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Agosto 18, 2026

La mujer que anda rayando murallas

Alicia, mejor dicho la guatona, nunca ha dejado de rayar murallas en  la ciudad de Santiago.  Habían pasado tantos años y su compañero, el flaco Pino, que había  salido el 11 de Septiembre del 73 a comprar una garrafa de chicha  para celebrar el cumpleaños de la guatona, no volvió nunca más.

Me dijeron que fue el primer trofeo de Pinochet.  El flaco Pino era militante del copete. Un hombre orgulloso de su  familia y de su apellido: “Pino Uvas”. En la población de la  Caro lo  conocían hasta los gatos porque era el único hombre que tenía un  sable, según él, perteneciente a Arturo Pratt. Tantas veces salía  empipado de su casa a corretear los primeros marihuaneros de la zona.  Lo respetaban. El volaba con pipas, decía, y si uno de sus cabros  fumaba esa güea de hierba con alicates les sacaba el humo de los  pulmones.

El flaco Pino era un chileno sano. Valeroso en momentos críticos de  su vida. Su partido, decía él, eran sus manos callosas y destruidas  de tanto yeso y cemento.

Hacía pololitos de estuco o de pintura en todo Santiago y en casas de  momios o comunistas. En su casita, en  una muralla del living, tenía  colgada una foto, en blanco y negro,  en la cual aparecía hasta con  Neruda. Nunca se supo cómo y cuándo estuvo con el poeta.

El Flaco Pino respetaba a todos los hombres y era  padre de 11 críos:  todos bautizados y santificados, señores. Entraba a la iglesia sólo  en los bautizos de su prole. “Los santos aprietan cachete cuando me  ven, pairecito, por eso no vengo seguido”, le decía a don Rafa, antes  cura del ejército. Don Rafa había bautizado a toda la población Caro.

El día que el flaco Pino desapareció don Rafa lo buscó por todos los  recintos militares y la morgue.

La guatona Alicia, antes del golpe, fue una mujer casera: tranquila  como un babero de guagua. Sus hijos, buenos estudiantes y responsable  con toda la familia, se habían dividido en dos polos. Unos entraron a la resistencia, otros a las fuerzas armadas.

Para la guatona Alicia no existen hijos malos: ellos eran sus mejores  hijos.

A medida que pasaba el tiempo empezó a rayar murallas.  No sabía leer ni escribir. Dibujaba signos que ella, solamente ella,  podía entender.

Una noche, mientras rayaba unos palotes aportillados de balas,  la  sorprendieron unos soldados. Algunos de ellos andaban con el hocico  espumoso de tanto valium.

“No la maten güeones, es mi mamá” gritó el cabo de los soldados.

Nunca se ha sabido si fue tarde o temprano el grito del cabo porque  una navaja, que no era ni del ejército, estaba por degollar a la  guatona.

El cabo, su hijo, asistía impávido.

Un disparo, eso escribió el cabo, llegado desde un techo de una casa,  mandó a mejor mundo a un soldado que cayó defendiendo su patria.

Eso escribió el cabo. Nunca jamás se dirá que los soldados se mataban  entre ellos.

La guatona corrió a su casa.

Han pasado 35 años y ella, ya anciana, sigue rayando murallas en  busca de su flaco y padre de sus once hijos.

Dicen, en las misas en memoria del flaco Pino, que fue un soldado,   hijo de un vecino, que lo hizo desaparecer por el hecho de haber  salido en una foto con Neruda.

Ivan Godosky
Juan Godoy
juan@godoy-art.de