Una verdad de nuestro tiempo podría ser aquella que ora respecto a nuestra ineptitud a la hora de explicar qué amamos y qué no amamos ¿Qué se ama cuando se ama? ¿Por qué nadie parece amar? De Perogrullo manifestamos la inexorable pérdida de sentido, la vulgarización del hombre a través de los nuevos canales de comunicación o la transacción de nuestra dignidad y nuestra humillación a través de la “realidad” virtual. Y lo cierto es que el hombre y la mujer van perdiendo poco a poco las garantías de una pasión elevada, de una concupiscencia antaño ejecutada sólo en los imperios del amor…
Constituye un imposible redactar en una plana cualquier teoría que tenga por fin cardinal, explicar el olvido y el mutismo en los cuales está inserto el amor de nuestro tiempo. Sin embargo me tomo la licencia de mirar a través del prisma del desprecio y de una maldad inconmensurable todo cuanto está pasando al interior de un universo que ha servido de fundamento para interminables canciones de cuna y de afectaciones populacheras, para engalanar la tragedia clásica y la obra de un Goethe o una Mistral. Erich Fromm dijo una vez “analizar la naturaleza del amor es descubrir su ausencia general en el presente y criticar las condiciones sociales responsables de esa ausencia. Tener fe en la posibilidad del amor como un fenómeno social y no sólo excepcional e individual, es tener una fe racional basada en la comprensión de la naturaleza misma del hombre” (El Arte de Amar). ¿Qué sucede con el concepto del amor en nuestra era?
Nuestro país está experimentando un cambio radical en lo que respecta a la voluntad de la gran juventud chilena. Hoy en día está en el hocico de todo mundo la cuestión de la “liberación sexual”, que más allá de anhelar un elevado conocimiento en cuestiones vinculadas a la pluralidad y a la sexualidad responsable (colocando en discusión pública de una vez por todas temas como El Aborto), tiene relación con una caprichosa autonomía sobre la concupiscencia, lo que se traduce finalmente en una alarmante indiferencia y banalización de eso que nos hace tan humanos, demasiado humanos. De ahí la actual desconexión del sexo y el amor, que antaño constituía un dualismo casi indestructible y cuyo sentido hoy en día se ve iluminado por una luz que pareciera estar enferma. Es una tarea agobiante comprender en su gran dimensión los fenómenos sociales que han influido en la conciencia y el corazón de esa parte de la población nacida en los años 90 y que se ha servido de todas las tecnologías que tenían por fin cardinal, la encomiable labor de hacer más sencilla la organización de la realidad humana y por qué no, brindar felicidad pret a porter.
Desde una visión posmoderna, la delirante condición actual de eso que rotulamos con el cliché “el futuro de Chile” se explica de manera sencilla en la medida que el siglo XXI pareciera ser el lugar exacto donde el crepúsculo de occidente tenía que manifestarse. En nuestro tiempo no se han articulado verdades absolutas con el ímpetu que guió a las antiguas generaciones a fabricas las suyas, y quizá nuestro sello distintivo tiene su explicación en la liberación constante de un odio hacia el hombre como nunca jamás se había tenido noticias en la historia, sino ¿Por qué hoy es tan celebrado el éxito, la dicha y solaz que alcanzan todos quienes han encontrado el amor, no en esta realidad sino al interior de esos universos de la falsedad y el voyerismo titulados “Facebook, Messenger y Chat Room”? ¿Por qué en el Chile actual la liberación sexual viene dada, no por una rigurosa instrucción y apertura mental desde la familia y la academia, sino por el comportamiento mimético de una juventud enajenada por la dualidad televisión-publicidad, y que en su anhelo de hallar algún atisbo de identidad copia todo el estilo de vida de dibujos animados y series de la televisión, con el bagaje capitalista, sexual y estético que ello implica?
Sin duda uno de los aspectos más importantes a la hora de analizar la banalización del amor, es la absoluta pérdida de fe en el mundo y en el hombre ¿Qué hace el hombre sin fe? “La fe es la más alta pasión del hombre. Quizás hay muchos en cada generación que no llegan hasta ella, pero ninguno la supera […] Pero incluso para aquel que no llega hasta la fe, la vida tiene suficientes tareas, y si las aborda con amor sincero su vida no estará perdida, aunque no puede ser comparada a la existencia de aquellos que alcanzaron y superaron lo más alto” (Søren Kierkegaard). Por su puesto acá nos susurra al oído un filósofo cristiano, pero la verdad es que el motor principal del amor en sí y por sí es la fe en algo, la fe en el hombre. Fromm manifestaba la posibilidad de cultivar el amor como un arte y sin embargo hoy en día el amor sería una transacción capitalista más de las que ya abundan en el mercado. No obstante, la unidimensionalización de las categorías a través de las cuales se analizaría aquello donde se fuga la pasión, la sensualidad, la duda, el instinto, la sin razón y el renunciamiento, nos imposibilita para conocer con exactitud el hecho de si la juventud ¡oh encomiable juventud! realmente está preocupada de buscar la llave para abrir la puerta del corazón de otro semejante en alma y sentimientos, o bien mantiene la atención en la búsqueda de la tan anhelada identidad y que en esta cosificación del tiempo en el espacio viene dada desde “lo alto”, es decir la estupidez, lo macabro, el silencio y la desidia de nuestros sentimientos.
Caso extremista y absolutista: Por ejemplo algo muy popular y para algunos hasta “digno de loa”, es el amor que nace entre dos personas que se “conocen” en internet. A través de Facebook, Chat Rooms o cualquiera de esas máquinas concebidas para fabricar sentimientos need for speed, un hombre o una mujer guiados por el total desprecio hacia los sentidos –y desprecio hacia la metafísica en última instancia-, se introducen de manera solapada en esos lugares donde se rinde justo homenaje a la estupidez, para cazar a través de discursos someramente humanos y por añadidura alambicados (“Estoy solito mirando al horizonte 6969”, “Rimbaud traicionado dispuesto a todo”, “Hegeliana de izquierda con web Cam”) a cuanto impávido mentecato su suerte le ha guiado para conectarse con “el mundo”. Se trata de seres humanos de ordinario muy feos, física y moralmente, con inclinaciones voyeristas, rechazados por una realidad que los prohíbe alzar la voz, toscos y nauseabundos, Ecce Hommo Chilensis. El enamoramiento suscitado a partir de la estimulación erótica en tales canales de ¿comunicación? constituye una verdad ilusoria, a tal punto pseudo humana, en la medida que el contacto primario siempre será a través de tecleos, escaramuzas amorosas tuteladas por los “emoticones”, espermas, erecciones, jadeos y masturbaciones sobre el teclado de un ordenador. Pero llega el triunfo ¡Cómo no! cuando los que allí han intercambiado experiencia vital y real a través de una máquina concebida a la luz del capitalismo y la falsedad, pactan el encuentro en carne y hueso, donde la salinidad de la transpiración de los amantes parece ajena, y donde el lecho amatorio huele a orines y falafel, a hamburguesas o a cualquier otra vergüenza que los enamorados no se atrevieron a declarar con anterioridad.
¿Qué se ama cuando se ama en nuestro tiempo? No se ama porque ya nadie está interesado en amar. Lo que podría ser un arte que precisaría de una técnica para perfeccionarlo, hoy en día se deshace en nuestras manos y se derrite como la nieve bajo el sol. No podríamos ilusionarnos con lo que se nos explicaba como “consuetudinario” a saber, dos sujetos que se buscan y se encuentran, que saborean el almizcle de uno y otro y que a sus ojos un atado de juncos y hojas de nenúfar se transformaba en el más fastuoso ramillete de rosas escarlata. El amor, si, el amor de las nuevas generaciones: ambigüedad, mojigatería, chocarrería, desprecio de la bondad, la belleza y la entereza del alma humana.
