Las europeas aprendieron muy rápido el modismo de los chilenos. “Califa” “Aweonao” Chucha” “Gil de la cuna” “Atontao” y otras oraciones para boquitas de monjas. En medio de las manifestaciones sociales las europeas parecían ser más chilenas de las exiliadas. La chilena, bueno, señorita en todos lados. Muchas europeas conocían al flaco Peña. Unas fueron sus amantes, las otras sus secretarias. Chamullero el viejo. Una tarde una europea se lo dijo delante a todos los chilenos: ” Andaí en puro chamullo y fui yo que te llevé a la cama y no vos, aueonao”. El flaco Peña estaba acostumbrado a ser humillado en público. No era lindo, es verdad, pero el mismo contaba cosas que nunca habían sido verídicas. Andaba diciendo que era amante de todas las comadres de la solidaridad. Unas, por culpa de él, no trabajaron más en la solidaridad con Chile. Harto peligroso era el flaco Peña, harto vaca y dudoso. Eso de supervisor de la Sumar era su ilusión porque francamente nadie lo conocía. Muchas veces narraba que estuvo en los campos de concertación y nunca se supo nada de él. !En el exilio se sabe todo! Es cómo entrar a la cárcel. El correo de las brujas es tremendo. Tantos llegaron diciendo que eran comandantes… pero a las pocas horas se sabia ya todo del mentirosos. El flaco Peña era uno de esos gallos, comandante del chamullo. Tenía un repertorio inmenso. Siempre se decía en los bares que el flaco Peña trabajó como charlatán en la calle Franklin porque en las fiestas solidaridad con Chile se las daba de mago y hacia aparecer billetes en sus manos luego de haberlos quemado. !Flor de comandante! decíamos en coro. Era simpático el flaco Peña. Incha del Colo Colo y de los paraguas blancos. Le gustaba coleccionar paraguas blancos. Predicaba en la cenas que ofrecía a sus comensales de la solidaridad que Sócrates fue indirectamente el creador de los paraguas blancos… Muchos de sus invitados no lograban entender su filosofía. “La inocencia, señores, es blanca”, decía el flaco Peña. Muchas veces se aplaudía sus ideas, otras tantas se le rebatían. “Que las mujeres chilenas tienen tetas grandes porque comen mucho pollo infectados de hormonas”, llevaba sus horas de discusión. Era sexista el flaco Peña. Con el tiempo se fue envejeciendo más y más y la solidaridad olvidándose de él. El Pinocho se había muerto. El Pinocho no era tema para Europa. La Concertación era el tema. Para el flaco Peña su época se estaba enrollando en la concha de un caracol olvidado. Por eso decidió comprarse un furgón y pintarlo blanco arriba y negro abajo. Era el propietario de una juanita. Había enloquecido el flaco Peña. Andaba diciendo que a la entrada de su casa estaba la “cuca” y que lo andaban buscando. Otras veces se hacia fotografiar al lado del radiopatrulla. En otras se le veía subiendo, en otros bajando, en otras dándole patadas, en otras orinándola, en otras limpiándola, en fin, el flaco Peña andaba dando la hora. El día que murió nadie quiso llevarse la juanita. El flaco Peña murió en su mundo de mentiras, el furgón, yace en un cementerio de autos, ahogado en Blanco y Negro.
Ivan Godosky
