Aún el demócrata blanco más liberal no superó el factor racial en diversas elecciones de EE.UU. Pero, como en el personaje cinematográfico de Spencer Tracy, acaso hoy prevalezcan otras razones.
Cuando en Estados Unidos se desataron con fuerza los vientos en pro de los derechos civiles hubo -en 1967- un exitoso estreno en las carteleras de espectáculos: la película “¿Sabes quién viene a cenar?”, una reflexión en suave tono dramático sobre los prejuicios raciales. En ella un acérrimo liberal demócrata, el venerable Matt Drayton -interpretado por Spencer Tracy- ve cómo los ideales de su vida se confrontan, inesperadamente, con un suceso familiar: su joven hija, a quien ha enseñado a ver el mundo sin anteojeras, regresa a casa a presentar a su novio, el doctor John Prentice, un rol a cargo del actor Sidney Poitier, quien en esa época era el más aceptado de los astros de color de Hollywood.
La irritada perplejidad con que el personaje de Spencer Tracy se enfrenta a su contradicción vital viene al caso ahora que muchos blancos demócratas de posturas liberales se confrontan, en la intimidad de la urna, a votar realmente por un candidato afroamericano a la Presidencia de los Estados Unidos.
No es la primera vez que un dilema así se les presenta. Ya en 1982 proclamaban en las encuestas su favoritismo por el popular alcalde afroamericano Tom Bradley para gobernador de California. Lo hicieron hasta el final, dándole mayoría incluso en los sondeos a la salida de votación. A la hora del recuento, sin embargo, fue su rival blanco quien se impuso. El fenómeno se repitió desde entonces en varias elecciones, de alcalde, representante, senador y hasta en las primarias demócratas de Wisconsin en 1988, entre el reverendo Jesse Jackson y George Dukakis.
Es el factor racial, inscrito en el ADN de la cultura anglosajona, el que obró en esos casos. Se teme que en el comicio presidencial de hoy vuelva a manifestarse. Que ello no ocurra finalmente podrá deberse a múltiples razones. La primera no sería un cambio de mentalidad de los votantes blancos maduros, sino la inscripción masiva de jóvenes, como la de esa veinteañera de la película “¿Sabes quién viene a cenar?”, sin desdeñar el efecto que pudiesen provocar en sus propios padres. También el votante negro abandonó su masiva apatía al ver que “ahora es posible” y la misma conducta tuvo el de origen latino.
Tales inflexiones pueden constituir elementos de una insensible revolución cultural, que enmiende siglos de discriminación, aunque la violencia racial puede aún perpetrarse en forma de un atentado. Pero sin duda que el favoritismo por Barack Obama –a quien las encuestas le dan un promedio de 6,3 puntos sobre John Mc Cain- está alentado también por la crisis financiera, con todas sus implicancias sociales éticas y políticas.
A pesar de los esfuerzos del candidato republicano por presentar a su rival como socialista y asociado a la extrema izquierda, el terrorismo y el Presidente Chávez, la ideología del cambio progresista, impulsada con sofisticación por un inspirador Obama, acaso encuentre suficiente eco en una nación agobiada por la economía, que sufre múltiples insuficiencias y retrasos en materia social y valórica, y una inédita falta de liderazgo; una nación por añadidura entrampada en dos guerras por la mentira inicial de su gobernante.
El candidato demócrata podrá ser negro y llamarse Hussein, pero ¿es eso peor que la eventualidad de tener una Presidenta como Sarah Palin, de índole tan desastrosa como George Bush? Es lo que tendrá que calibrar el ciudadano estadounidense –como ya lo hicieron prominentes líderes conservadores- en un día que puede marcar un hito en la historia contemporánea.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM).
La irritada perplejidad con que el personaje de Spencer Tracy se enfrenta a su contradicción vital viene al caso ahora que muchos blancos demócratas de posturas liberales se confrontan, en la intimidad de la urna, a votar realmente por un candidato afroamericano a la Presidencia de los Estados Unidos.
No es la primera vez que un dilema así se les presenta. Ya en 1982 proclamaban en las encuestas su favoritismo por el popular alcalde afroamericano Tom Bradley para gobernador de California. Lo hicieron hasta el final, dándole mayoría incluso en los sondeos a la salida de votación. A la hora del recuento, sin embargo, fue su rival blanco quien se impuso. El fenómeno se repitió desde entonces en varias elecciones, de alcalde, representante, senador y hasta en las primarias demócratas de Wisconsin en 1988, entre el reverendo Jesse Jackson y George Dukakis.
Es el factor racial, inscrito en el ADN de la cultura anglosajona, el que obró en esos casos. Se teme que en el comicio presidencial de hoy vuelva a manifestarse. Que ello no ocurra finalmente podrá deberse a múltiples razones. La primera no sería un cambio de mentalidad de los votantes blancos maduros, sino la inscripción masiva de jóvenes, como la de esa veinteañera de la película “¿Sabes quién viene a cenar?”, sin desdeñar el efecto que pudiesen provocar en sus propios padres. También el votante negro abandonó su masiva apatía al ver que “ahora es posible” y la misma conducta tuvo el de origen latino.
Tales inflexiones pueden constituir elementos de una insensible revolución cultural, que enmiende siglos de discriminación, aunque la violencia racial puede aún perpetrarse en forma de un atentado. Pero sin duda que el favoritismo por Barack Obama –a quien las encuestas le dan un promedio de 6,3 puntos sobre John Mc Cain- está alentado también por la crisis financiera, con todas sus implicancias sociales éticas y políticas.
A pesar de los esfuerzos del candidato republicano por presentar a su rival como socialista y asociado a la extrema izquierda, el terrorismo y el Presidente Chávez, la ideología del cambio progresista, impulsada con sofisticación por un inspirador Obama, acaso encuentre suficiente eco en una nación agobiada por la economía, que sufre múltiples insuficiencias y retrasos en materia social y valórica, y una inédita falta de liderazgo; una nación por añadidura entrampada en dos guerras por la mentira inicial de su gobernante.
El candidato demócrata podrá ser negro y llamarse Hussein, pero ¿es eso peor que la eventualidad de tener una Presidenta como Sarah Palin, de índole tan desastrosa como George Bush? Es lo que tendrá que calibrar el ciudadano estadounidense –como ya lo hicieron prominentes líderes conservadores- en un día que puede marcar un hito en la historia contemporánea.
(Comentario transmitido por Universidad de Chile Noticias, radio 102.5 FM).
