En dicha caleta el chico y su señora y su pareja de hijos, atraía a la mayoría que no tenía billete para ir a las brujas o para desplazarse a otros barrios más citadinos para menear el esqueleto y batir la lengua.
Entre el 60 y el 70 del pasado siglo el señor Vidal tenía una clientela fiel de trabajadores de las tres avícolas y algunas chacras que convivían por la zona.
Un Garage de lavados y engrases de automóviles y camiones.
La primera mayoría de clientes eran los que le mandaban a hacer Hojotas, que eran unas chalas con base de neumático y tiras de plástico o de cuero.
Las mismas que chapoteaban en el polvo del suelo de la picada, al son de la piragua de la Guillermo Cubillos, cumbia salida del vinilo salvador que hacía redondos los sábados del personal precordillerano.
O quién se animara con guitarra. Con cajones para la percusión. Las palmas. Las risotadas.
Joaquín era de los quitados de bulla. Se sentaba en una de las mesas de la esquina con la cazuela humeante, el amasado pan de los días, los amarillos de los ajíes cercanos y una copa de buen tinto.
Y sonreía, sobretodo cuando llegaba su niña de cerca de la plaza egaña. La bella Doris que dejo el oficio por él.
Con la que se casó el 71 y tuvieron un hijo que ahora que evocamos la historia, es un chileno patiperro que le va muy bien en Nueva Zelandia.
La mediagua de metal se apoya en la gran muralla de la iglesia, con su claustro de monjas internas que cuando cantaban y el sol andino venía a mover las campanas, a mi y al zapatero y a la familia de la gran picada nos parecía que realmente los milagros existían.
Que los domingos al mediodía en esos segundos que podían ser el minuto feliz de la semana.
Todos de zapatos lustrados y en un ovejerío que lamentablemente para el setenta por ciento de todos aquellos de este bello recuerdo, no era más que redimir un rato las pegas del cuerpo. Ponerle Betún alegre.
Media suela o media entera. O a veces le dio por hacer unos zapatos eternos.
Un par de ellos se los compró Alfredo Bessa Merlet.
Curado de tomo y lomo. De los que la altanería le brotaba porque comía poco en relación con lo que tomaba y lamentablemente para el en la picada no encontraba palmas que le aplaudieran la tontera.
Hasta que un sábado de septiembre, se puso tan cargante que le robaron los zapatos y el vestón que se había mandado a hacer al sastre de la calle Valladolid.
Don Joaquín le fabricó otros con la promesa de que no se los pusiera cuando fuera a entregarse al abismo de alguna de las noches dela picada.
Así era este zapatero. Partidario de Jorge Alessandri. Generoso con su gente del barrio. Con los Allendistas. Algunos de Radomiro Tomic.
Y el otro tercio, del partido de la barra del bar y de las cazuelas de la señora Carmen.
Tolerante en la partida de dominó cuando los que perdían ante su expertis se ponían pesados.
De letra fina para anotar a los deudores.
De mirada hacia la cordillera cuando alguna beata pasaba por su puesto eterno a aliñarle el espárrago.
Con los jóvenes que alucinados le admirábamos por ser un gran ser humano, de esos que hacen la sombra en una esquina de la República recuperada.
Don Joaquín Vidal, de oficio Zapatero.
Hoy por hoy, volvió a desempolvar en cuaderno de fiaos.
Fiaos los unos a los otros como yo os fié.
