Neoliberales evaporados
Esa voluntad de Bush es hoy una fantasía. No es posible volver atrás. Y tampoco huir hacia delante. Bush, que ha demostrado saber muy poco o nada de economía, duda también sobre el efecto que tendrán las millonarias medidas. La economía, dijo hacia la segunda semana de octubre, se arreglará. ¿Cuándo? No sabe, no tiene idea. En el largo plazo, dijo, frase que no contiene una afirmación, sino una mera esperanza. El largo plazo es, en economía, en historia, una fase que supera una o dos décadas. Tal vez más tiempo. Un largo ciclo que también coincide con afirmaciones de economistas, que prevén una larga recesión. La recuperación tardará, han dicho, entre diez y veinte años.
¿Hacia el fin del capitalismo?
Hace dos semanas Wallerstein habló sobre la crisis financiera global, lo que ratifica su teoría. En realidad, podemos decir que Wallerstein, que ha impulsado a los movimiento antiglobalización y antiimperialistas, se ha elevado a la categoría de un profeta viviente del siglo XXI. Así explica el fin de este ciclo: “En una fase A, el beneficio es generado por la producción material, industrial u otra; en una fase B, el capitalismo debe, para seguir generando beneficios, refinanciarse y refugiarse en la especulación. Desde hace más de treinta años, las empresas, los Estados y las economías familiares se endeudan, de modo masivo. Actualmente estamos en la última parte de una fase B de Kondratieff, cuando la decadencia virtual se hace real, y las burbujas revientan las unas tras las otras: las bancarrotas se multiplican, la concentración del capital aumenta, la desocupación progresa, y la economía conoce una situación real de deflación.”
Wallerstein no se queda en ambigüedades para anunciar que estamos en el fin del sistema capitalista: “Pienso en efecto que hemos entrado después de treinta años en la fase terminal del sistema capital. Lo que diferencia fundamentalmente esa fase de la sucesión ininterrumpida de los ciclos coyunturales anteriores, es que el capitalismo ya no llega a “hacer sistema”, en el sentido en el que lo entiende el físico y químico Ilya Prigogine (1917-2003): cuando un sistema, biológico, químico o social, se desvía demasiado y demasiado a menudo de su situación de estabilidad, ya no llega a encontrar el equilibrio, y se asiste entonces a una bifurcación”.
A partir de entonces, dice, “la situación se hace caótica, incontrolable por las fuerzas que la han dominado hasta ese momento, y se ve aparecer una lucha, y no entre los poseedores y adversarios del sistema, sino entre todos los actores, para determinar lo que lo va a reemplazar. Reservo el uso de la palabra “crisis” a ese tipo de período. Ahora bien, estamos en crisis. El capitalismo se acaba”.
Para algunos, sólo codicia
¿Privatización del estado? ¿Nuevo evento en la Doctrina del shock?
Esta es la interpretación más o menos oficial. Pero la gigantesca operación de rescate bancario puede ocultar algo mucho peor, como son las tensiones que marcarán los próximos años. Marcos Roitman afirmaba la semana pasada que estas operaciones han de ser observadas bajo la luz de Marx. “Cuando los gobiernos conservadores y neoliberales se prestan a rejuvenecer el sistema financiero por medio de un intervencionismo estatal se refuerza el carácter de clase del Estado. Es el capitalista global el que está representado en su forma equivalente general. En momentos de necesidad emerge su esencia. Inyectar millones y millones de dólares o euros para evitar una catástrofe financiera o una caída espectacular de los valores bursátiles, supone orientar políticamente las decisiones. Pero igualmente, conlleva salvar a los grandes empresarios y las trasnacionales. El horizonte es reflotar el sistema”.
Se reflota el sistema a costa del estado, que es a costa de todos los contribuyentes. Se revive un sistema histórica y profundamente criticado, basado en la explotación sin freno de los recursos naturales, en la degradación ambiental, en la injusticia, en la explotación laboral. Un sistema que da cada día muestras evidentes de su declinación. Los estados, con el argumento de la salvación del sistema, de los ahorros de las personas, de las pensiones para la jubilación de los trabajadores, han apoyado no a los ciudadanos y pobres, sino a las elites, al sector privado global. A los denominados masters of the universe.
Bajo todas estas circunstancias, lo que hemos observado no ha sido sólo una operación económica global, sino una mega operación política. Los bancos centrales no eran independientes, como argumentaron todos los neoliberales, sino que estaban allí como una extensión de su poder, como un seguro o una línea de crédito, de los grandes capitales. Los superávit fiscales de los estados, sus reservas, estaban aguardando esta oportunidad. ¡Cómo hubiera gritado el sector privado si los estados hubiesen entregado esos recursos para resolver el hambre, la pobreza!
Se ha dicho que con la participación del estado en la economía habrá más regulaciones, en la necesidad de sentar un nuevo orden financiero internacional, a la manera de Bretton Woods en 1944. Pero nada de ello está claro. El orden financiero actual, que tiene su génesis y su estructura en la especulación y la desregulación, tendría que ser desmontado o completamente reestructurado. ¿Una decisión a partir de una contradicción?
Es posible llegar a afirmar que esta no es una contradicción. Es el estado de clase, hoy más transparentado que nunca. Ya no requiere subsidiar de forma indirecta o triangular a complejos de armamentos, petroleros, mineros, ya no necesitan los gobiernos entrar en largas discusiones para aprobar leyes que favorezcan a sus mecenas privados. Ahora, y ante la catástrofe, le ha entregado los recursos directamente. El estado, habría que decir, no es solo un estado de clase, sino que les pertenece. Este es un paso más hacia la privatización final del estado. Los anteriores pasos, que estuvieron encaminados en la misma dirección, contaron con otra argumentación: austeridad fiscal, corrupción, derroche… Hoy, cuando aún resuenan en nuestros oídos toda la cantinela del FMI y el Consenso de Washington, vemos una operación política presentada como una aparente contradicción, como una acción pragmática, generada por la necesidad.
Una acción que solo pudo ser posible tras el shock. Naomi Klein ya había observado estas últimas acciones del sistema capitalista para ganar espacios de poder y las explicó a la perfección en la Doctrina del Shock. El capitalismo o crea o espera la catástrofe. Tras la debacle, interviene y reconstruye a su propia medida. Lo hizo en Chile en 1973, en otras naciones sudamericanas, los hizo después del colapso del Muro de berlín, tras el huracán katrina y el tsunami de Indonesia, y lo hace hoy en Irak. Tras el atentado que derribó las Torres Gemelas se puso en marcha la “doctrina Bush” de la guerra preventiva. Hoy, con la crisis financiera, el plan ha sido intervenir en el corazón de los estados. De cierto modo, los ha privatizado.
Junto a la toma de rehén de los estados por el sector financiero – y no al revés, como podría creerse- está en plena marcha un proceso de aún mayor concentración de la propiedad y del mercado. En estas escasas semanas hemos visto como caen en quiebra varios bancos, que son absorbidos por otros, en las próximas veremos cómo los estado ingresan en la industria. Un proceso de profundos, erráticos y caóticos cambios. Pero será necesario esperar y ver el curso de los hechos, la emergencia de nuevos eventos para poder continuar con la tesis de Klein.
PAUL WALDER
Artículo publicado en la revista Punto Final
