros.
Tejada añadió que los acuerdos que plantean la liberalización del comercio y las inversiones “son más de lo mismo, una vieja medicina ya fracasada que está llevando a la recesión a los países”.
Se trata, dijo, de “una declaración desfasada de la realidad emergente mundial”, y contraria a la tendencia creciente de los países sudamericanos, de lograr mayor autonomía, recuperar sus recursos naturales y actuar en bloque en el concierto internacional.
Pero Apec no es sólo un foro para declarar intenciones. Su fortaleza se basa en los tratados de libre comercio, actividad en la que Chile, durante los gobiernos de la Concertación, ha realizado con singular fruición. Y no cesa. Durante la reunión uno de los objetivos del gobierno chileno es ampliar el bloque denominado P4, formado, además de Chile, por Nueva Zelanda, Singapur y Brunei.
Estos tratados, desde el suscrito con Estados Unidos y la Unión Europea al firmado con China y otros países latinoamericanos, sí son normativos y vinculantes: sus cláusulas, especialmente las relativas a la protección de las inversiones y su no discriminación, y las relacionadas con el intercambio comercial, han de respetarse. El no cumplimiento de estas cláusulas contiene otras, las que apuntan a sanciones.
Chile, que se ufana de la apertura y la libertad de su economía, está atado y muy atado a estos numerosos acuerdos. Al haber apoyado la declaración del Apec se está comprometiendo a mantener todas y cada una de las cláusulas que aparecen en todos sus acuerdos de libre comercio. Se compromete a no hacer nada pese a la gravedad de la crisis. Y las consecuencias de esta postura ya la estamos padeciendo. Es la inacción.
Un ejemplo más que claro es lo que sucede con los fondos de pensiones, administrados en varios casos por empresas transnacionales. Al domingo 30 de noviembre la pérdida total de los fondos de pensiones desde el xxx de junio era de 27 mil millones de dólares, o casi el 30 por ciento del fondo. Una merma que en el caso del fondo A alcanza al 45 por ciento. Una catástrofe que aumenta día a día, pero que no existe para el gobierno, que no habla, no comenta. No reacciona. Y no lo hace porque los tratados de libre comercio dicen que no puede tocar las inversiones extranjeras.
La Enade, que es el cónclave que celebran anualmente los empresarios chilenos en Casapiedra, aclaró un poco más las fórmulas que baraja el gobierno –y, por cierto, los empresarios- para amortiguar la crisis. Recetas que van en consonancia con las lanzadas por el gobierno de Bush y el secretario del Tesoro Henry Paulson. En síntesis, planes de ayuda diseñados a la medida de la gran empresa.
Lo que salió de Enade no generó ninguna sorpresa. Los empresarios pidieron al gobierno rebajar el IVA –tras el aumento “provisorio” durante el gobierno de Ricardo Lagos- como medida de reactivación económica. La otra petición, cómo no, fue el antiguo deseo de flexibilizar el mercado laboral. Ante la demanda del IVA, que no es una idea descabellada porque favorece a todos los consumidores, al comercio y la producción, Hacienda dio un portazo.
Pero nada nuevo. Ante una crisis de carácter estructural, el gobierno chileno y el sector privado siguen reaccionando y aplicando las mismas y tradicionales fórmulas. Rebaja de impuestos, flexibilización laboral, más apertura comercial. En suma, más mercado, como si la solución estuviera otra vez en la liberación de los mercados, como si la crisis y la catástrofe no fuera una consecuencia de la extrema liberalización de la economía.
Malas noticias
Pero este tipo de declaraciones no tienen ni tendrán ningún destino. La fuerza de la crisis crece cada día con impredecibles consecuencias sociales. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), el organismo que reúne a los países más ricos del planeta, advirtió a finales de noviembre que las economías de sus estados miembros sufrirán una recesión, la que se traducirá en un aumento del desempleo en ocho millones de personas. En estas naciones habría para el 2009 unas 42 millones de personas sin trabajo. Un proceso de involución que ratifica la Organización Internacional del Trabajo (OIT): para el 2009, proyectó hacia fines del mes pasado, los 1.500 millones de asalariados en el mundo perderán su poder adquisitivo a través de una mayor inflación, de mayores tasas de desocupación y de recortes salariales.
Malas noticias, que para los países menos afortunados serán peores. Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, dijo hace poco más de una semana que la crisis financiera va a impactar “enormemente” a los países latinoamericanos, pese aque hoy en día estén mejor preparados para enfrentarla que hace diez años.
La Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL) también ha hecho sus evaluaciones y estima que durante el 2009 unos 15 millones de personas de la región caerán por debajo del umbral de la pobreza. Y lo mismo el PNUD. Rebeca Grynspan, directora de la oficina para Latinoamérica de esta institución, dijo que “el año que viene, el impacto social puede agravarse aún más si los gobiernos y la comunidad internacional no generan respuestas adecuadas y eficaces”. Las crisis, dijo, pueden afectar a los grupos más vulnerables de manera desproporcionada, teniendo consecuencias más graves para los pobres y los marginados”. Según datos oficiales, más de cien millones de personas en todo el mundo han caído sólo este año en la pobreza.
Rescates superan el costo de la II Guerra Mundial
Pero las señales no parecen ir en ese sentido. Por lo menos no con la necesaria prisa. Los nombramientos que ha hecho Barack Obama para esta transición económica son figuras conocidas y renombrados neoliberales. Gente del gobierno de Clinton, expertos que ayudaron a liberalizar, a desregular la economía. Como el mismo futuro Secretario del Tesoro, Tim Geithner, presidente de la Reserva Federal de Nueva York, como Larry Summers, futuro director del Consejo Nacional Económico y ex secretario del Tesoro de Hill Clinton, como Paul Volcker, presidente de la FEd antes que Alan Greenspan, que encabezará el equipo de emergencia para encarar la crisis. Los nombramientos, realizados durante la última semana de noviembre, tal vez lograron el efecto deseado de calmar los mercados. Esa semana Wall Street recuperó unos diez puntos pese a pésimas noticias de la economía real.
Naomi Klein, en una muy reciente columna, intenta explicarse estos nombramientos. Y busca argumentos en la reacción que podría tener Wall Street. “Sabemos una cosa con certeza: que el mercado reaccionará con violencia a cualquier señal de que hay un nuevo sheriff en el pueblo que podría imponer regulaciones serias, invertir en la gente y suspender el dinero gratuito a las corporaciones. En pocas palabras, se puede confiar en que los mercados voten exactamente en el sentido contrario del que los estadounidenses acaban de hacerlo”.
Pero tampoco, dice, hay que darle en el gusto en todo a Wall Street. Tampoco hay que temerle demasiado. “Pocos lo podrían culpar de una crisis que claramente comenzó antes o echarle la culpa por cumplir con los deseos del electorado. Mientras más se espere, sin embargo, más se diluyen las memorias. A la hora de transferir el poder de un régimen funcional y digno de confianza, todos favorecen una transición suave. Cuando se sale de una era marcada por la delincuencia y por una ideología en bancarrota, un poco de turbulencia al principio sería una muy buena señal.
El columnista de La Jornada de México Alejandro Nadal también sostiene esta tesis. Es bueno un remezón. Llevar las cosas al extremo para, desde allí, comenzar a reconstruir.” Antes de mejorar, las cosas tendrán que empeorar”.
paulwalder@yahoo.es
Artículo publicado en revista Punto Final
