El flaco Pino era un chileno sano. Valeroso en momentos críticos de su vida. Su partido, decía él, eran sus manos callosas y destruidas de tanto yeso y cemento.
Hacía pololitos de estuco o de pintura en todo Santiago y en casas de momios o comunistas. En su casita, en una muralla del living, tenía colgada una foto, en blanco y negro, en la cual aparecía hasta con Neruda. Nunca se supo cómo y cuándo estuvo con el poeta.
El Flaco Pino respetaba a todos los hombres y era padre de 11 críos: todos bautizados y santificados, señores. Entraba a la iglesia sólo en los bautizos de su prole. “Los santos aprietan cachete cuando me ven, pairecito, por eso no vengo seguido”, le decía a don Rafa, antes cura del ejército. Don Rafa había bautizado a toda la población Caro.
El día que el flaco Pino desapareció don Rafa lo buscó por todos los recintos militares y la morgue.
La guatona Alicia, antes del golpe, fue una mujer casera: tranquila como un babero de guagua. Sus hijos, buenos estudiantes y responsable con toda la familia, se habían dividido en dos polos. Unos entraron a la resistencia, otros a las fuerzas armadas.
Para la guatona Alicia no existen hijos malos: ellos eran sus mejores hijos.
A medida que pasaba el tiempo empezó a rayar murallas. No sabía leer ni escribir. Dibujaba signos que ella, solamente ella, podía entender.
Una noche, mientras rayaba unos palotes aportillados de balas, la sorprendieron unos soldados. Algunos de ellos andaban con el hocico espumoso de tanto valium.
“No la maten güeones, es mi mamá” gritó el cabo de los soldados.
Nunca se ha sabido si fue tarde o temprano el grito del cabo porque una navaja, que no era ni del ejército, estaba por degollar a la guatona.
El cabo, su hijo, asistía impávido.
Un disparo, eso escribió el cabo, llegado desde un techo de una casa, mandó a mejor mundo a un soldado que cayó defendiendo su patria.
Eso escribió el cabo. Nunca jamás se dirá que los soldados se mataban entre ellos.
La guatona corrió a su casa.
Han pasado 35 años y ella, ya anciana, sigue rayando murallas en busca de su flaco y padre de sus once hijos.
Dicen, en las misas en memoria del flaco Pino, que fue un soldado, hijo de un vecino, que lo hizo desaparecer por el hecho de haber salido en una foto con Neruda.
