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Agosto 18, 2026

De cómo llegué a ser alguien gracias a Facebook

Pues sí… a petición de un populoso y demandante público, finalmente vencí mi reticencia tecnológica, dejé de lado mis escrúpulos antivirtuales, y me aventuré a explorar el mágico mundo Facebook (lo trillado de la frase será disculpada por quienes realmente se sienten hechizados por la famosa página que parodia la sociedad). ¿Qué descubrí? ¿Cuál es la bitácora de mi primer día en Facebook?

Comenzaré por el inicio, para mayor gloria de la claridad. Mis tabúes anti – Facebook comenzaron el día que Bárbara me envió una invitación a mi correo electrónico (o chateando, da igual, fue una “invasión bárbara”), y luego tuve una inundación de esas invitaciones de mis amigos pidiéndome que fuera su amigo (X wants to be your friend in Facebook o algo así). ¿Qué no somos amigos ya? “Los gringos te espían en Facebook”, leí en algún correo, no exento de malicia. Además, debido a las inversiones de empresas de software en las aplicaciones (programas) más usadas en Facebook, cada usuario tenía una valor estimado de 300 dólares en el mercado. Considerando que cada día el número de usuarios de esta red crece en un promedio de 200,000 personas, me dejé llevar por la tacañería de quienes no reciben comisión. Ergo, “No a Facebook”, inscribí en el pórtico de mi pequeño templo cibernético. Pero, semejante a una tentación, Facebook seguía insistiendo. Hoy, como ya dije, sucumbí a la tentación.
 
Como en la clásica canción de Guns & Roses “Welcome to the jungle”, Facebook tenía para mí mucha diversión y juegos. Además, una ristra de 81 amigos (algunos de los cuales no tengo el gusto de conocer), que aguardaban con dulzura y paciencia a realizarse en tanto que verdaderos amigos (porque antes del clic para aceptarlos o no, no pueden ser verdaderos amigos, es decir, figurar en mi lista de amigos, con derecho y, me atrevería a decir, deber de escribirme mensajes en esa estructura caprichosa que los artífices de Facebook llaman “wall” o incluso considerarse “fans” míos). Vi que tenía ya 7 posts (mensajes) de un golpe. Llegó uno más… “another post in my wall” – pensé.
 
Bien. Amigos, fotos, redes de amigos de mis nuevos amigos y hasta la descripción de “qué estás haciendo en este momento”. ¡Y surgió la comparación! Pepito tiene 100 amigos más que yo, veinte fotos más que yo… etcétera. Esta es una fase natural del proceso Facebook. Alguna vez leí un artículo en el periódico sobre la depresión de adolescentes que tienen tasas “a la baja” de amigos Facebook. Es un fenómeno relacionado con las tragedias de los bloggers que no reciben comentarios. Pues bien, como ellos, me sentí abruptamente despojado de mi rating social. Con este asalto sigiloso, Facebook comenzó su labor alquímica en mi autoconcepto.
 
El segundo asalto autoconceptual me llegó de una partecita del panel inferior de mi “perfil” (porque todos tenemos uno). Resulta que puedo elegir mi mood (estado de ánimo), pudiendo escoger hasta entre cuatro grandes familias de estados del humor: bueno, malo, aleatorio y uno que simplemente se llama “choose your set”. En el último, puedo sentirme “orange”, lo cual debe tener alguna relación con la simpática naranjita diabólica del dibujo. También puedo sentirme “inocente”. Si Kierkegaard, Kafka y otros existencialistas hubieran tenido acceso al mundo Facebook, cientos de libros angustiantes se habrían evitado. Mágicamente, antes de elegirlo, mi perfil rezaba: “I’m happy”. ¡Menos mal! Es raro que en el mundo Facebook nadie pueda sentirse “globalifóbico”, “tercermundista”, “mesiánico”, “competitivo”, etcétera. Pero debe ser que es un mundo ideal y, como dice el filosofema lógico, no debemos confundir las causas con los efectos.
 
Como no encontré un mood adecuado, probé suerte en otro de los espejos Facebook y fue así como recibí la revelación de que soy el mismísimo Freud (“You are Simund (sic) Freud”), es decir: “Te sientes un genio, y muchas personas te siguen, pero tienes también detractores. (…) dicen que no eres un científico, sino un literato (¡oh no!), y que confundes la ciencia con la mitología. Has hecho grandes aportes a la psicología (debería empezar a registrarlos) (…)”, etcétera. Así me definió, con todas sus letras, el quiz “¿Qué psicólogo clásico eres?”. Caray, menos mal que no me vi reducido a ser… ¡yo mismo!
 
Pero hubo más sorpresas. En el quiz “¿Qué dios griego eres?”, descubrí que era Gaia y que “amaba todo en el mundo”. ¿Cómo lo supieron? Bueno, entre las preguntas que me hizo el Oráculo de Facebook figuraba la siguiente: “si fueras americano, ¿por quién votarías?”. Las opciones incluían a Obama, “George again”, Hillary, John Edwards, “no voto” y “deberíamos vivir bajo nuestras propias reglas”. <>, supuse. Otra pregunta determinante para descubrir qué dios griego soy, era la siguiente: “si pudieras ir atrás en el tiempo y detener a Hitler, ¿qué harías?”. “¿Cuál de las recientes películas es tu favorita?”, etcétera. Me sentí muy aliviado de que el examen conducente a la respuesta a una pregunta tan divina fuera tan sencillo como un sondeo de preferencias electorales, una encuesta de valores o un estudio de mercado. Mágica pedagogía Facebook.
 
En el mundo Facebook no sólo hay amigos. ¡Cuidado, desprevenidos! Mientras exploraba feliz como Gaia aquél tierno universo, saltó un letrerito que decía “Hay dos amigos que te odian y uno guarda un “crush secret” sobre ti”. <>. O quizá fue la envidia de saber que soy un genio. ¡Claro: los detractores! De hecho hace unos días, una amiga me relataba muy entusiasmada que había llegado al nivel “Einstein” del test de IQ. Su emoción era tanto mayor cuanto en días anteriores no salía del nivel “chimpancé” o algo así. “¡Fulanita tiene más IQ que yo!”, me confesaba con desconcierto, agregando de vez en vez un “¿podrías creerlo de ella? Mi único consuelo es que en el test de vocabulario soy Shakespeare”. Por eso ya no hice esos test, porque ya ha sido suficientemente intenso para un primer día saber que soy Freud, Gaia, me siento feliz y tengo un wall con muy poquitos posts. Espejos sobre los cuales no hace falta hacernos la pregunta de si hay algo detrás de ellos. De alguna manera recordé mi primer día Windows Vista, cuando sentí, entre avisos de actualizaciones automáticas, que la Internet se volvía ama y señora del cómputo del tiempo electrónico, una suerte de gran parca del mundo informático que distingue lo actualizado de lo no actualizado, la vida y la muerte “orgánica” del software que anima las máquinas. En fin, tomaré mi fluoxetina para relajarme y, como diría la bella Scarlett O’ Hara: “Mañana será otro día”. Otro día Facebook.