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Agosto 18, 2026

El mundo in-feliz

Se torna un ejercicio demasiado jocoso el contemplar la obcecada voluntad nacional de comparar a Chile con las naciones del primer mundo. Si durante la venta paulatina del país al gringerio suplicante que anhelaba la electricidad y las carreteras, se espetaron en todos los lugares mentiras tales como “Chile es la Suiza de Latinoamérica” o “Nuestro país es la Inglaterra del Cono Sur”, hoy el discurso ha devenido un patetismo demasiado increíble, aún mayor que en los tiempos del populachero Ricardo Lagos. Se nos dice “Chile está plagado de alergias, igualito que los países desarrollados” o “Hay un índice de suicidios idéntico al del viejo continente”… Ecce Hommo Chilensis.

A falta de hechos concretos que demuestren que Chile está superando realmente su condición de paria tercermundista, los Medios de Comunicación –como siempre- empiezan a fabricar una serie de noticias someramente novedosas, pero que aún conservan el mínimo común de todo el periodismo oligárquico chileno: la estupidez. Ya no sólo se elaboran de forma hilarante las típicas y auxiliadoras informaciones que tienen por objetivo cardinal precisamente lo opuesto, a saber desinformar; hoy no existe demasiado interés en el chupacabras, los Ovnis, las furtivas apariciones de Satán en algún negocio judío, o las vírgenes de piedra que excretan sangre celestial. Por el contrario, la atención está focalizada en cómo hacer parecer a Chile frente a los ojos del vulgo local y extranjero, como una nación rica y tal vez desarrollada, alcanzando el periodismo local ciertos niveles de bobería y necedad tan altos que nada pareciera hacerlo detener en su frenética carrera por la infamia y la ridiculez.

Esta semana se ha dicho que Chile se está pareciendo cada vez más a los países desarrollados, en la medida que su población padece de innumerables manifestaciones alérgicas con motivo de la primavera, inclusive se ha espetado que son los “niveles más altos en quince años” ¿Deberíamos sentirnos orgullosos cada vez que estornudamos, cada vez que el almizcle aventado desde nuestras atrofiadas fosas nasales va a parar a las tiesas y pestilentes guedejas de la chusma rabiosa aglutinada en los putrefactos rincones dispuestos al comercio? Uno dice “caramba, será entonces que los hospitales también estarán a la altura de los países desarrollados, con curas a raudales para la gripa, el insomnio, la gota y los primaverales catarros” ¿Están los hospitales chilenos capacitados realmente para atender a esta nueva oleada de enfermos a la francesa? Con guaguas intercambiadas, enfermos de Sida inubicables, filas eternas e insoportables, inauguraciones de consultorios dramatizadas, sería imposible afirmar que en algún lugar de nuestro esquelético país aquellos enfermos hallarán bálsamo para sus dolores profundos, porque sencillamente no existen garantías reales para esa gente enferma y que padece de alergia al sol y la luna, a los yuyos y a las varas de nardo, entonces ¿Cómo solucionar la paranoia producida por la comezón y los granitos del alma?

No se podría entender la absoluta irrelevancia de toda esta información, sino supiéramos que tras toda esa maquinación proveniente del mal se oculta el encomiable anhelo de hacer creer a los chilenos de que nuestro país está muy bien ¿A quién realmente le interesa saber que su picazón de entrepierna y la eccema de su antebrazo es la misma que sufren los habitantes de Liechtenstein, Oslo, Copenhague y New York?  A los mismos que en épocas de vacas flacas les preocupa cultivar el arte se esconder la realidad bajo la alfombra, para mantener los sentidos adormecidos y las pasiones atormentadas con falsos presagios de bienestar, mientras el descalabre se hace más grande y los problemas sociales reales, esos que crean distancias insondables entre el primer mundo y nosotros, se agudizan pero aún disfrazados con el vaho y el rocío que hacen contrapunto al crepúsculo de los sentidos, empobrecidos al punto que no discriminan entre realidad verdadera y aquella regentada y tutelada…

Está además muy en boga la cuestión del suicidio. Habría que construir un ensayo aparte –y acaso demasiado extenso- para tratar de penetrar en una temática bastante compleja, en esta voluntad repleta de severidad contra la vida. Pero lo que sin duda nos llama poderosamente la atención, es la delirante actitud de algunos medios de comunicación a la hora de tratar tan elevada temática, comparándonos nuevamente con naciones poderosas por el sólo hecho de compartir índices en aquella triste materia, en vez de dilucidar qué es lo que oculta la súbita actitud chilena frente al suicidio. No constituye perogrullada alguna aclarar que quizá todos los temores y cansancios, todas las dudas y todo el renunciamiento que hay oculto tras el suicidio, se deba a una actitud nacional estética, ética, axiológica y económica, demasiado llena de baches y sinsabores; es preciso además aclarar que a toda voluntad, subyace este escenario de rumba y ulalá trastornado cuya base está sentada sobre cimientos demasiado pedestres, cargados ante todo al desconsuelo y al silencio, al dinero y la fugacidad del alma, al amor y al odio furtivos en pos de una realidad bloqueada por el capitalismo, la vigilia asfixiante de nuestra vida, de la resistencia contra la vida ¿Podríamos estar verdaderamente orgullosos de una voluntad que aparece súbitamente, impulsada ante todo por un eterno ejercicio de despojar al sujeto de su historia y envenenarlo en cambio poco a poco con la falsa dicha ofrecida por la tecnología y la desolación, el consumismo y el desprecio de sí, la desidia inducida por un sistema establecido que rechaza toda disidencia y que sólo anhela a hombres y mujeres dispuestos a consentir la realidad de acuerdo a los anhelos que otros quieren que nosotros también queramos?

Precisamos demostrar nuestro total descontento frente a este escenario bañado de inmundicia y soledad. Constituye una absoluta idiotez el esbozar sonrisas por estar a la par con naciones del primer mundo en lo que a enfermedad y desdicha se refiere, ya que los motivos de nosotros y los de ellos no son por ningún motivo los mismos. Ante todo, cada mañana, nos despertamos con la certeza de haber suspendido nuestra existencia en una vida fútil y vacía y hay quienes saben de ante mano que la realidad no cambiará mucho a pesar de las encomiables intenciones que hay en el hocico y en las patas de nuestros representantes ¿Y es que esta es la vida, así va a ser? Antes de responder a esa pregunta, hay muchos que deciden poner punto final a la existencia y es labor nuestra ir más allá que ellos, preocuparnos por el resto de los hombres y mujeres y ver en qué medida podríamos alterar la realidad para que el día de mañana le encontremos algún sentido a esta eterna comedia salpicada de inexactitudes y rodeada de un océano infinito, donde aparentemente estamos condenados a navegar para siempre.