Hace unos meses la filial chilena de Alfaguara puso en circulación el libro Correspondencia entre Pablo Neruda y Jorge Edwards, conformado por 46 cartas cruzadas entre 1962 y 1973 que alumbran diversos aspectos de la obra y la vida del gran poeta chileno. El epistolario aún no ha sido comercializado en México.
Neruda, a los 48 años de edad, era ya un personaje legendario: acababa de volver a su país tras un largo exilio (seis años antes, como senador, había denunciado ante el Congreso el anticomunismo del presidente de Chile, Gabriel González Videla, y sufrido por ello desafuero y persecución política), y aún estaba fresco el asombro que había producido la publicación del Canto General.
Edwards era un muchacho de 21 años que todavía escribía poemas, y el primer encuentro con Neruda le resultó un tanto desconcertante. De esa ocasión conservó en especial algo que le dijo el poeta: “Ser escritor en Chile y llamarse Edwards, es una cosa muy difícil.”
Edwards es el nombre de una de las familias más acaudaladas de Chile —propietaria del diario El Mercurio, del Banco Edwards, en fin…—, y en esa época era también el de Joaquín Edwards Bello, narrador y cronista, dueño de una prosa tan fina como crítica, que acabó por convertirse en un desclasado del que la familia se avergonzaba. Estaba lejos de ser un fracasado. La calidad de su escritura era reconocida y desde 1944 era miembro de la Academia Chilena de la Lengua, pero su carácter anticonvencional lo había llevado a vivir sitiado por la pobreza. Neruda lo tenía en mente cuando le hizo esa advertencia al joven Jorge, cuyo tío acabaría por suicidarse en 1968.
El trato entre Neruda y Jorge Edwards creció con el paso de los años y acabó por convertirse en amistad. El narrador ha reseñado esa relación con todo detalle en Adiós, poeta, su libro testimonial sobre Pablo Neruda, publicado por Tusquets en 1990.
Ahora acaba de aparecer, en Chile, un breve volumen que recoge la Correspondencia entre Pablo Neruda y Jorge Edwards, cuarentaiséis cartas escritas entre agosto de 1962 y junio de 1973, que permiten conocer de manera directa un fragmento de lo que fue esa amistad.
El autor de la compilación es Abraham Quezada Vergara, historiador y diplomático de carrera que ha compaginado su vida profesional (actualmente forma parte de la Representación Permanente de Chile ante las Naciones Unidas) con el estudio de la vida y la obra de Neruda. A él se debe otra notable compilación de cartas del poeta: Epistolario viajero, 1927-1973 (RIL, 2004), que reúne sesenta misivas escritas por Neruda en función de su cargo: cincuenta durante la época en que desempeñó actividades consulares (1927-1943) y una decena durante los dos años en que fue embajador de Chile ante Francia. El trabajo de Quezada como editor es siempre esmerado. En este nuevo trabajo firma un extenso y puntual estudio preliminar; anota cuidadosamente las cartas; identifica y describe de manera sucinta a casi todas las personas en ellas mencionadas, esclarece las cosas que los corresponsales tratan en clave o se dicen sobre valores entendidos y proporciona el contexto en que las cartas son escritas a través de una pertinente cronología. Además, invita a Edwards a escribir un prólogo, y el narrador añade, a la generosidad de autorizar que se publiquen sus cartas, unas páginas que permitirán, a quienes aún no hayan leído Adiós, poeta, entender su relación con Neruda.
De manera que esta Correspondencia se puede leer perfectamente como un volumen autónomo, y su lectura entrega muchas cosas. En primer lugar, por supuesto, destellos de la personalidad de cada uno de los corresponsales y datos que permiten comprender mejor sus actuaciones en determinadas circunstancias. Pero también hay atisbos de sus estrategias para sortear la vida profesional y la vida literaria, opiniones sobre personas y sobre asuntos políticos expresadas con la franqueza de quien se siente a salvo de indiscreciones en el claustro epistolar.
Veintinueve de las cuarentaiséis cartas son firmadas por Neruda, quien, como cabe esperar, suele recargarse en su joven colega. Solicita, encomienda, aconseja, pero no es impositivo y el conjunto lo pinta más bien como un hombre generoso. No hay entre ellos una relación de subordinación. El trato, sobre todo al principio, es necesariamente asimétrico, dada la diferencia de edades y de peso social, pero está marcado por la cordialidad.
El carteo comienza cuando Jorge Edwards, a los cinco años de formar parte del servicio exterior de su país, es asignado a la Embajada de Chile en Francia como tercer secretario. Es su primera misión (de hecho, el epistolario cubre la totalidad de su vida diplomática en el extranjero). Su último destino en el extranjero también será París, esta vez, a instancias de Neruda, quien al ser nombrado embajador por Salvador Allende, busca que Edwards sea su ministro consejero, es decir, su segundo en el mando.
Las cartas que intercambian no son —lo señala muy bien Jorge Edwards en su prólogo— piezas de una correspondencia literaria; la mayor parte de ellas fue escrita a vuelapluma, pero eso mismo las hace más estimables. No hay afectación, ninguno de los dos, en ningún momento, imposta la voz para decir algo trascendental. Más bien brilla el sentido del humor de Neruda, su ánimo juguetón, que lo lleva a redactar con frecuencia cosas como: “Estamos ansiosos de saber noticias nuevas y de la familia. Por lo tanto, quiero que nos regales con una de esas picarescas cartas que romperemos de inmediato y recordaremos siempre”, o bien: “Documentos irrefutables me prueban que el pasado 12 del presente [julio de 1963, fecha del cumpleaños de Neruda], en vez de libar copiosamente con un Beaujolais por la salud de tu amigo que cumplía millones de minutos, te dedicabas a visitar la sórdida maison Gallimard.”
Hay algunos asuntos centrales en esta correspondencia que la brevedad del espacio sólo permite enunciar: a) entretelones de la campaña emprendida en 1966 por el estado chileno para postular a Neruda al premio Nobel (ella incluyó una exposición en Estocolmo de los magníficos libros que Neruda donó a la Universidad de Chile en 1954, al cumplir cincuenta años de edad); b) la relación de Neruda con Fidel Castro y la Revolución Cubana, arruinada a partir de la carta que un grupo de escritores y artistas cubanos publicó el 31 de julio de 1966, condenando la visita de Neruda a los Estados Unidos para participar en una reunión internacional del PEN Club; c) las negociaciones de Neruda, en la época en que era embajador, para levantar el embargo contra el cobre chileno, instigado por las compañías norteamericanas que se vieron afectadas por la nacionalización de ese mineral.
En la parte final de la correspondencia llama la atención, en particular, el ánimo confiado —casi podría decirse optimista— con el que Neruda, que ha retornado a Chile en noviembre de 1972, parece contemplar la efervescencia política de su país, a pesar de que el bosquejo de la situación que le brinda a Edwards (carta del 28 de diciembre de 1972) tiene rasgos alarmantes:
“El país está tan indefinible como lo ha sido siempre. Los momios han llegado a una insolencia rayana en lo criminal, Aquí no escuchas sino radios de derecha, insultando afiebradamente al gobierno y reclamando libertad de expresión. Todas las querellas judiciales del gobierno contra esos desacatos van a parar al tacho de la basura, depositadas allí por nuestro aparato de mal llamada justicia […] La CIA inundó de dólares el país para apoyar el paro patronal y esa divisa bajó en la bolsa negra.”
En seguida, le pide a Edwards que le ayude con el traslado de su vehículo desde Francia a Chile y le habla sobre asuntos menores pero que implican una suerte de fe en el largo plazo.
Por supuesto, Neruda no era ingenuo. Ni lo era el pueblo chileno que había resistido ya los embates de grupos terroristas de la extrema derecha como Patria y Libertad, cuyos liderzuelos huyeron a la Argentina a finales de 1972.
El 4 de diciembre de ese año Allende había denunciado ante el pleno de las Naciones Unidas en Nueva York la agresión norteamericana a través de transnacionales como la International Telephone and Telegraph y para enero de 1973 Neruda ya había concluido su Incitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena, cuya edición y envío le adelanta a Edwards en el párrafo inicial de una carta fechada el 11 de febrero, tras la que añade: “Aquí la cosa está que arde y vale la pena vivir.” Le anuncia también que viajará a París para embarcar muebles y libros.
Las circunstancias son graves y Neruda anticipa —lo manifiesta en su poema— que habrá más ataques pero, evidentemente, confiaba en la lealtad del ejército chileno.
Tampoco Edwards parece sospechar la sombra que se cierne. El 12 de abril de 1973 le escribe a Neruda desde París:
“Yo estoy súper saturado de embajadas y he optado por pedir que me llamen de vuelta a Chile. Pienso organizarme para tomar un permiso largo sin sueldo y terminar algunos manuscritos. […] Otra cosa: los mexicanos, con quienes he pasado estos días debido a la visita de Echeverría, tienen muchos deseos de hacerte una invitación en gran forma y completamente a tu gusto a México. Te transmito la idea por si te gusta.”
Para historiadores e investigadores literarios, el epistolario no tiene desperdicio. No lo tiene para quienquiera que admire a Neruda.
Sólo es una lástima que falten algunas de las cartas de Edwards. No es raro porque Neruda nunca fue cuidadoso en cuanto a la conservación de su correspondencia. Quien asoma a su archivo, en la Fundación Neruda, se da cuenta de que casi todas las cartas que le fueron enviadas antes de la década de 1950 se han perdido. Sólo a partir de que vive con Matilde Urrutia comienzan a cuidarse sus papeles. Por lo que se ve, aun así muchas cartas se extraviaron o han ido a dar a manos de coleccionistas.
Edwards entregó las que Neruda le envió a la Universidad de Princeton. Allí fue a buscarlas Quezada. Las del narrador se encuentran en la Fundación Neruda.
Hay que saludar la aparición de esta correspondencia como un acontecimiento importante. A pesar del renombre del poeta y del tiempo que ha pasado desde su muerte —el 24 de septiembre se cumplirán 35 años—, se han publicado relativamente pocas cartas de su autoría.
En 1975 se imprimieron las Cartas de amor de Pablo Neruda. Ciento once cartas enviadas a Albertina Azócar, las inspiradora de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, escritas entre 1921 y 1932, recopiladas y anotadas por Sergio Fernández L. para la casa madrileña Ediciones Rodas.
Tres años después circuló la hermosa edición de las Cartas a Laura, que incluye ejemplares facsimilares de cada una de las veintiocho envíos que Neruda dirigió a su hermana, hecha por Hugo Montes para el Centro Iberoamericano de Cooperación.
En 1980 Editorial Sudamericana publicó una compilación hecha por Margarita Aguirre: Neruda/Eandi, Correspondencia durante Residencia en la tierra, que reúne veintisiete cartas de Neruda a su amigo argentino Héctor Eandi durante el periodo en que redacta gran parte de los poemas de ese gran libro; catorce de Eandi a Neruda, y tres de Alfonso Reyes, quien, en la época de esa correspondencia, era embajador de México en Argentina y tuvo la gentileza de hacer gestiones a favor de Neruda entre sus amigos diplomáticos para que el poeta, como ocurriría tiempo después, fuese trasladado al consulado chileno en Buenos Aires.
Estos tres, y los dos preparados por Quezada, son todos los epistolarios de Neruda que se han publicado. Por eso sorprende que Alfaguara no haya tenido la visión para lanzar una edición internacional de gran tiraje y sólo se haya impreso y difundido en Chile. (La ausencia de comentarios en la prensa española indica que tampoco ha circulado en ese país.)
Como recuerda Edwards en el prólogo que escribió en otoño del 2004 para la nueva edición de Adiós, poeta, cuando salió la primera, en Chile, “que es el país de los tontos graves, dijeron que el libro era demasiado doméstico, que era un Neruda en pantuflas.” Ahora pasa lo mismo. Ocupados en maquilar mercancías rentables muchos editores no saben reconocer ya cuándo cuentan con un libro importante. Esperemos que la filial mexicana se anime a importar por lo menos algunos ejemplares.
*Poeta, ensayista y traductor; entre de febrero del 2002 a mayo del 2005 se desempeñó como Agregado Cultural de la Embajada de México en Chile. Texto publicado originalmente en el semanario Proceso del 7 de septiembre de 2008, se transcribe en
Clarín.cl por gentileza del autor, en homenaje al 35 aniversario luctuoso del poeta Pablo Neruda.
