Hace pocos días, procedente de Colombia de observar las elecciones primarias del Polo Democrático Alternativo, aterricé en Madrid directamente, sin pausa ni descanso alguno, en medio de la Asamblea Regional de Izquierda Unida.
Resulta muy difícil mantener la unidad de una fuerza política cuando los dirigentes de las diferentes corrientes de pensamiento u opinión que la componen actúan tácticamente, en el regate corto, a expensas de una mayor coordinación, en función de requerimientos de carácter electoral ya sean estos legítimos y aún coincidentes con los de sus propios compañeros de partido. Cara a la opinión pública y dado que nos movemos en el mundo de los “mass media“ controlados por nuestros adversarios, esta manera de actuar puede suponer a corto plazo una cierta ventaja mediática e incluso un éxito personal para unos pocos, pero difícilmente puede asegurar la consolidación de la izquierda que se pretende alternativa al sistema dominante y ello sin remachar las aspiraciones contradictoras, genuinas, no reformistas, que coexisten al interior de la izquierda, de carácter revolucionario, anticapitalistas y antiimperialistas.
Cuando se menciona este aspecto de la dificultad para construir una izquierda duradera, una vez más nos encontramos ante un problema metodológico que encubre otro –también de método- aún más turbio e intransitado: La democracia. El déficit democrático en las organizaciones de izquierda, supuestamente en mor de una mayor operatividad y una acción más rápida y eficaz, hace posible las prácticas marrulleras y clientelistas por las cuales se sacrifica y se hurta el debate informado y el acuerdo en la base no solo de las organizaciones sino del propio electorado; favorece el negocio y la alianza en las cúpulas al margen de sus propios discursos; y promueve el distanciamiento cada vez mayor del ciudadano de los espacios pensados para el control y la participación política.
Un programa político de izquierdas que no se fundamenta en una amplia participación; que no recoge el contenido del debate sobre propuestas plurales propias de su diversidad; que no refleja el esfuerzo de síntesis de contenidos; que no se flexibiliza y renueva constantemente por medio de la consulta ciudadana, y que no se fija periódicamente, se publicita y divulga por los medios que las actuales tecnologías ponen al alcance de casi todos, no puede arrogarse la denominación de izquierdas, por mucho que su letra escrita supere la prueba del control docto de los ilustrados. Pero si logrado el acuerdo amplio, satisfactorio y suficiente sobre la letra del programa, no se llegaren a establecer mecanismos y ámbitos donde su desarrollo sea democráticamente monitorizado y seguido con atención y urgencia, tampoco estaremos ante un programa posible sino ante la letra muerta del “leo y olvido” que difícilmente puede amalgamar a una organización cualquiera. Si además, sobre su cumplimiento, en las instituciones donde la representación y la gestión se hace posible, se impone un modo de operar cortoplacista, respondiendo a la agenda impuesta por el adversario, seguidista de lo coyuntural, contradictorio con sus propias aspiraciones, así sean estas irrealizables o extremadamente idealistas, el programa deja de tener sentido. Y sin programa político la fuerza política muere o se transforma en una mera marca electoral vacía de contenido y sin ninguna credibilidad. Pues en la vida real lo que otorga crédito a una organización (como a cualquier persona física) no es solamente el grado de cumplimiento de sus objetivos, sobre todo cuando estos nacen marcados por el vigor de sus utopías, queridas y consentidas, sino la ausencia de contradicciones escandalosas (como la corrupción y otros delitos graves) que pongan en entredicho su propio punto de partida.
El acuerdo programático obtenido con dificultad tras un largo debate, democrático y participativo, tampoco puede verse frustrado por la “oportunidad” incluso cuando sobre esta categoría planean réditos electorales beneficiosos para la mayoría de la organización o del pueblo representado según el parecer de quienes la secundan. Lo que en Colombia en materia de política interior se conoce como “Pacto por la Paz”, – en España puede equipararse a “Pacto de Estabilidad” en materia de política económica-, es el resultado de un acuerdo que se pretende audaz, aunque más bien obedezca a una visión oportunista de la política. Siendo en cualquier caso la Paz, -y la estabilidad– una aspiración legítima de la ciudadanía exigida por una gran mayoría de la población, no puede obviarse que su consecución real, con vocación de permanencia, pasa por cambios estructurales que deben ser expuestos y explicados con anterioridad o al menos paralelamente a la propuesta de pacto. En esto no podemos ser “posmodernos” al querer fragmentar lo indisoluble: la paz en Colombia no es ni será nunca paz a secas, es paz social, económica y justa, y se verá frustrada una y mil veces si se la aborda separadamente de cualquiera de sus partes, e imposible será mantenerla con vida sin atarla a una máquina (militar) que la sostenga, como si de un cuerpo sin cabeza se tratara, o sin corazón o sin vísceras. Otros muchos observarán que no se puede avanzar hacia la paz en ningún sentido si no hay compensación, justicia y garantía de “no repetición” del daño, como se denominan jurídicamente estos asuntos. Y es una verdad contrastada que allí donde se ha identificado a las víctimas mas no a los victimarios y por tanto no se ha compensado debidamente el dolor y realizado el reproche social que el victimario merece y la victima reclama, las heridas no curan, ni se conjuran tampoco las acciones lesivas futuribles. Pues es muy cierto que la alianza o el pacto con el tolerador del victimario (permítaseme el neologismo) o su cómplice, o su encubridor, o su representante, no sería justo, ni duradero, ni probablemente posible, cuando las heridas aún escuecen y no se ha producido ninguna reparación, ningún reproche. Por eso todo aquel que pretenda la reconciliación y el olvido hierra al pensar que su propuesta es aceptable solo por contener en ella la palabra PAZ a secas. Y así de nuevo nos encontramos con un problema de procedimiento, de manera de obrar y de metodología.
La izquierda también ha de saber que, tanto si representa a un amplio colectivo como a un millar de indígenas o a un puñado de vecinos, lo que se exprese en sus acuerdos ha de tener voluntad de cambio duradero, aunque este pueda graduarse reformista, radical o revolucionario, pues no todo reformismo ha de ser forzosamente contradictorio con lo radical y revolucionario, también puede ser propiciatorio de cambios necesarios, garantistas de la vida. La vieja máxima “cuanto peor mejor” no tiene en la actualidad fundamento alguno. Hemos de tener presente que en el opuesto siempre está la visión violenta, constreñida y corrupta a la que debe oponerse la izquierda en su conjunto con la firmeza de sus palabras, la coherencia de sus acciones y la práctica de una metodología democrática, que son su única fuerza.
Cuando el problema metodológico se obvia y la disputa se centra en aparentes o incluso reales desacuerdos de fondo, aireados fuera de los ámbitos institucionales de los que se ha dotado la propia organización; o se profundiza en la dificultad para encontrar lugares de encuentro y se privilegia –también mediáticamente- a quienes ostentan ciertas condiciones de legitimidad excluyente; el fracaso de un proyecto unitario está garantizado. En Colombia estas condiciones de legitimidad generalmente las exhiben las victimas (ex secuestrados, ex torturados, ex perseguidos), pero también ex guerrilleros, ex indigentes y ex discriminados. Todo ello sazonado con una buena sobredosis de prensa y radio rosa que pone al alcance de cualquier elector un enorme cartapacio de datos personales del candidato, líder o portavoz, que a la vez que oculta el rumbo de sus ideas distrae la raíz de sus discrepancias con los otros contendientes en el interior de su propia organización. Por eso no es casual que en los partidos políticos colombianos –no solo los de izquierda- los abanderados de la legitimidad (por lo general las víctimas) se erijan fácilmente en líderes o portavoces. Los abanderados marcan el rumbo, las prioridades del programa, la política de alianzas, etc. El diseño viene dado desde arriba y afuera –los mass media– y la izquierda lo traga como un jarabe necesario sin cuestionar sus contraindicaciones ni efectos. Eso también hace parte de la política de comunicación predominante. El portavoz no solo ha de ser locuaz, será mejor si puede mostrar heridas que favorezcan el tratamiento mediático de su imagen y la identificación empática con una población que también se siente victima de la violencia, la pobreza, la persecución y el miedo. ¿En donde queda pues, la objetividad a la hora de establecer prioridades de la acción política, cuando quienes representan al partido que las debate muestran, lo primero, sus heridas? ¿Si difícil es acordar y emprender un rumbo contrario a los vientos, acaso es menos arduo remar si se tienen completamente quemadas las manos?
Por otra parte, la izquierda tiene pendientes tareas arduas y urgentes en un mundo cuyos problemas no son cíclicos ni coyunturales. Las tormentas económicas que atravesamos anuncian tenebrosos retrocesos sociales -allí donde aún es posible retroceder-, y obedecen a razones más profundas que las meramente financieras. Lo sistémico se entrelaza con lo ambiental y con lo cultural y a la hora de hacer planes no podemos reproducir recetas decimonónicas o poner parches a los agujeros como si se tratase de males ya conocidos y anunciados. Seamos honestos, el cómo y el cuándo nos ha sorprendido a casi todos con el pie cambiado. Los analistas económicos murmuran: Supongamos que tenemos una banca pública fuerte, una fiscalidad redistributiva, una productividad sostenible, unas materias primas controladas, unos servicios públicos universales, supongamos, supongamos, supongamos. Pero en realidad, contamos con muy pocos instrumentos en el tiempo que nos queda para hacer posible nuestra visión del mundo y la utopía. Por tanto no se trata solo del problema del sistema, se trata de nuestro problema; aún no tenemos una alternativa organizada o en vías de consolidación.
La izquierda colombiana y por supuesto la izquierda de todos los lugares tendrá que plantearse una vez más si actuando en concordancia con los tiempos se sitúa en un espacio que ha dejado de ser local y provinciano, abandona su consabida intransigencia y coordina sus planes y sus programas en función de un bien común improbable pero todavía posible, que garantice no solo la unidad de acción y la consolidación de su fuerza como alternativa, sino la racionalidad de sus propuestas, así como la plena comprensión de sus dificultades al amparo de emotividades plañideras. Todo ello coordinado según un modo de operar, una metodología democrática, de acuerdo con la cual una importante mayoría de remeros ha de anteponer a sus particulares prioridades y aspiraciones un rumbo común que garantice la sobrevivencia. En ello, por fortuna, se empeñan muchos en el Polo Democrático Alternativo, empezando por su actual presidente que ejerce una conducción serena, coherente y profundamente comprometida.
