Juan Ordenes Narvaez y Washington Maturana Urzúa, siendo tan jóvenes, tenían una historia digna del mejor guión de una película de acción. Ambos habían participado en el copamiento militar que el FPMR-autónomo realizó el 21 de Octubre de 1988, en el poblado de Los Queñes. Con esa acción fundacional el FPMR-autónomo dio el vamos a la Guerra Patriótica Nacional. Sin embargo las cosas no salieron como las había planificado la Dirección Nacional del Frente. El destacamento se tomó el poblado de Los Queñes, una aldea precordillerana, cargada de historia patria. Por ahí pasó parte del destacamento del Ejército Libertador guiado por el Comandante Ramón Freire (aún no era General) y también por ese paso cordillerano conocido como “El Planchón” cruzaban la cordillera los guerrilleros independentistas Manuel Rodriguez y Francisco Villota. Desconozco si esta información histórica la tuvo presente el FPMR-A para escoger dicho lugar para su incursión armada; también coparon otros tres poblados el mismo día y a la misma hora: La Mora, Aguas Grandes y Pichipellahuén en el Sur de Chile.
En lo personal Los Queñes tiene un significado especial. Guardo hermosos recuerdos de mi infancia que pasé en esas montañas cordilleranas y ríos repletos de truchas y aire puro. En la toma del pueblo: posta pública, Retén y Hostería resultó muerto el carabinero cabo 2º Juvenal Vargas Sepúlveda, que se encontraba de franco y al escuchar las proclamas, no obstante haber sido reducido el retén, salió de su casa e hizo uso de su arma en una acción innecesaria y recibió una ráfaga de un miliciano. Hay versiones que indican que habría muerto por fuego cruzado de sus propios compañeros. Lo trágico, además de aquella muerte, es que, según cuentan los pobladores, el cabo 2º Vargas era un hombre que habría votado No en el plebiscito. Esos matices en “tiempos de Guerra” se pierden en el blanco y negro de la violencia. Un agricultor de apellido Saint Jean, dueño de un fundo y una hostería, reconocido hombre de derecha, quiso dárselas de héroe y recibió un tiro en una nalga, lo que entre la pólvora y humo del retén incendiado y el terror de los lugareños no acostumbrados a esas acciones, causó la hilaridad en la peonada de los fundos aledaños. Este mismo agricultor habría sido quién se contactó por radio alertando a la policía de lo que sucedía. El repliegue del destacamento fue rápido. Sin embargo causa sospecha que en los días posteriores con extrema rapidez llegaron unidades especiales del ejército, un fuerte contingente de 200 carabineros que “peinaron” la zona. También llegaron los siniestros CNI, que ejecutaban el trabajo sucio con los detenidos. De ahí en adelante comenzó el caos y la tragedia. También llegó el Fiscal Torres con su séquito de actuarios e interrogadores. Cerraron el pueblo y comenzaron las detenciones.
Juan y Washington lograron romper el cerco policial y militar y vadeando las precordillera curicana llegar a Talca. Ahí pasaron inadvertidos como dos temporeros más, de los cientos que por esas fechas llegan a la zona a trabajar en la recolección de fruta y la vendimia. He recordado esta historia por los hechos que hoy hacen noticia: el caso de Cofré Martínez, el ex “desaparecido” y además por aquellos casos de personas que han obtenido la calificación de “exonerados políticos” sin tener los merecimientos. Casos aislados con que la derecha quiere hacerse un festín. En esta historia, que son recuerdos de la muerte, existe otra arista que en algún momento emergerá, como una nueva pieza del puzzle histórico. Es la diáspora, el exilio y los cientos de miles de compatriotas, que por diversas razones salieron del país. La Dictadura fue como un gigantesco molino, que con sus aspas agitó las aguas del Chile profundo de una forma que aún no dimensionamos. En uno de los tantos viajes que hicimos con Cecilia Ordenes, que no descansó un día buscando mejores condiciones para su hermano, detenido en la cárcel de Curicó, a quién se le estaba torturando, y requería de asistencia médica, conversábamos de muchas cosas y fue así que en forma natural salió el tema de personas que solicitaron asilo político. Fue en un viejo bus, viajando de Curicó a Santiago, que me contó una historia increíble. Que más allá de lo sabroso del contenido, la sitúa a la misma altura que el caso del desaparecido-aparecido. En la población donde ella vivía los allanamientos cada día eran más intensos y a cualquier hora de la madrugada. El clima era insoportable. Fue así como una vecina, que sin tener militancia o algún grado de responsabilidad en la resistencia a la dictadura, seguramente ya no pudo soportar el infierno en que vivía, pero al no reunir los requisitos para exiliarse no encontró mejor cosa que confeccionar un lienzo con una sábana blanqueada por el cloro popular y la colgó en el frontis de su casa. Lo insólito era la leyenda que escrita con gruesos trazos y en macabras letras negras decía: “Te Vamos Puro a Matarte”.
La cosa no termina ahí. Cecilia me contó que aquella pobladora consiguió con un vecino que tenía un modesto taller fotográfico le tomara una fotografía a su casa con la sábana escrita y con dicha fotografía se dirigió a alguna embajada o al ACNUR y contó que su vida corría peligro y que debía ser sacada en forma urgente de Chile. Es así que se hicieron gestiones ipso facto y algún país de Europa le otorgó asilo. Nuevamente la “pillería del chileno” que le llaman aparece como consecuencia oscura de los oscuros días de dictadura. Los vecinos de la “amenazada de muerte”, ese pueblo silencioso que sabe más de lo que dice, un día vieron como llegaba un auto con patente diplomática para llevar al exilio a la vivaracha pobladora, que con una maleta de cartón y una gastada malla para el pan, agotada de las faltas de oportunidades y tal vez sin fuerzas para sumarse a la lucha, dejó atrás el gris cielo de Santiago.(continuará…)
Por Rodrigo De Los Reyes Recabarren
