Nunca ha constituido una labor sencilla describir cuáles son los componentes esenciales de una obra musical para que ésta pueda ser incluida en los imperios del arte. Tal vez la cuestión en sí misma no tendría mayor relevancia si en nuestro tiempo no se insistiera tanto en rotular como “artista” a cualquier sujeto cuya creación es dispuesta a través de los canales tradicionales donde se difunde el arte ¿Por qué Madonna es artista? La respuesta de ordinario es la misma “Si no lo es ¿Cómo se explica su permanencia constante en el mercado?
En ocasiones es inevitable caer en el conservadurismo en lo que al arte respecta. Hoy en día es común asociar al Mercado –es decir, la empresa capitalista donde se oferta y demanda, donde hay publicidad y Marketing- con la producción artística, borrando de un plumazo los componentes intelectuales, filosóficos y espirituales que guiaron la voluntad del artista y en cambio, glorificando toda obra que por reunir determinadas características tiene asegurada la venta en el comercio formal. De ahí la deliberada pleitesía que rinde todo mundo a las “obras” capitalistas regentadas –en muy pocas ocasiones creadas- por sujetos como Madonna, Michael Jackson o Sting. Para los consumidores ellos pertenecen al reino del arte popular, mientras que otros como Jacqueline du Pré, Wolfgang Mozart (quizá dentro de los grandes, uno de los más prostituidos) o Zoltan Kodaly se enmarcan en lo “clásico”, cuya compleja estructura, síntesis intelectual y en muchas ocasiones exquisita profundidad axiológica, se transforma en renunciamiento estético por parte de las audiencias, para quienes todo lo anteriormente citado se destierra a un espacio “docto”, dificilísimo, oscurantista e incluso poco vanguardista y aburrido.
Es un hecho de la causa el atrofiado goce estético de las “masas”, cuyo oído, visión, tacto y gusto ha sido bien entrenado, ora a través del silenciamiento de la información, ora a través de la imposición de un arte comercial como única alternativa para excitar la percepción sensible. El relegar obras de tan alta factura estética y técnica como “La Flauta Mágica K.V. 620”, “Pasión de San Mateo B.W.V 244” o “24 Preludios Opus 28” a la rinconera de lo “clásico”, manifiesta un total desprecio humano a una historia cuyo devenir se ha visto influenciado de forma positiva y magistral por todo lo que ha sido concebido a partir de la imaginación de los genios del arte. Pero todo sujeto es él “y sus circunstancias” (Ortega) y tal vez eso explica la merma de colosales obras y por el contrario, el auge y triunfo de lo fugaz e insignificante como fuente de conocimientos e incluso de la dualidad bien y mal ¿Qué ofertan las canciones que se enmarcan en la música popular, o más específicamente, todo solista o agrupación que se ha enajenado por las modas capitalistas anglosajonas? Nada que la poesía de pesebreras, las chorradas de Corín Tellado o la cultura del Reader’s Digest no haya ofrecido con anterioridad: lamentos y fruslerías populacheras, una frenética concupiscencia, diarrea mental.
Casi como cualquier subproducto de la cultura de masas, que de mayor o menor forma precisa contentar los caprichos del mercado, la nueva música introduce la protesta social, la pasión, la sensualidad, la flora y la fauna, en canciones de dos a tres minutos fácilmente digeribles, con una prominencia de la letra por sobre la melodía quedando la música en sí y por sí aniquilada, demolida. Lo peor sin embargo, no sería la exigua duración de las canciones (artistas de gran altura como Violeta Parra componían pequeñas pero grandes obras) sino aquella repulsiva tendencia de los consumidores de inmiscuirse en la vida privada de sus estrellas favoritas, voluntad regentada en última instancia por una industria del “entertaining” que transforma en noticias todo lo concerniente a la Madonna o el Ricky Martin de rigor, describiendo con rigurosidad y sin pelos en la lengua la viscosidad del almizcle del amante, la manufactura de los edredones y del lecho, los juicios, las querellas y demandas por pensión alimenticia que de improviso se transforman en cardinales y muy trascendentes componentes de la construcción social de la realidad.
Podría contrarrestarse tal visión, alegando que si los actuales medios de comunicación y las diversas tácticas utilizadas por la publicidad hubiesen existido en el siglo XIX, de igual manera podría haberse especulado respecto a las escaramuzas amatorias de Richard Wagner y la hija de Franz Liszt, de Lou Salomé y Friedrich Nietzsche, de Frederick Chopin y George Sand. La verdad es que el argumento carecería de toda veracidad en el sentido que tales relaciones tormentosas y profundamente intelectuales, se originaron a partir del encuentro de dos almas que tenían demasiado en común y que se unieron a partir de obra y gracia de la genialidad y la creatividad, todo lo que no ocurre en el mundo de las canciones populacheras de riffs despiadados y ensordecedores tamborileos, donde la estupidez y la plusvalía económica juegan el rol principal. No soporto la adoración desmesurada que la gran audiencia rinde a John Lennon, el supuesto guía espiritual de una generación marcada por la lucha social y la guerra fría; como decía un amigo por allí “es sencillo espetar a los cuatro vientos las violaciones a los derechos humanos y la paz mundial, desde el balcón de un piso en el Soho o East Village”.
Pero más allá de los saltimbanquis anglosajones –que por belleza, alcoholismo y drogadicción se elevan a sí mismos como mártires de la represión y del delirio occidental- centremos la atención en Chile y la apreciación musical de sus habitantes. En el país no han surgido músicos cuya fama internacional la hayan logrado a base de talento e intelectualidad, salvo casos aislados como Claudio Arrau. Por otra parte, han sido escasos los canales donde se dedique tiempo a la apreciación y reflexión de las obras de la gran música de occidente, cuya historia y trascendencia no nos es por ningún motivo ajena, en la medida que los usurpadores de las tierras latinas nos traspasaron su tradición histórica ¿A qué se rinde culto en Chile? A la encomiable y capitalista actitud de los que a sí mismos se venden como bicharracos de circo, como parias, pero que gozan hasta el paroxismo espetando sus verdades de porqueriza, su comunismo de pesebreras, su amor no correspondido (y en rimas) o su renunciamiento. Ejemplos hay muchos “Los Delincuentes”, “Lucia y la Campana”, “La Suciedad”, “La Jurisprudencia”. Todos ellos tutelados por el capitalismo, agrupados de a uno, dos, tres, cuatro o cinco, ronroneando su rococó del alma, sus vicios y reyertas, susurrando naderías populacheras en el oído de un enajenado vulgo que les siguen con la fe propia de las camadas generacionales que hicieron de Facebook el nuevo punto de encuentro. Muy loable es la actitud de Lucybell, por ejemplo, que desde hace algún tiempo ha aparecido como rostro de campañas para Oxfam o Amnistía Internacional ¿Y qué? Daniel Barenboim y Edward Said trabajaron arduamente para unir a palestinos e israelitas a través de la música, conjugando a Wagner y Beethoven con una verdadera conciencia de Derechos Humanos.
Es una total perogrullada afirmar que el sujeto es existencia y por lo tanto devenir, y en esa transformación constante que nosotros llamamos historia la mutación de las tecnologías, de la forma y del contenido de la música también es bienvenida, de otro modo Bach jamás hubiese tenido sucesores o el clavecín no sería lo que nosotros actualmente conocemos como piano. Pero cuando el devenir está marcado por la ganancia económica, por la plusvalía o por el afán de ofrecer al público engañifas y naderías estéticas, vale la pena apuntar nuestros dardos contra quienes se han refugiado tras la enorme palabra “Arte” para llenar sus alcancías, sus pestilentes corazones y sus enmohecidas conciencias con el favor popular, con las inclinaciones y jocosa voluntad de una muchedumbre que se enorgullece de su inducido mutismo, de su delirante apreciación del ser humano.
